Epa, no sé ni por dónde empezar, pero lo escribo porque todavía me dura la sensación.
Hace unos días me fui con un pana a visitar a unos familiares que viven medio retirados, de esos sitios donde en la noche no hay tanta luz en la calle y, de repente, te acuerdas de que el cielo existe. Porque en la ciudad uno vive como con un techo invisible: puro reflejo naranja, ruido, carros, y uno “mira” arriba pero no ve nada. Allá no. Allá uno levanta la cara y el cielo te cae encima, así, sin pedir permiso.
Yo no soy astrónomo ni nada de eso. De hecho, yo soy malísimo para ubicar constelaciones. La gente dice “mira Orión” y yo digo “sí, sí” y en verdad estoy adivinando. Pero esa noche estaba tan clarito que hasta yo, con mi torpeza, podía agarrar un par de puntitos y hacerme el cuento.
Lo raro fue lo que me pasó por dentro. No fue solo “qué bonito”. Fue como una mezcla: me dio calma, sí, pero también me dio una inquietud medio boba, como si me estuvieran mirando a mí. Y ya sé que eso es una idea infantil, porque una estrella no está pendiente de nadie, pero igual. Me quedé callado un rato, y mi pana me dice: “¿Estás bien?” Y yo: “Sí… es que me da cosa”.
Me acordé de mi mamá, que cuando yo era carajito decía “mira esa estrella, pídele algo”. Era una frase sencilla, más de cariño que de verdad. Yo nunca fui de pedirle cosas a estrellas, pero ahí, parado, me dio como ganas de hablar, ¿sabes? No en voz alta, sino por dentro. Como decir: “Bueno, aquí estoy, haciendo lo que puedo”. Suena cursi, lo sé. Y capaz por eso me da pena escribirlo.
Después entró una parte que no me gustó tanto: me dio una especie de vergüenza de mí mismo. Porque uno se cree el centro de su novela, con sus problemas, su estrés, su WhatsApp, sus cuentas, y de repente ves ese montón de luz vieja (vieja de verdad, porque viene de lejísimos) y piensas: “Ajá… ¿y todo mi drama dónde queda?” No es que se vuelva mentira, pero se vuelve más… pequeño.
Yo he oído la frase esa de Carl Sagan, la de que somos “polvo de estrellas” (algo así, no la digo exacta), y siempre me pareció bonita de oída. Pero esa noche me pegó distinto: no como dato, sino como sensación. Como cuando entiendes algo sin poder explicarlo bien.
También te confieso algo: a los diez minutos me ganó la costumbre y volví a ser yo. Me dio sueño, me picaban los zancudos, y pensé en que al día siguiente había que madrugar. O sea, no fue una iluminación eterna ni nada. Ahí está mi parte mediocre: me pongo profundo un rato y después me distraigo con cualquier cosa.
Pero igual, antes de meterme a la casa, volví a mirar una vez más. Y me quedó una idea simple, sin filosofía fina: que a veces necesitamos un cielo oscuro para recordar que no estamos solos en el mundo… y también que no somos tan importantes como creemos. No para deprimirnos, sino para aflojar un poco. Como decir: “Respira, chamo. Esto sigue. Tú sigue también.”
