Durante un tiempo, “ser estoica” me sonaba a pose elegante: una cara de póker, una frase con letra cursiva, y listo. Como si la vida fuera un ring y yo tuviera que ganar por puntos, sin transpirar. Pero me di cuenta de algo medio incómodo: cuando más hablaba de estoicismo, menos lo practicaba. Lo estaba usando como maquillaje emocional. Y el maquillaje, posta, se corre a la primera discusión familiar o al primer “visto” que duele.
Para mí, el estoicismo sin postureo empieza cuando deja de ser identidad y se vuelve herramienta. No “yo soy estoica”, sino “yo uso esto cuando me estoy yendo de mambo”. Porque el problema del estoicismo de vidriera es que te tienta a actuar serenidad en vez de construirla. Y actuar serenidad es otra forma de ansiedad: estás pendiente de cómo te ves, no de qué estás eligiendo.
Hay una idea vieja (creo que viene de Epicteto, aunque yo la aprendí más por golpes que por libros): separar lo que depende de mí de lo que no. Suena básico, casi de taza de desayuno, pero llevada a la vida real es bastante salvaje. Depende de mí cómo respondo, sí. Pero no depende de mí que el mundo me premie por responder “bien”. Y ahí se cae el show. Porque el postureo necesita recompensa: likes, admiración, “qué madura sos”. El estoicismo real no promete eso. Promete otra cosa más rara: paz aunque nadie te aplauda.
A mí me pasa con cosas chiquitas, nada épico. El bondi que no llega, el jefe que te escribe un domingo, el grupo de WhatsApp que se vuelve un quilombo por una pavada. Antes yo entraba como si fuera mi deber arreglarlo todo, explicar, poner orden, quedar bien. Ahora intento algo distinto: me hago una pregunta que me pincha el globo del ego. ¿Esto es responsabilidad mía o es tentación de control? Porque muchas veces no quiero “resolver”; quiero sentirme necesaria. Y esa necesidad es una forma de dependencia.
Lo más divergente que aprendí del estoicismo (y que casi nadie vende porque no queda lindo) es esto: aceptar que a veces la vida va a doler, y no hay atajo. Hay gente que usa el estoicismo para anestesiarse: “no me afecta”, “no me importa”, “yo vibro alto”. A mí eso me parece una trampa disfrazada de fortaleza. Si no te afecta nada, no es dominio; es desconexión. Yo no quiero ser una piedra. Quiero ser una persona que siente y, aun así, no se entrega.
Entonces, ¿qué hago cuando algo me revienta por dentro? No lo romantizo. No lo convierto en contenido. Lo vuelvo privado. Lo dejo ser feo. Me digo: “Ok, esto duele”. Y después: “¿Qué parte de esto puedo decidir yo ahora mismo?” A veces la respuesta es mínima: respirar, caminar una cuadra, no contestar en caliente, tomar agua, dormir. Y sí, parece poco. Pero el estoicismo sin postureo vive ahí: en los detalles que nadie ve.
También aprendí algo que me costó: hay batallas que se pierden a propósito. No por cobardía, sino por estrategia emocional. No responder la provocación. No corregir al que no quiere entender. No explicarte ante quien ya decidió malinterpretarte. Eso, para mi ego, es durísimo. Porque mi ego quiere justicia inmediata. El estoicismo me enseña otra justicia: la de no hipotecar mi calma por un juicio ajeno.
Y ojo, no lo digo como si lo tuviera resuelto. A veces vuelvo al show, me engancho, quiero tener razón. Pero cuando me acuerdo, vuelvo a lo esencial: el estoicismo no es “quedar bien”. Es dejar de ser manejada por lo que no controlo. Sin banderas, sin frases grandilocuentes, sin escenario.
Si algún día me ves tranquila, ojalá no sea porque aprendí a actuarla. Ojalá sea porque, por dentro, elegí no convertirme en mi propio espectáculo.
