Chuta, hoy me pasó algo que me deja medio picado conmigo mismo. Terminé el día cansadísimo, con la cabeza como apretada, y aun así sentí que no avancé en lo que de verdad importaba. O sea, hice mil cosas: respondí mensajes, acomodé archivos, dejé “bonito” el escritorio, organicé listas, revisé correos, hasta me puse a actualizar aplicaciones “para que todo esté al día”. Y, sin embargo, la tarea grande, la que me daba un poquito de miedo empezar, quedó intacta.
Después me quedé pensando: ¿será que uno se engaña con trabajo que se ve, para no meterse en el trabajo que pesa? Porque hay cosas que dan satisfacción inmediata: tachar pendientes, ordenar, contestar rápido. Eso te hace sentir responsable, como que estás cumpliendo. Pero hay otras cosas —escribir algo importante, tener una conversación difícil, tomar una decisión grande— que no se sienten “productivas” al inicio. Se sienten incómodas. Y ahí es cuando uno se pone creativo… pero para escaparse.
He escuchado que a eso le dicen “procrastinación productiva”. Suena medio chistoso, pero es real. Es esa habilidad de hacer cosas útiles para evitar la cosa esencial. Y ojo, no es flojera. A mí no me faltan ganas de hacer; me sobran ganas de no enfrentar lo que me pone nervioso.
Mi tesis, así sencilla, es que a veces trabajamos para calmarnos, no para avanzar. Como si el movimiento fuera una manera de tapar la ansiedad. Si estoy ocupado, no siento. Si estoy ocupado, no pienso. Si estoy ocupado, no me expongo. Porque la tarea grande no solo pide tiempo: pide coraje. Y el coraje no siempre aparece cuando uno quiere.
A mí me ayuda reconocer las señales. Por ejemplo: cuando estoy “demasiado pendiente” de detalles, cuando abro mil pestañas, cuando salto de una cosa a otra, cuando me digo “solo voy a dejar esto listo y arranco”, ahí ya sé. Estoy dando vueltas. Estoy evitando el punto.
Entonces probé algo que me funcionó más o menos (no es magia, pero ayuda): ponerle un nombre a la tarea que estoy evitando. No “proyecto”, no “tema”, no “pendiente”. Un nombre concreto: “escribir el primer párrafo”, “llamar a tal persona”, “definir el presupuesto”. Y me pongo un mínimo ridículo: diez minutos. No hasta terminar, solo diez minutos de contacto. Porque a veces lo difícil no es seguir, es empezar.
Otra cosa que hice fue bajar la culpa. Porque cuando uno se culpa, se pone peor y se refugia en más tareas pequeñas para sentirse “mejor persona”. Es un círculo. En cambio, si lo miro con un poco de cariño, digo: “ok, estoy asustado, normal”. Y con eso ya afloja un poquito.
No sé si esto te pasa a ti también, pero yo quería dejarlo escrito, como recordatorio. La próxima vez que termine el día diciendo “qué full”, quiero preguntarme algo simple: ¿me moví para avanzar o me moví para no sentir? Capaz la respuesta no me gusta, pero por lo menos me devuelve el timón.
