El calendario del móvil me ofreció ayer un hueco de veinte minutos entre dos cosas que yo mismo había puesto ahí.
Lo miré como si alguien me hubiera dejado una moneda pequeña en la mano.
Veinte minutos para mí, pensé.
Y enseguida me dio una tristeza bastante tonta, porque ni siquiera sabía qué significaba eso.
Para mí.
Lo digo mucho: mi tarde, mi descanso, mi fin de semana, mi año. Hablo del tiempo como si fuera una habitación con llave, como si bastara con cerrar la puerta para que el mundo dejara de entrar. Pero luego entra.
Entra el mensaje que hay que contestar, la lavadora que se ha quedado a medias, la llamada pendiente, el cansancio que no estaba invitado, la preocupación por alguien que no vive conmigo pero ocupa sitio dentro.
Y entonces me pregunto si el tiempo es algo que tengo o algo que me atraviesa. No lo digo para ponerme profundo, de verdad.
Me sale porque estoy cansado de pelearme con una idea de libertad que quizá me he inventado mal.
Durante años he creído que ser libre era disponer de horas limpias, sin interrupciones, sin deberes, sin nadie pidiendo nada. Una especie de explanada vacía donde por fin podría ser yo.
Pero cada vez que consigo un trozo de esa explanada, me quedo raro.
Miro el techo. Desbloqueo el móvil.
Me siento culpable por no aprovecharlo.
Ahí está la trampa: incluso el descanso lo convierto en tarea.
Tengo que leer, tengo que ordenar, tengo que llamar, tengo que cuidarme, tengo que no perder el tiempo.
Como si el tiempo pudiera perderse igual que unas llaves, como si hubiera un lugar donde se acumulan todas las horas que no supimos usar bien.
Me da pena pensar así. Porque si todo minuto tiene que justificarse, entonces no estoy viviendo: estoy presentando facturas a una autoridad invisible.
Y esa autoridad, lo admito, se parece demasiado a mi propia voz. Hay otra cosa que me cuesta aceptar.
Mi tiempo no es solo mío porque yo tampoco soy solo mío.
No en el sentido romántico ni bonito.
Más bien en el sentido incómodo. Soy hijo, amigo, compañero de trabajo, vecino que hace ruido sin querer, persona que tarda en contestar, cuerpo que se agota, memoria que arrastra cosas.
Cada vínculo me quita y me da tiempo. Cada promesa, incluso las pequeñas, recorta una posibilidad y abre otra. Quizá un límite no siempre es una cárcel.
Esto me cuesta escribirlo porque suena a consuelo barato, y no quiero engañarme.
Hay límites injustos. Hay jornadas que devoran.
Hay obligaciones que no deberían caer siempre sobre los mismos. Hay cansancios que no enseñan nada, solo aplastan. No quiero convertir la falta de aire en una lección bonita.
Pero tampoco quiero seguir llamando libertad a no deberle nada a nadie.
Eso me parece cada vez más triste.
Una libertad sin responsabilidad tiene algo de habitación cerrada mucho tiempo: al principio parece silencio, luego huele a encierro. Y una responsabilidad sin libertad también se pudre, claro.
Se vuelve resentimiento. Uno hace las cosas, pero por dentro va anotando deudas, como si amar, ayudar o cumplir fueran formas educadas de desaparecer.
Me gustaría encontrar un punto menos falso.
Tal vez el problema está en que pienso el tiempo como propiedad.
Mi piso, mi sueldo, mi agenda, mis vacaciones.
Todo con ese posesivo que tranquiliza y estrecha. Pero el tiempo no se queda quieto para que lo posea. Mientras lo nombro, ya se está yendo.
Mientras intento administrarlo, me cambia la cara, me cambia el cuerpo, me cambia la gente alrededor.
La pregunta que me ronda es esta: si no puedo poseer el tiempo, ¿qué puedo hacer con él sin convertirlo en una obsesión? De momento solo se me ocurre responder de forma pobre.
Puedo atender.
Puedo elegir algunas cosas y renunciar a otras sin fingir que no duele. Puedo aceptar que toda elección deja una sombra.
Puedo dejar de castigarme por no vivir todas las vidas posibles.
Puedo admitir que llegar tarde a una versión perfecta de mí no significa haber fracasado. Me gustaría decir que esta idea me calma, pero no siempre.
Hay noches en las que me pesa todo lo que no hice: idiomas que no aprendí, amigos que dejé enfriar, libros empezados, paseos aplazados, conversaciones que se quedaron en “ya hablamos”.
El tiempo tiene esa crueldad sencilla de no discutir.
Pasa y ya está.
Sin embargo, también hay algo honrado en eso.
No negocia conmigo. No me promete una segunda vuelta.
Quizá por eso me obliga a ser menos fantasioso. No puedo vivir esperando una época limpia, una etapa sin estorbos, un yo por fin ordenado.
Lo único que tengo es este trozo mezclado: deber, deseo, sueño, miedo, un hueco de veinte minutos, una llamada que sí quiero hacer aunque me interrumpa.
Igual llamar “mi tiempo” a todo esto es demasiado simple.
Igual sería más justo decir: el tiempo que se me presta, el tiempo que comparto, el tiempo que gasto sin saber, el tiempo que me gasta a mí. Y aun así, mañana volveré a mirar el calendario como quien busca un sitio donde caber.
