En una sala de espera, mientras una señora peleaba bajito con el dispensador de agua porque solo salía un hilo miserable, pensé que casi todo lo miramos como si ya viniera armado. La fila es fila, la demora es demora, el papel que falta es el papel que falta. Y uno, muy obediente, se acomoda por dentro a esa versión única de las cosas, como si la realidad fuera una cartelera de colegio escrita con marcador permanente.
Me dio por hacer una lista mental, no para volverme más profundo, Dios nos libre de otra persona profunda en una sala de espera, sino para probar si las molestias pequeñas podían tener otra forma antes de convertirse en queja completa. Esto fue lo que me salió, más o menos:
- Una demora también puede ser un cuarto sin muebles. Suena exagerado, pero me sirve pensarlo así. Si algo se atrasa, mi primera reacción es llenar ese espacio con fastidio, con pantalla, con repaso de pendientes, con esa fantasía tan colombiana de que si uno mira feo el reloj, el reloj se asusta y colabora. Pero a veces la demora queda vacía unos segundos. Un cuarto sin muebles. Y ahí caben ideas que no entran cuando todo está ocupado: una frase para decir mejor, una salida que no había visto, una pregunta medio rara sobre por qué hago las cosas en cierto orden. No es que la demora se vuelva bonita. Tampoco nos pasemos de optimistas. Es más bien que no siempre tiene que ser una sala de castigo.
- El problema de siempre tal vez viene disfrazado de problema nuevo. Me pasa que cambio de cuaderno, de aplicación, de horario, de promesa personal, y al mes estoy en el mismo punto, solo que con interfaz distinta. Muy moderno el fracaso, eso sí. Entonces trato de imaginar el problema como si llegara con otra ropa. Si la dificultad fuera una persona conocida, ¿qué maña tendría? ¿qué frase repetiría? A veces descubro que no es falta de tiempo, sino miedo a empezar mal. O no es desorden, sino exceso de decisiones pequeñas mordiendo los tobillos. Pensarlo así no lo arregla, pero le quita esa autoridad de monstruo sin cara.
- Las respuestas correctas a veces son demasiado estrechas. En el colegio nos entrenaron mucho para hallar la opción que encaja, subrayar, marcar, entregar. Sirve, claro. Gracias a eso uno no echa sal al café, en teoría. Pero hay partes de la vida donde la respuesta correcta parece un zapato prestado: entra, pero aprieta. Entonces me pregunto qué pasaría si en vez de buscar la respuesta buscara tres versiones: la sensata, la ridícula y la que me daría pena decir. Casi siempre la ridícula trae algo útil escondido. La pena también. La sensata, pobrecita, muchas veces solo sabe comportarse bien.
- Una conversación difícil podría tener borradores. Me da risa, porque en la vida real uno habla en limpio, sin menú de deshacer. Dice algo y queda ahí, caminando solo por la sala. Pero últimamente imagino las conversaciones como documentos con versiones guardadas. En una digo lo que me salió con rabia. En otra digo lo mismo, pero sin levantar la ceja de fiscal. En otra acepto que no tengo toda la película. No es para manipular ni para sonar más elegante. Es para recordar que mi primera frase no siempre es mi pensamiento completo; a veces es apenas el portero del edificio, todo serio, preguntando para dónde voy.
- Lo que llamo bloqueo puede ser una idea pidiendo otro camino. Hay días en que intento resolver algo de frente y nada. Me quedo mirando la misma frase, el mismo plan, la misma conversación pendiente. Antes lo tomaba como señal de incapacidad inmediata, con diagnóstico incluido y todo, porque uno también es muy eficiente para maltratarse. Ahora imagino que la idea está parada frente a una puerta cerrada, pero no muerta. Quizás necesita entrar por el patio, por la cocina, por una pregunta absurda. ¿Cómo se vería esto si fuera más pequeño? ¿Si lo explicara con una servilleta? ¿Si lo pensara alguien que no quiere quedar bien? Cambiar la entrada cambia el tamaño del miedo.
- La vida cotidiana tiene objetos con doble oficio. No hablo de convertir una cuchara en filosofía, tranquilos. Hablo de notar que las cosas no tienen por qué cumplir una sola función en la cabeza. El recibo arrugado en el bolsillo puede ser recordatorio de que compré de afán, sí, pero también prueba de que había una ruta más corta que no vi. El almuerzo repetido puede ser cansancio, pero también una base sobre la cual inventar algo mínimo. La pared blanca del apartamento puede ser falta de decoración o una tregua visual. Me gusta esa posibilidad de doblar el significado sin negar lo obvio. Lo obvio ya tiene mucho poder; no necesita que yo le haga barra.
- Imaginar alternativas no me vuelve menos responsable. Esta es la parte que me toca decirme despacio, porque a veces confundo imaginar con evadir. Como si pensar otra manera fuera una excusa para no hacer nada. Pero hay una diferencia. Evadir es irse del cuarto y dejar la estufa prendida. Imaginar es quedarse y mover la mesa para ver si por fin se puede pasar. En mi caso, mirar de lado no elimina lo que toca hacer; solo evita que lo haga con la cara pegada al muro, que es una técnica muy popular, muy digna y bastante inútil.
Terminé tomando agua del dispensador cuando por fin se dignó funcionar. Salió tibia, por supuesto, porque la realidad también tiene su sentido del humor básico. Igual me fui con una idea sencilla: no todo lo que me incomoda necesita una solución inmediata; algunas cosas primero necesitan una forma distinta. Y tal vez eso ya sea una pequeña ventaja, aunque nadie la pueda anotar en un formulario.
