Yo sé leer.
Eso es lo primero que dan ganas de decir, como para defenderse antes de que venga la mirada de lástima. Yo sé leer. No soy una persona que ve letras y ve puro dibujo. Leo carteles, mensajes, nombres de calles, precios, recetas, avisos. Puedo leer una noticia. Puedo leer este mismo texto.
Pero hay otra cosa que casi nadie dice y que a mí me costó años aceptar: muchas veces leo y no entiendo de verdad.
O entiendo a medias.
O entiendo mal.
Y esa diferencia, que desde afuera parece pequeña, por dentro te cambia la vida entera.
A mí me pasó muchas veces en oficinas. Uno va a hacer un trámite, le ponen un papel delante, le explican rápido, señalan dónde firmar, y uno asiente. No porque esté clarísimo. No. Uno asiente porque hay cola, porque le da vergüenza preguntar, porque siente que todos los demás sí entienden, porque no quiere quedar como tonto. Entonces agarra el bolígrafo, firma y sale con una sonrisa medio torpe, como si todo estuviera bajo control.
Y no siempre lo está.
Me acuerdo de veces en que llegué a mi casa con un papel en la mochila y recién ahí, leyéndolo despacio, me di cuenta de que no sabía qué había aceptado. Palabras largas. Frases enredadas. Términos que parecen escritos para mantenerte lejos, no para informarte. Y ahí da rabia. Rabia con uno mismo, primero. “Cómo no vas a entender algo tan simple”. Pero después, con el tiempo, también da rabia con el mundo.
Porque no todo lo difícil es inteligente.
Hay textos que parecen hechos para que la gente común se sienta chiquita.
A mí nadie me enseñó a decir “no entendí, explíqueme otra vez” sin sentirme menos. Al contrario. Desde chico uno aprende a disimular. A sobrevivir. A mirar la cara del otro y calcular si conviene preguntar o mejor callarse. A fingir seguridad. A copiar lo que hacen los demás. A esperar que no te descubran.
Eso cansa.
Cansa mucho vivir así, con el miedo de que en cualquier momento alguien note que te perdiste en la explicación, que entendiste solo la mitad, que te tragaste una palabra que nunca habías visto. Y lo peor es que este problema no siempre se nota. Nadie te ve en la calle y dice: “ese hombre está entendiendo el mundo a medias”. No. Desde afuera pareces normal. Trabajas, hablas, compras, haces tus cosas. Pero por dentro vas esquivando humillaciones chiquitas todos los días.
Una aplicación que no sabes usar.
Un formulario que parece acertijo.
Un contrato que da susto.
Una reunión donde todos hablan raro y tú solo esperas que no te pregunten nada.
Yo creo que hay mucha más gente viviendo esto de la que se imagina. Gente que sabe leer, sí, pero que no se siente dueña de las palabras. Gente que se queda callada para no pasar vergüenza. Gente inteligente, trabajadora, despierta, que no tuvo las mismas oportunidades o que aprendió a golpes y como pudo. Y, sin embargo, la sociedad suele tratarlos como si el problema fuera su incapacidad, cuando muchas veces el problema es la manera arrogante en que se comunica todo.
Desde que entendí esto, me juzgo un poco menos.
Ya no pienso tan rápido “soy bruto”. Pienso otra cosa: “hay cosas que no están hechas para ser comprendidas fácilmente, y eso también es una forma de violencia”. No una violencia de gritos ni de golpes. Otra. Más limpia, más elegante, más difícil de señalar. La violencia de dejarte afuera sin cerrar la puerta.
Por eso hoy valoro tanto a la gente que explica sin hacerte sentir poco. La gente que habla claro. La gente que no presume con palabras difíciles. La gente que, si ve que no entendiste, no te mira desde arriba.
Para mí, eso no es solo educación.
Eso es respeto.
Porque una persona no vale menos por no saber decir bonito las cosas.
Y tampoco vale menos por necesitar que se las expliquen mejor.
