A mí me pasa algo medio raro, y durante mucho tiempo pensé que era una tontería decirlo en voz alta. Me da nostalgia de épocas que no viví.
No hablo de “ay, qué bonita se veía cierta década” nomás por las fotos o por la música. Hablo de una cosa más extraña. Como una especie de añoranza real. A veces veo una cocina vieja con azulejos gastados, un anuncio pintado a mano, una sala con tele de caja, y siento algo en el pecho. No exactamente tristeza, pero sí una clase de vacío suave. Como si estuviera recordando algo que, en teoría, nunca me pasó.
Me ocurre mucho con las casas. Hay casas viejas que me pegan durísimo. No porque quiera vivir en una más grande o más bonita. Es otra cosa. Es el eco de una vida que imagino. La señora que regaba plantas en la entrada. El señor que siempre se sentaba afuera al atardecer. El niño que corría por el pasillo. Yo sé que me estoy inventando casi todo, pero aun así se siente verdadero. Y eso es lo que más me desconcierta: que algo inventado pueda tocar una fibra tan real.
Antes creía que eso me pasaba porque idealizaba el pasado. Como si mi cabeza hiciera trampa y acomodara todo para convertir otros tiempos en algo más cálido, más simple, más humano. Y sí, seguramente una parte de eso existe. Uno no imagina los malos olores, ni las goteras, ni las broncas familiares, ni lo incómodo que podía ser vivir en ciertas épocas. Uno imagina la luz bonita entrando por la ventana y una canción de fondo. Así cualquiera se pone nostálgico.
Pero creo que no se trata solo de romantizar.
Yo siento que esa nostalgia rara también tiene que ver con el hambre de pertenecer. A veces miro escenas de otro tiempo y no lo que en realidad extraño no es la década, ni la ropa, ni los objetos. Extraño la sensación de que todo parecía tener un lugar fijo. La jarra iba ahí. La radio estaba allá. La gente se conocía por nombre y apellido. Había rutinas compartidas. Tal vez no eran mejores vidas. Tal vez hasta eran más pesadas. Pero desde acá se sienten más agarradas al suelo.
Y yo, que vivo corriendo de una cosa a otra, entiendo perfecto por qué eso me mueve.
También me he dado cuenta de que uno no extraña épocas: extraña ritmos. Hay tiempos que imaginamos lentos, y lo lento se nos antoja porque estamos cansados. Hay épocas que pensamos más cercanas, aunque hubieran sido durísimas, porque hoy todo se siente demasiado rápido, demasiado partido, demasiado lleno de ruido. Capaz no quiero vivir en otro siglo. Capaz solo quiero que una tarde me dure más de veinte minutos en la cabeza.
Eso me tranquilizó bastante, la verdad.
Porque entonces dejé de sentirme ridículo por conmoverme con cosas así. Ya no pienso: “qué absurdo, estás sintiendo cariño por una vida inventada”. Ahora más bien pienso: “ok, esto te está diciendo algo”. Me está diciendo que necesito más raíz. Más pausa. Más pequeño. Más presencia. Menos sentir que todo pasa y nada se queda.
Qué cosa tan loca, ¿no? A veces una puerta vieja no te habla del pasado. Te habla de lo que te falta hoy.
Y por eso ya no peleo con esa nostalgia. La dejo estar. La escucho tantito. No para quedarme viviendo en fantasías, sino para entenderme mejor. Porque a veces uno cree que está mirando hacia atrás, cuando en realidad lo que está haciendo es buscar, con mucha torpeza, una forma más habitable de vivir el presente.
