Llevo años escuchando la expresión “autonomía estratégica europea” como si fuera una de esas fórmulas que Bruselas repite cuando no quiere decir algo más incómodo. Sonaba bien, vestía informes, llenaba titulares, pero no obligaba a nadie a cambiar de verdad. Sin embargo, en marzo de 2026 noto algo distinto. Por primera vez, tengo la impresión de que esa expresión ha dejado de ser maquillaje institucional y ha empezado a sonar a necesidad histórica. No lo digo por intuición, sino porque el propio Consejo Europeo está hablando ya de reforzar la competitividad, la resiliencia y, de forma explícita, la autonomía estratégica de la Unión como parte central de su agenda inmediata.
Yo, sinceramente, creo que Europa ha llegado tarde a esta conversación. Muy tarde. Y no porque le falten diagnósticos, sino porque durante demasiado tiempo ha confundido comodidad con estabilidad. Nos acostumbramos a vivir bajo dos paraguas ajenos: el energético y el militar. Mientras funcionaban, parecía sensato no hacerse demasiadas preguntas. El problema es que la geopolítica siempre termina presentando la factura, y cuando llega, no admite pagos a plazos emocionales.
Ahora el lenguaje ya no es simbólico. SAFE pone sobre la mesa hasta 150.000 millones de euros en préstamos para inversiones urgentes en defensa, y la Comisión ya ha avalado una primera oleada de planes nacionales en la que está incluida España. Al mismo tiempo, la UE ha acordado hasta 90.000 millones en apoyo financiero a Ucrania para 2026 y 2027. Es decir: Europa ya no está discutiendo solo principios; está empezando a mover instrumentos, calendario y dinero de una escala que hace muy poco parecía políticamente impensable.
Pero aquí viene la parte que a mí me parece más incómoda. La autonomía no nace porque uno la declare, ni siquiera porque uno la financie. La autonomía nace cuando aceptas el coste de depender menos, aunque durante un tiempo vivas peor, gastes más o enfades a aliados. Y hoy Europa todavía está a medio camino. Los datos más recientes muestran que el continente se ha convertido en el mayor importador de armas del mundo y que muchas de esas compras siguen dirigiéndose a Estados Unidos. Dicho de otro modo: estamos reaccionando, sí, pero seguimos reaccionando con herramientas que demuestran hasta qué punto nuestra soberanía material continúa externalizada.
Mi opinión es bastante clara: Europa no necesita solo rearmarse; necesita decidir si quiere comportarse como una potencia adulta. Y una potencia adulta no es la que más discursos pronuncia sobre valores, sino la que es capaz de proteger su industria, asegurar suministros críticos, sostener alianzas sin infantilizarse y entender que la seguridad ya no se juega solo en trincheras o fronteras. También se juega en los cables submarinos, en la nube, en los sistemas de pago, en los semiconductores, en la energía y en las materias primas. No por casualidad, en el debate europeo de estos días aparece también la idea de una estrategia genuinamente “Made in Europe” para infraestructuras digitales, nube, pagos y cadenas industriales clave.
A mí me preocupa, además, una tentación muy europea: creer que poner dinero en un problema equivale a haberlo resuelto. No. Gastar más no garantiza pensar mejor. Se puede multiplicar el presupuesto y seguir siendo geopolíticamente dependiente si cada capital nacional continúa comprando por su lado, protegiendo su pequeño interés doméstico y llamando “coordinación” a lo que en realidad es una suma desordenada de miedos.
Por eso, si hoy tuviera que resumir mi postura en una sola frase, sería esta: la autonomía estratégica europea ya no es un lujo francés, ni una obsesión académica, ni una etiqueta elegante para conferencias. Es la prueba de madurez de un continente que durante décadas pudo permitirse no elegir. Ahora sí tiene que elegir. Y cuanto más tarde en asumirlo, más caro le saldrá descubrir que la historia no protege a quien duda demasiado tiempo.
