El hervidor terminó antes que yo. Sonó el clic, la cocina quedó callada y recién ahí encontré mi taza, medio escondida detrás de un táper.
No fue una mañana especial. Tenía que salir, cerrar bien la puerta, bajar con la mochila, comprar pan si alcanzaba y tomar el carro sin hacerme el que no corre cuando sí está corriendo. Lo raro fue que había dejado diez minutos sin plan. No para meditar ni para volverme una persona ordenada de golpe.
Diez minutos nomás, puestos ahí como quien deja una silla libre por si alguien llega tarde. Al comienzo me dieron ganas de llenarlos: revisar mensajes, lavar un plato, buscar una casaca menos arrugada, adelantar algo del trabajo. Cualquier cosa para no sentir que estaba perdiendo tiempo. Pero me quedé parado en la cocina, tomando café tibio, mirando cómo la luz entraba por la ventana con esa paciencia que uno casi nunca tiene. Me incomodó un poco. Porque una parte de mí cree que si no estoy haciendo algo útil, estoy fallando.
Y otra parte, más cansada pero más sensata, sabe que vivir apretado todo el día tampoco me hace mejor. Solo me vuelve más brusco. Contesto seco. Camino chocando. Llego a los sitios con cara de deuda. Tampoco quiero venderme la idea de que diez minutos arreglan una vida. Sería mentira. Hay días en que no se puede: el tráfico se come cualquier margen, el sueño pesa, la plata ajusta, alguien llama justo cuando ya cerraste la puerta. Hay rutinas que no dependen solo de voluntad. Eso también hay que decirlo, porque si no todo termina sonando a frase bonita para gente con la agenda liviana. Pero igual algo cambia. Ese pequeño espacio no me hizo feliz de inmediato, pero me dejó salir menos peleado conmigo.
Pude revisar si llevaba las llaves sin manotear los bolsillos. Pude tomar agua antes de irme. Pude aceptar que el pan podía esperar hasta la tarde y que no pasaba nada grave por no resolver todo en la primera hora. Lo más difícil está siendo no usar esos diez minutos como premio ni como castigo. No decir “me los gané” solo si fui productivo, ni quitármelos porque ayer hice las cosas mal.
Más bien tratarlos como una parte normal del día, igual que lavarse la cara o cargar el celular. Una cosa simple que ayuda, sin hacer bulla. Mañana capaz no salga tan bien. Seguro algún apuro se mete por la ventana, como siempre.
Pero hoy me alcanzó para notar que no todo tiene que empezar corriendo. A veces basta con dejar un pedacito de la mañana sin dueño y ver qué pasa con uno cuando no está persiguiéndose.
