El ascensor se quedó quieto con un golpe seco, apenas saliendo del piso nueve. La luz blanca parpadeó dos veces y después decidió quedarse, como si también estuviera atrapada. Yo apreté el botón de alarma sin fe, con esa presión ridícula de quien cree que insistir cambia algo. Adentro olía a metal tibio, a perfume viejo y a franela sudada. —Tranquilo, esto pasa —me dije. Pero la voz me sonó prestada. ¿Tranquilo quién? ¿El que iba a comprar pan? ¿El que responde mensajes como si tuviera control? ¿El que se mira en el espejo antes de salir para confirmar que todavía tiene cara de persona funcional?
En ese rectángulo cerrado no había nadie a quien convencer. Solo yo, mi respiración y un silencio incómodo que se fue sentando en el piso. Saqué el teléfono. Sin señal. Claro. La pantalla me mostró mi reflejo por encima del teclado: ojos más cansados de lo que acepto, barba mal resuelta, la boca apretada. —Mírate, pues —me dije—, tanto apuro para terminar parado entre dos pisos, sin arriba ni abajo. Me dio rabia pensar eso porque sonaba demasiado exacto. Como si el edificio hubiera decidido explicarme mi vida con una falla mecánica. Intenté calcular cuánto aire había, cuánto tiempo tardarían en notar que el ascensor no bajaba, quién podría estar escuchando. Después entendí que lo que me apretaba el pecho no era solo el encierro.
Era otra cosa: la sospecha de que, si nadie sabe dónde estoy, igual sigo existiendo, pero de una manera más flaca. Sin testigos, sin tarea pendiente, sin conversación abierta, ¿qué queda de mí? Qué pregunta tan antipática, justo ahí, con calor y sin señal. —Queda el cuerpo —respondió otra parte, más seca—. Queda esta espalda pegada a la pared, este sudor, este miedo sin elegancia. Queda el tipo que siempre inventa razones para no quedarse solo consigo mismo. Yo quería discutirle, decirle que también quedaban mis planes, mis afectos, mis deudas, mis gustos, mi historia.
Pero todo eso estaba afuera, del otro lado de una puerta que no abría. Adentro quedaba apenas la presencia bruta, sin adorno. Al rato escuché voces arriba. Alguien preguntó si había gente. Yo respondí que sí, demasiado rápido, casi con vergüenza. Mientras esperaban al técnico, me quedé mirando la rendija de la puerta como quien mira una orilla. No salí cambiado, eso sería mentira y además suena bonito. Salí con las piernas flojas, molesto, agradecido a medias. Pero desde entonces, cada vez que el ascensor arranca, siento una punzada: quizá uno pasa la vida subiendo y bajando, creyendo que va hacia alguna parte, y basta una pausa forzada para notar que también está suspendido.
