¿Tiene sentido el modelo actual?
El gasto público en sanidad, como concepto, me genera una especie de contradicción persistente. Por un lado, me tranquiliza saber que hay una estructura colectiva que sostiene algo tan vital como la salud. Por otro, no dejo de preguntarme si esta dependencia total del Estado para algo tan personal no nos ha hecho más frágiles, más irresponsables incluso. Me educaron en la idea de que la libertad individual es un valor casi sagrado, pero a veces, cuando veo lo que gastamos en mantener una maquinaria que no siempre funciona bien, me entran dudas sobre si eso es lo más sensato.
No me malinterpretes: no estoy diciendo que deberíamos dejar a la gente sin atención médica. Lo que me cuestiono es si el sistema que tenemos es el único posible, o siquiera el más justo. ¿Qué pasaría si empezáramos a pensar en la salud como algo que también debe cuidarse desde lo privado, lo autónomo, lo comunitario? ¿Y si el Estado fuera un último recurso, no el primero? Me parece que hemos renunciado a demasiadas cosas en nombre de la seguridad, y eso nos está pasando factura.
He visto cómo se dispara el gasto público en sanidad sin que eso implique una mejora real en el trato, en los tiempos de espera, en la eficiencia. ¿Dónde está ese dinero? ¿A quién está beneficiando realmente? Hay una especie de opacidad institucional que no me deja tranquilo, y no puedo evitar sentir que hemos construido una estructura que, aunque bienintencionada, es demasiado pesada para sostenerse a largo plazo.
Al final, lo que me preocupa no es tanto el gasto, sino el sentido. ¿Para qué estamos pagando todo esto? ¿Para seguir sosteniendo un modelo ineficiente? ¿O para garantizar algo que, en teoría, podríamos lograr de otra forma? Tengo la sensación de que estamos atrapados en una rutina presupuestaria que ya no se corresponde con las necesidades reales de la gente.
Sanar sin delegar tanto
Imagino un escenario en el que cada uno pudiera tener un rol más activo en su bienestar, no sólo como pacientes sino como gestores de su propia salud. ¿Y si los ciudadanos tuviésemos incentivos reales para cuidarnos? No sólo consejos en un folleto o campañas puntuales, sino beneficios tangibles por mantenernos sanos, por formarnos en primeros auxilios, por colaborar con redes locales de atención. Tal vez suene utópico, pero ¿acaso no lo es también esperar que un sistema centralizado resuelva cada caso como si fuera único?
El problema no es el gasto público en sanidad en sí mismo, sino el hábito de descargar sobre él todo el peso de lo que no queremos asumir. Nos hemos acostumbrado a que “alguien” (el médico, el hospital, el gobierno) se haga cargo. Y mientras tanto, seguimos fumando, comiendo mal, postergando revisiones, maltratando nuestros cuerpos y mentes. Hay algo profundamente infantil en esta delegación sistemática de la salud.
No estoy diciendo que todo deba privatizarse. Pero sí creo que el discurso debería abrirse a nuevas posibilidades. Algunas podrían venir de cooperativas de salud, de tecnología bien aplicada, de comunidades que entiendan la salud como un fenómeno colectivo pero no estatal. Cuidarnos juntos no significa siempre pasar por la ventanilla del sistema público.
Tal vez el verdadero problema no sea cuánto gastamos, sino cómo pensamos ese gasto. Mientras sigamos viéndolo como un derecho que alguien más debe garantizar, sin revisar nuestras prácticas y nuestras expectativas, seguiremos atrapados en una paradoja: exigimos más, pero hacemos poco por merecerlo.
¿Y si el futuro fuera híbrido?
Lo que me interesa no es recortar por recortar, sino reconstruir desde otra lógica. ¿Por qué no experimentar con modelos híbridos? Me refiero a sistemas donde lo público no se diluya, pero tampoco lo invada todo. Donde el Estado garantice mínimos sólidos, pero no ahogue las alternativas. La competencia no siempre es enemiga de la justicia; a veces la mejora. Y la diversidad de modelos puede ser más equitativa que la uniformidad forzada.
En ciertos países, las aseguradoras privadas coexisten con sistemas públicos sin que eso implique una catástrofe moral. De hecho, algunas personas están más satisfechas porque pueden elegir. La idea de que la salud sólo puede garantizarla el Estado me parece una creencia que no hemos examinado lo suficiente. ¿Y si estamos sosteniendo un dogma con dinero que podríamos usar mejor?
No propongo abolir el sistema público, sino someterlo al mismo nivel de crítica que cualquier otra estructura de poder. Porque eso es, al fin y al cabo: un poder. Uno que decide a quién atiende primero, cuánto espera cada quien, qué medicamentos cubre, qué pruebas mereces. Y eso también es ideología, aunque venga disfrazado de neutralidad técnica.
Quizá necesitamos una reforma no solo técnica, sino mental. Entender que ser libre también es asumir parte del riesgo. Y que a veces, delegar todo al Estado puede parecer cómodo, pero termina por debilitarnos como sociedad.
El gasto como reflejo de prioridades
El gasto público en sanidad no es solo una cifra en el presupuesto: es un reflejo de lo que una sociedad decide cuidar. Pero ¿y si estamos cuidando más el sistema que a las personas? A veces me da esa impresión: que se protege al modelo, a la estructura, a los protocolos… y el individuo queda en segundo plano, casi como un trámite.
No quiero caer en la trampa de la queja sin propuesta. Lo que planteo es que empecemos a imaginar otras formas de sanar, otras formas de organizarnos. Quizá no tengamos la solución perfecta, pero eso no significa que debamos seguir invirtiendo en lo imperfecto sin cuestionarlo. A veces, seguir invirtiendo en algo que no funciona también es una forma de irresponsabilidad.
Me gustaría que habláramos más de esto, sin miedos ideológicos. Que pudiéramos sentarnos a pensar en frío: ¿qué estamos haciendo realmente con todo este dinero? ¿Qué parte va a quienes lo necesitan y qué parte se diluye en despachos, burocracia, contratos mal diseñados? La sanidad importa, pero eso no significa que esté exenta de revisión.
Seguramente no llegaré a una conclusión definitiva, pero al menos quiero dejar sembrada la duda: ¿de verdad creemos que más gasto público en sanidad equivale automáticamente a más salud? Porque yo, sinceramente, ya no lo tengo tan claro.
