En la tablilla de la bodega apareció un papel escrito con plumón: “Se avisará”. Nada más. La gente lo leyó varias veces, como si en la segunda o la tercera lectura fuera a salir la hora, el orden, la cantidad o la explicación.
Después empezaron las llamadas: a la prima, al vecino del otro CDR, a la muchacha que trabaja cerca, a cualquiera que pudiera completar la frase. Ese papel me dejó pensando en una diferencia que parece boba, pero no lo es: estar avisado no es estar informado. Estar avisado es recibir una señal. Algo va a pasar, algo cambió, algo se movió. Te pone en alerta, pero no necesariamente te permite decidir mejor. La información, en cambio, tiene forma más completa: dice qué, cuándo, cómo, por qué, con qué límites y a quién le toca. No tiene que ser perfecta, pero sí suficiente para que uno no dependa de adivinar. En Cuba estamos entrenados para sobrevivir con avisos incompletos. “Parece que entra mañana”, “dicen que abrieron allá”, “me dijeron que hay que ir temprano”, “pregunta primero antes de hacer la cola”.
Eso ha creado una habilidad real: leer señales pequeñas, comparar versiones, detectar quién habla con base y quién está repitiendo. Pero también ha creado un cansancio mental que casi nunca contamos como cansancio. No es solo caminar, esperar o resolver. Es estar armando un rompecabezas con piezas prestadas. Y ahí se cuela otra cosa: el que tiene el dato, aunque sea chiquito, gana poder.
No hablo de grandes secretos. Hablo del horario correcto, del papel que faltaba, de la ventanilla que sí atiende, del día en que “quizás” toca. Ese dato puede convertirse en favor, en ventaja o en moneda de cambio. A veces se comparte con generosidad, claro. Una vecina avisa, un compañero manda un mensaje, alguien te guarda el turno porque sabe que vienes de lejos. Pero el problema sigue siendo el mismo: una vida organizada alrededor del dato informal vuelve desigual hasta lo más simple. También nos cambia la manera de conversar. Preguntamos menos “¿por qué funciona así?” y más “¿por dónde se entra?”. La primera pregunta busca entender el sistema; la segunda busca pasar por él sin perder demasiado. Las dos son necesarias, no voy a hacerme el fino. Pero si solo queda la segunda, terminamos aceptando que comprender es un lujo y que orientarse como se pueda es la norma.
Me parece que una sociedad no se mide únicamente por cuántas respuestas da, sino por cuánta energía le exige a la gente para conseguir respuestas básicas. Si para cada gestión pequeña hay que activar una red de conocidos, interpretar medias frases y llegar “por si acaso”, entonces el problema no está en que la gente sea desconfiada o impaciente.
El problema es que el aviso sustituyó a la información. Por eso, cada vez que veo un “se avisará”, ya no lo leo como una frase neutral. Lo leo como una carga trasladada. Alguien no explicó, y ahora muchos tienen que investigar. Parece poca cosa, pero ahí se va una parte del día y, a veces, una parte de la cabeza.
