A mí la frase “terapias energéticas” siempre me deja en un lugar medio incómodo. Porque apenas aparece, la conversación se pone binaria: o te subís al carro con fe total, o te bajai a tirar la talla con cara de “qué vergüenza”. Y yo, sinceramente, no calzo en ninguno de esos lados.
No es que crea que existe una “energía” misteriosa circulando como una nube, ni tampoco me convence esa postura de que todo es una estafa por defecto. Lo que me pasa es más raro: siento que la palabra energía se usa como etiqueta para algo que sí se puede notar, pero que casi nadie describe con cariño y precisión. Como si estuviéramos tratando de hablar de una sensación muy humana con un vocabulario demasiado chico.
Mi percepción alternativa es esta: cuando muchas personas dicen “energía”, en realidad están nombrando una mezcla de atención y clima interno. No atención como “ponerle ganas”, sino atención como ese foco que, sin darte cuenta, se te queda pegado en ciertos lugares: en el pecho, en la garganta, en la mandíbula, en la guata. Y a veces el cuerpo se te vuelve un mapa lleno de puntitos encendidos, como si hubiera zonas que gritan y otras que están en silencio.
Entonces, cuando alguien va a una “terapia energética”, yo imagino que lo que busca —consciente o no— es un cambio de escenario. Un rato donde el mundo se achica, el ruido baja, y tu propio mapa interno se vuelve visible. No porque ocurra magia, sino porque el ritual (la camilla, el silencio, la pausa, la intención, la presencia de otra persona) te arma una especie de sala de escucha. Una sala donde, por fin, lo que normalmente pasai por encima se deja mirar.
Para mí, ese es el truco: no es que “se mueva algo” afuera… es que se reordena algo adentro. Como cuando reacomodai una pieza y de pronto puedes caminar sin pegarte en la punta del mueble. La pieza es la misma, pero el cuerpo se relaja porque ya no está anticipando el golpe.
Y hay otra cosa que me llama la atención: mucha gente cree que “sentir energía” es una habilidad especial. Yo creo que es al revés. Siento que el cuerpo siempre está sintiendo, sólo que uno se entrena para no escuchar. Porque escuchar de verdad a veces incomoda. Si te quedai quieto dos minutos, aparecen cosas: apreturas, cosquilleos, calor, pesadez, ganas de suspirar, ganas de moverte. No son señales sobrenaturales. Son mensajes de un sistema que nunca se apaga, aunque tú andís a mil.
Por eso mi visión de las terapias energéticas no es “esto cura” ni “esto engaña”. Para mí son, en el mejor de los casos, un lenguaje simbólico. Un lenguaje que a algunas personas les sirve para volver a la experiencia directa del cuerpo, sin tanto análisis. Como si la mente tuviera que soltar el control un ratito para que el resto del organismo pueda decir: “ya, gracias, ahora me toca a mí”.
Y aquí viene la idea más alternativa que tengo: sospecho que la “energía” no está en el aire, ni en las manos, ni en un halo invisible. Está en la relación. En el entre-medio. En cómo cambia tu experiencia cuando alguien te acompaña sin apurarte, sin evaluarte, sin pedirte explicaciones perfectas. A veces basta con esa presencia para que algo se afloje. No porque haya poderes, sino porque tu sistema interno entiende, por fin, que no está solo en guardia.
Al final, lo único que defiendo es esto: hay vivencias que se nos quedan atrapadas en el cuerpo como nudos de atención. Y hay momentos —rituales, pausas, instancias— donde esos nudos se ven, se nombran, se suavizan. Si a eso alguien le dice “energía”, bueno… puede ser una palabra torpe, pero apunta a algo real: la posibilidad de sentirse un poquito más entero, aunque sea por un rato.
