Hoy me di cuenta de que mi necesidad de tener razón se parece a una uña enterrada: no se ve, pero duele, y uno termina caminando raro para no sentirla.
Me pasó con una vaina simple, en Santo Domingo, en la mesa de la casa. Alguien dijo una opinión cualquiera y yo sentí el impulso automático de corregir. No de conversar: de corregir. Se me enciende por dentro una lucecita roja: “Eso está mal. Enderézalo ahora”.
Y yo lo hago rápido. Mi boca se me adelanta. Me sale el “en realidad…” como quien saca un cuchillo chiquito. No un machete: lo suficiente para cortar sin que parezca agresión. Pero corta igual.
Cuando consigo que la otra persona diga “bueno, puede ser”, siento un alivio corto. Después viene el costo: la mirada cambia, el ambiente se pone tieso, y yo me quedo con una sensación fea, como si hubiera ganado algo que no sirve.
Hay una parte de mí que cree que si tengo razón, estoy a salvo. Como si el mundo fuera un examen y equivocarse fuera humillación pública. Por eso cuando alguien me contradice, yo no lo siento como “otra idea”, lo siento como “me están empujando”. Y ahí me activo: argumentos, ejemplos, “pero mira”, “tú sabes”, “espérate”. Me vuelvo motor.
Y mientras más acelero, menos escucho.
La otra parte del costo aparece después, cuando ya todo se apagó y quedo yo solo con la cabeza prendida. Me pongo a repetir la escena, a buscar la frase perfecta, a imaginar cómo lo habría dicho mejor. Y termino cansado, tenso, como si hubiera corrido una carrera.
Una noche, caminando cerca del Malecón, se me coló una idea: capaz esto no es amor por la verdad, sino miedo a la vergüenza. Miedo a quedar como ignorante. Miedo a que me vean flojo. Y entonces yo me pongo la armadura del “yo tengo la razón”, porque se siente firme.
Pero esa armadura pesa. Y se nota en las relaciones.
Porque cuando tú siempre tienes que tener razón, el otro empieza a hablar menos. Se cuida. O se pone a pelear, porque nadie quiere vivir en un tribunal. Sin darte cuenta, vuelves una conversación un juicio, y a la gente no le dan ganas de volver.
A mí me ha pasado con amigos y con familia. Es como si el cariño se te quedara detrás de la necesidad de ganar. Y eso sí da vergüenza de la verdadera, de la que arde.
Entonces estoy intentando algo chiquito que me cuesta más que cualquier debate: callarme a tiempo. No por miedo, sino por elección. Cuando siento el “en realidad…” subiendo, lo dejo pasar como si fuera una guagua que no voy a coger. Respiro. Y me pregunto: “¿Qué quiero aquí? ¿Tener razón o estar cerca?”
A veces no puedo. Y cuando no puedo, al menos intento cambiar la jugada: en vez de rematar, pido pausa. Digo “déjame pensarlo” o “espérate, capaz me estoy poniendo intenso”. No resuelve todo, pero baja la temperatura.
Pero cuando lo logro de verdad, pasa algo raro: el mundo no se cae. Nadie me quita el derecho de opinar. Y, más importante, la conversación se vuelve suave. Aparece el “yo lo veo distinto” sin guerra.
Ahí entiendo el costo real: tener razón puede salir carísimo si el precio es la calma, la ternura, la confianza. Si por ganar una idea pierdo un vínculo, ¿qué fue lo que gané, en serio?
Lo escribo para acordarme mañana, cuando me vuelva a picar esa uña enterrada: no tengo que arreglarle el mundo a todo el mundo. A veces lo más valiente no es ganar, sino soltar.
