El jueves, en una reunión pequeña, dije tres veces “lo explico” antes de dar una razón. Era una cosa sin mucha importancia: un retraso en un documento, dos correos cruzados, una versión guardada con otro nombre.
Nadie me estaba acusando de nada. Aun así, noté que mi forma de hablar se iba tensando, como si tuviera que demostrar no solo qué había pasado, sino que yo seguía siendo una persona fiable. Ahí me quedé un poco enganchado, no por el documento, sino por la diferencia entre explicar y justificar. Parecen verbos vecinos, pero no hacen el mismo trabajo. Explicar, al menos como lo entiendo ahora, consiste en ordenar una situación para que otra persona pueda verla con más claridad. Tiene algo de mapa: primero pasó esto, luego esto otro, este dato faltaba, esta decisión se tomó con lo que se sabía entonces. No borra las consecuencias ni pretende convertir un error en acierto. Solo intenta que los hechos no queden amontonados como si fueran todos iguales.
Justificar, en cambio, suele tener otra urgencia. Quiere aliviar la culpa, bajar el volumen del reproche, conseguir una especie de absolución rápida. No siempre es malo, claro. Hay situaciones en las que uno debe dar motivos y defender una decisión, sobre todo si afecta a más gente. Pero me parece que justificarse continuamente cambia el centro de la conversación: ya no se habla tanto de lo ocurrido, sino de si yo merezco o no merezco una mala mirada.
Y eso lo complica todo, porque convierte cualquier intercambio normal en un pequeño juicio. Me pasa bastante en el trabajo, pero también en casa. Si digo que no he hecho algo porque llegué tarde, puedo estar dando un dato útil o puedo estar pidiendo que nadie piense mal de mí. La frase es casi la misma. La diferencia está en la intención y en el exceso. Cuando explico, puedo parar después de dos frases. Cuando me justifico, añado detalles que nadie me ha pedido: el tráfico, el cansancio, el mensaje que no vi, la llamada que entró justo antes, el malentendido anterior. Es como si pusiera sacos alrededor de una puerta por miedo a que alguien la empuje. Lo curioso es que ese exceso a veces produce el efecto contrario. Cuanto más intento dejar claro que no había mala intención, más parece que estoy ocultando algo o fabricando una coartada.
No porque sea así, sino porque la defensa permanente tiene una forma muy parecida a la excusa. Y también cansa al que escucha. La otra persona quizá solo quería saber si el asunto está resuelto, no asistir a una reconstrucción completa de mi estado mental.
Estoy probando una regla sencilla, aunque me sale regular: dar primero la información y dejar para después mi necesidad de quedar bien. “Se me pasó enviarlo ayer. Lo envío ahora y reviso que no falte nada.” Esa frase me cuesta más que un discurso largo, precisamente porque no trae acolchado. No explica mi cansancio ni mis buenas intenciones ni el contexto entero de la semana. Pero quizá por eso funciona mejor. Reconoce el hecho, señala una reparación posible y no pide un aplauso por haber fallado con educación. También intento acordarme de que no toda explicación me pertenece.
A veces la otra persona quiere interpretar, enfadarse un poco, preguntar dos veces o no darme la tranquilidad inmediata que busco. Eso no significa que yo tenga que añadir otra capa de razones. Hay conversaciones en las que lo más honesto es dejar que la explicación sea suficiente, aunque no me salve del todo.
Porque quizá ese es el punto: explicar sirve para entender mejor una situación; justificarse, muchas veces, sirve para intentar salir intacto de ella. Y salir intacto no siempre es posible, ni necesario.
