El espejo de la peluquería tenía una luz medio blanca, de esas que no perdonan nada, y el muchacho me preguntó si así estaba bien el corte. Yo miré rápido, incliné un poco la cabeza, vi que un lado estaba más levantado que el otro y dije: normal nomás. Pagué, di las gracias y salí tocándome el pelo como si recién afuera pudiera opinar.
No fue un drama. El pelo crece, uno se acomoda con agua, con gel, con resignación. Pero me quedé pensando en esa frase porque la uso demasiado. Normal nomás cuando el café llega tibio. Normal nomás cuando el vuelto viene con demasiadas monedas de diez céntimos y no quiero contar frente a la caja. Normal nomás cuando la casera me pone una palta más golpeada de lo que yo habría elegido. Normal nomás cuando alguien me pregunta si me incomoda pasar por un sitio más antes de dejarme, y sí me incomoda, pero tampoco quiero parecer delicado.
La frase tiene algo práctico, no voy a negarlo. Sirve para no convertir cada detalle en discusión. Nadie tiene energía para revisar todo como inspector municipal de su propia vida. Hay días en que decir normal nomás es una manera de seguir avanzando, de no hacer cola en la queja, de no ponerse intenso por una cucharita de azúcar o por un recibo que salió borroso.
El problema, creo, aparece cuando ya no distinguimos entre dejar pasar algo pequeño y acostumbrarnos a que todo salga más o menos. Ahí la cosa cambia. Porque lo normal empieza a significar “no está bien, pero no lo voy a decir”. Y eso se vuelve cómodo para todos, menos para uno.
Me pasa en lugares donde el trato depende de una velocidad rara: compra rápido, paga rápido, responde rápido, muévete rápido. En la panadería de la esquina, por ejemplo, si el pan está duro y pregunto si recién salió, siento que estoy rompiendo una coreografía. La persona que atiende está apurada, atrás hay alguien con cara de tener más prisa que yo, la bolsa ya está medio cerrada. Entonces acepto. No porque crea que está bien, sino porque ya calculé que reclamar me va a costar más ánimo que llevarme cuatro panes tristes.
También está el roche. Ese pequeño miedo a quedar como alguien difícil. En el Perú, o al menos en mi experiencia, muchas veces se premia al que no incomoda. El cliente tranquilo, el vecino que no pregunta mucho, el familiar que se acomoda en cualquier silla, el pasajero que no pide que bajen un poco la música, el invitado que come lo que hay aunque le caiga pesado. Y claro, hay una virtud en no andar exigiendo como si el mundo nos debiera alfombra roja. Pero una cosa es ser considerado y otra muy distinta es desaparecer de la escena.
Me molesta, además, que la palabra “normal” se use como si cerrara cualquier conversación. “Es normal que se demore.” “Es normal que no contesten.” “Es normal que te atiendan así.” “Es normal que tengas que insistir.” Puede ser frecuente, sí. Puede pasar todos los días. Pero frecuente no es lo mismo que aceptable. A veces llamamos normal a lo que simplemente se repite porque nadie tiene tiempo, ganas o respaldo para decir algo distinto.
Y no estoy hablando de armar pleito por todo. Más bien de recuperar un poquito de precisión.
No es lo mismo:
Está bien.
Puedo esperar.
No me encanta, pero lo acepto.
Preferiría que lo cambien.
Me incomoda, aunque no sea grave.
Necesito pensarlo.
Todas esas frases existen, pero en la práctica las aplastamos con un “normal nomás” que parece humilde y a veces solo es cansancio. Yo mismo lo digo con una sonrisa automática, como quien firma algo sin leer. Después camino media cuadra y empiezo a discutir conmigo: debí decirle que lo emparejara, debí pedir otra fruta, debí preguntar por qué me cobraron ese extra, debí avisar que no podía quedarme más tiempo. La discusión llega tarde, como suelen llegar las explicaciones que uno no quiso dar en el momento.
Tal vez por eso me llamó la atención lo del corte de pelo. No por el corte, sino por la rapidez con que renuncié a mirar bien. El muchacho preguntó. O sea, la oportunidad estuvo ahí. Yo pude decir: “un poquito menos de este lado, por favor”. Nada ofensivo. Nada histórico. Solo una indicación simple. Pero preferí ser breve antes que ser claro.
Hay algo en la claridad que nos da pudor. Como si decir exactamente lo que queremos fuera un lujo o una falta de educación. Y sin embargo, muchas confusiones diarias nacen de esa cortesía mal entendida. El que atiende cree que todo estuvo conforme. Uno se va incómodo. Después nadie aprende nada, nadie ajusta nada, todo queda en esa nube de “así será pues”.
Quisiera practicar una manera menos dramática de no aceptar todo. Una manera tranquila, sin poner cara de indignación ni hablar como reclamo escrito. Decir “¿me lo puede revisar?” cuando corresponde. Decir “prefiero este otro” sin pedir perdón tres veces. Decir “ahorita no me conviene” sin inventar una enfermedad. Decir “no está tan normal” con voz normal, justamente.
Capaz suena mínimo. Lo es. Pero en esas cosas mínimas se arma buena parte del día. Uno no vive solo en grandes decisiones, vive también en el vuelto que acepta, en el asiento que cede aunque le duela la espalda, en el servicio que no cuestiona, en la respuesta que da por apuro. No todo merece pelea, de acuerdo. Pero tampoco todo merece ese silencio disfrazado de buena onda.
La próxima vez que me pregunten si está bien, quiero tomarme dos segundos más. Mirar de verdad. Responder algo que se parezca más a lo que pienso. Si está bien, bien. Si no, decirlo sin convertirlo en juicio final. Quizás esa sea una forma sencilla de respetar el tiempo de todos, incluido el mío.
