La verdad, ya no creo que los coches de gasolina vayan a desaparecer así nomás, como nos lo venden a veces. No siento que un día nos vayamos a dormir con coche de combustible y al otro ya todo sea eléctrico, silencioso y perfecto. Más bien me imagino algo mucho más raro, más desordenado y más humano: un futuro donde tener un coche de gasolina no va a ser lo normal, pero tampoco va a ser una reliquia muerta. Va a ser otra cosa.
Yo lo pienso así: el coche de combustible se va a ir saliendo del centro, pero no del todo del mapa. Ya no va a ser “el coche de todos”, sino “el coche de ciertos momentos, ciertos lugares y cierta gente”. Y eso cambia mucho la conversación.
En las ciudades grandes, sí me imagino que cada vez lo van a querer más arrinconado. Por ruido, por humo, por reglas, por imagen también. Porque aunque no digamos la verdad completa, muchas decisiones no se toman solo por lo que sirve, sino por lo que se ve moderno. Y ahorita lo moderno es enchufar, no cargar gasolina. Entonces ahí el coche de combustible se va a ir sintiendo medio fuera de época, como cuando sacas una cámara vieja y unos la ven con cariño y otros con cara de “ya suéltala”.
Pero fuera de esas burbujas, yo no lo veo tan fácil. Hay muchísima gente que no vive pegada a una infraestructura ideal, ni tiene dinero para subirse al cambio bonito y ordenado. Hay personas que compran lo que pueden reparar, lo que conocen, lo que les resuelve. Y en ese mundo el coche de combustible todavía tiene una fuerza enorme, no porque sea el futuro brillante, sino porque sigue siendo el presente posible.
A mí lo disruptivo me parece esto: creo que el coche de gasolina no va a morir, se va a volver un objeto de resistencia. No en plan épico, sino práctico. Va a quedar como el aparato que todavía puedes arreglar con maña, con taller de barrio, con piezas usadas, con un mecánico que te dice “déjamelo y vemos”. Eso, en un mundo cada vez más sellado, más digital y más dependiente de software, puede valer muchísimo.
Capaz el coche eléctrico termine siendo el electrodoméstico ideal: limpio, cómodo, conectado, elegante. Y el de combustible, en cambio, termine siendo el cuchillo viejo de la cocina: no se ve fino, pero ahí sigue, jalando, resolviendo, sobreviviendo al tiempo. Y a mí esa idea no me parece menor.
También sospecho que se va a volver un marcador social rarísimo. Hoy mucha gente asume que el coche eléctrico representa progreso. Puede ser. Pero no me extrañaría que en unos años el coche de combustible quede partido en dos mundos completamente distintos: por un lado, el de quien no pudo cambiar; por otro, el de quien sí pudo, pero no quiso. Y esos dos dueños no se van a parecer nada entre sí.
Uno lo va a usar porque es lo que hay. El otro, porque le gusta sentir que todavía controla algo. Porque le gusta escuchar el motor. Porque no quiere depender de una batería carísima. Porque desconfía de que todo lo importante en la vida necesite actualización de software. Porque todavía disfruta manejar, no solo trasladarse.
Y ahí viene otra cosa que casi no se dice: tal vez el futuro no sea eléctrico contra gasolina. Tal vez el futuro sea una mezcla rara de soluciones. Coches pequeños eléctricos para ciudad, híbridos para distancias medias, gasolina para zonas donde cargar siga siendo un lío, y quién sabe si combustibles sintéticos o inventos nuevos para nichos muy concretos. No suena tan elegante como una gran revolución total, pero suena bastante más real.
Yo no romantizo la gasolina. No me hago el ciego con la contaminación ni con el absurdo de haber armado ciudades enteras alrededor del coche. Pero tampoco compro esa idea de que todo se va a resolver nomás cambiando un tipo de auto por otro. El problema nunca fue solo el motor. También es cómo vivimos, cuánto nos movemos, qué tan lejos está todo y quién paga cada transición.
Por eso, cuando pienso en el futuro de los coches de combustible, no imagino una extinción. Imagino una rareza útil. Algo menos masivo, más caro de sostener, más discutido, pero todavía vivo. Como esos objetos que supuestamente iban a desaparecer y al final se quedaron en un rincón incómodo de la realidad, negándose a irse.
Y quién sabe. A lo mejor dentro de unas décadas ver un coche de gasolina no va a dar nostalgia. Va a dar otra cosa: la sensación de estar viendo a una especie que ya no domina el mundo, pero que todavía se resiste a desaparecer.
Si quieres, en el siguiente te hago uno todavía más distinto: por ejemplo en español de Chile o de Perú, y con una voz más seca, más íntima o más caótica.
