El domingo, después de comer, se habló en casa de una contribución familiar para una actividad que se iba a hacer dentro de unas semanas. Nadie lo presentó como obligación, pero todos entendimos el aire que tenía la conversación: cada uno debía decir cuánto podía poner, sin hacer demasiadas preguntas y, sobre todo, sin parecer tacaño. La frase salió como sale muchas veces, con tranquilidad y con autoridad: “Siempre se ha hecho así”. Me quedé removiendo el vaso con la cucharilla, no porque no quisiera ayudar, sino porque esa explicación me dejó corto. En muchas familias nuestras, tanto en Malabo como en Bata o en el pueblo, se repite que lo correcto es apoyar sin estar calculando tanto. Yo entiendo esa parte. Si uno se pone duro con todo, la vida se vuelve seca. Pero también me pregunto si no estamos usando la idea de la solidaridad para no revisar costumbres que a veces pesan más de lo que queremos admitir. Me cuesta decir esto sin que suene a falta de respeto, porque enseguida alguien puede pensar que uno ya se cree moderno, que ha leído dos cosas y ahora quiere enseñar a los mayores cómo vivir.
No va por ahí. Yo he visto cómo una familia junta dinero para sacar adelante un problema serio, cómo una vecina presta una olla grande sin preguntar, cómo un primo que no tiene mucho aparece con lo poco que puede. Eso no se compra en ningún sitio. Lo que me incomoda es otra cosa: que no distingamos entre ayudar y mantener una imagen. Hay contribuciones que nacen de una necesidad real, y otras que nacen del miedo a que la gente diga que la familia no estuvo a la altura. Se prepara comida de más, se compra ropa que nadie puede pagar con calma, se alquilan cosas para que la actividad “salga bien”, y luego durante meses hay personas apretándose en silencio. Si alguien pregunta si todo eso es necesario, no se contesta con razones; se contesta con vergüenza. “¿Quieres que se hable mal de nosotros?” Esa pregunta, en vez de abrir la conversación, la cierra. También noto que la frase “siempre se ha hecho así” funciona como si el pasado fuera una prueba suficiente. Pero muchas cosas se han hecho siempre porque antes había otras condiciones, otras casas, otros bolsillos, otra manera de vivir juntos. Antes quizá había más gente cerca, más tiempo para colaborar con las manos, más comida del campo, más familia disponible.
Ahora mucha gente vive con alquiler, transporte, escuela, luz, agua, compromisos por todas partes, y aun así se espera que responda como si no tuviera límite. No digo que por estar más apretados tengamos que volvernos individualistas. Digo que una costumbre buena puede volverse injusta si no se adapta. El respeto a los mayores no debería exigir que los jóvenes mientan sobre lo que pueden. Y el cariño a la familia no debería medirse solo por la cantidad que uno entrega o por lo vistosa que queda una ceremonia. Hay formas de estar presentes que no brillan tanto, pero sostienen más: cocinar, ordenar, llamar, acompañar, escuchar, hacer un recado, quedarse después cuando todos se han ido. Sin embargo, esas ayudas a veces cuentan menos porque no se ven desde fuera. Lo más difícil es que todos participamos un poco en el problema. Yo mismo he criticado alguna vez una actividad familiar diciendo que quedó pobre, sin preguntarme quién pagó, quién se endeudó o quién tuvo que fingir alegría mientras hacía cuentas por dentro. Nos gusta que las cosas salgan dignas, y eso no está mal. Pero hemos confundido dignidad con demostración.
La dignidad, para mí, también está en poder decir “esto no alcanza” sin que te traten como alguien que no quiere a los suyos. Está en permitir que una familia se organice según sus fuerzas reales, no según el ojo de los demás. Está en preguntar qué hace falta de verdad antes de decidir qué se debe aparentar. Tal vez algunas costumbres no necesitan desaparecer, solo necesitan que dejemos de defenderlas con frases automáticas. Si algo vale, debería poder soportar preguntas. Y si una pregunta lo rompe todo, quizá lo que estaba sosteniendo no era tanto la unión, sino el miedo a quedar mal.
