Antes me preocupaba convertirme en una persona indiferente. Ahora me preocupa otra cosa: convertirme en una persona agotada de sentir.
No sé en qué momento la vida pública se volvió una cinta transportadora de razones para indignarse. Todos los días aparece una nueva: una injusticia, una hipocresía, una crueldad, un abuso, una mentira enorme dicha con total impunidad. Abrís el teléfono y ya tenés una convocatoria emocional esperando. Opiná. Reaccioná. Condená. Posicionate. Hacé saber que a vos sí te importa.
Y claro que me importa.
Ese es justamente el problema.
Me importan demasiadas cosas a la vez y con una intensidad que ningún cuerpo sostiene bien durante mucho tiempo. Entonces me pasa algo horrible: empiezo a leer una noticia triste y, en lugar de dolor, siento cansancio. Cansancio antes que compasión. Saturación antes que pensamiento. No porque me haya vuelto peor, sino porque me fui llenando.
Hay un punto en el que la conciencia empieza a parecerse a una lesión por sobreuso.
La fatiga moral, al menos como yo la siento, no es dejar de distinguir el bien del mal. Es seguir distinguiéndolo, pero sin energía para reaccionar con la misma pureza de antes. Es saber que algo está mal y aun así no tener fuerza ni para discutir, ni para compartir, ni para entrar en otro debate donde todo termina convertido en espectáculo.
Eso da culpa.
Porque uno quisiera estar siempre disponible para lo importante. Siempre lúcido. Siempre valiente. Siempre limpio. Pero no somos una reserva infinita de respuesta ética. También nos gastamos. También nos embotamos. También necesitamos distancia para no terminar odiando incluso las causas que decimos defender.
A mí me da miedo decir esto porque sé cómo suena. Como excusa. Como comodidad. Como privilegio cansado. Pero callarlo también me parece deshonesto. Hay mucha gente rota por la obligación de estar permanentemente despierta. Y una persona exhausta puede terminar refugiándose en el cinismo, que es una especie de tumba elegante.
Yo no quiero eso.
No quiero dejar de sentir. Pero tampoco quiero seguir viviendo como si cada día tuviera que presentarme a rendir examen moral delante del mundo entero.
