No sé si esto le pase a todo mundo, pero yo ya empecé a notar una cosa rara: cada vez que abro una herramienta de IA generativa, siento que estoy abriendo una ventana… pero no hacia el futuro, sino hacia mí.
Al principio la usé como cualquiera: para “arreglar” un correo, para resumir algo del trabajo, para pedirle ideas de un regalo. Me daba risa ver cómo contestaba con seguridad, como si no tuviera dudas. Y ahí, en esa seguridad, me empecé a confiar. Porque es bien cómodo que alguien —aunque sea una máquina— te conteste rápido y bonito. Te quita el peso de pensar.
Luego vino la parte fea: me di cuenta de que esa comodidad es una especie de anestesia. Suave, agradable… pero anestesia al final.
Un día me pasó algo bien simple. Tenía que escribir un mensaje para poner un límite con un familiar. Nada dramático, solo eso: “te quiero, pero ya no puedo con esto”. Abrí la IA y le pedí un texto. Me devolvió algo perfecto: educado, firme, con palabras que suenan a terapia y a libro de autoayuda. Lo leí y pensé: “qué bien se ve”.
Y luego me cayó el veinte: no sentí nada.
No era que el texto estuviera mal. Era que no era mío. Era como ponerme una camisa que me queda, pero que no huele a mí. Y lo peor no fue eso: lo peor fue que yo estaba dispuesto a mandarlo así, con tal de no atravesar la incomodidad de escribirlo desde mis entrañas.
Ahí fue cuando me empezó a rondar una idea que me da un poquito de miedo escribir: la IA generativa no solo puede producir textos; puede producir una versión falsa de mi valentía.
Porque redactar bonito no es lo mismo que decir la verdad. Y decir la verdad, aunque sea a medias, te cambia el cuerpo. Te tiembla la mano, te arde el pecho, te sudan los dedos. En cambio, con la IA puedes “resolver” la situación sin sentirla. Como si estuvieras firmando con guantes.
Desde entonces, he estado pensando en esto: en un mundo donde las palabras se vuelven baratas, ¿qué se vuelve valioso?
Yo creo que lo valioso se vuelve la intención. La intención y la cicatriz que deja pensar. Porque pensar de veras no es acomodar frases; es mover muebles internos. Y eso cuesta.
La gente dice: “la IA nos va a quitar el trabajo”. Puede ser, no lo sé. Pero yo siento otra amenaza más íntima: que la IA nos quite el pretexto de no pensar. O sea, si la máquina puede escribir por mí, entonces ya no puedo decir “no sé cómo empezar”. Ahora el problema es otro: “¿qué quiero decir de verdad?”. Y eso es muchísimo más duro, porque ya no es técnico, es personal.
Por eso me gustaría proponer una idea, como quien deja una piedra en el camino para ver si a alguien le sirve: usar la IA generativa como espejo, no como máscara.
¿Cómo sería eso en la vida real? Pues me inventé un ritual medio casero que estoy probando:
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Primero escribo una versión fea, a mano o en notas. Sin IA. Así, con frases cortadas, con groserías si hace falta, con lo que salga. Esta versión no es para publicar ni para presumir. Es para localizar mi voz, aunque suene chueca.
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Luego le pido a la IA que me dé una versión “bien escrita”. Y aquí viene lo importante: no la copio. La leo como quien escucha a alguien darme un consejo. A veces me sirve una estructura, a veces una palabra, a veces nada.
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Y al final escribo una tercera versión “contra” la IA. O sea, una versión que recupere lo que la máquina suele borrar: mis dudas, mis contradicciones, mis “no sé”, mis recuerdos, mis ejemplos de barrio. La IA tiende a dejar todo parejito; yo intento volver a meterle la textura.
Ese tercer paso me parece el más valiente. Porque implica aceptar que mi voz no es pulcra. Y que no pasa nada.
De hecho, otra cosa que me tiene pensando es que la IA generativa está volviendo muy difícil distinguir entre “texto bonito” y “pensamiento propio”. Pero también está dejando al descubierto algo incómodo: muchas veces nosotros mismos ya escribíamos en automático. Con frases prestadas. Con clichés. Con ideas que suenan bien, pero que no hemos masticado.
La IA solo lo está acelerando.
Y aquí viene la parte que más me mueve: si de verdad quiero que esto no se convierta en una fábrica de discursos sin alma, entonces tengo que cuidar algo que nunca me enseñaron a cuidar: mi imaginación.
No la imaginación como fantasía de niños, sino como músculo de ver posibilidades. Como capacidad de imaginar otras vidas, otros finales, otras formas de convivir. Si yo le entrego ese músculo a una máquina, ¿qué me queda? ¿Solo elegir entre opciones?
Por eso me gusta la idea de un espacio donde el texto sea anónimo y pese por lo que dice, no por quién lo dice. Porque ahí ya no hay likes ni personaje. Y si no hay personaje, no tengo que actuar. Puedo pensar. Aunque me vea raro.
Me encantaría que, en vez de usar la IA para sonar inteligentes, la usáramos para hacernos preguntas más peligrosas. Preguntas que no se resuelven con un párrafo bien armado. Preguntas como:
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¿Qué parte de mí estoy tratando de evitar cuando le pido a la IA que hable por mí?
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¿Qué ideas defiendo solo porque suenan correctas?
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¿Qué palabra me da vergüenza escribir porque me delata?
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¿Qué verdad pequeña estoy dispuesto a decir, aunque me quite el aplauso?
La neta, no tengo una conclusión redonda. Solo tengo una intuición: la IA generativa es como un amplificador. Amplifica lo que ya hay. Si tú ya traes prisa, te amplifica la prisa. Si tú ya traes miedo, te amplifica el miedo (pero con buena ortografía). Y si tú traes una chispa honesta, también te la puede amplificar… siempre y cuando no la sustituyas.
Entonces, si alguien llega aquí pensando “quiero publicar algo sobre IA generativa”, yo le diría: no publiques lo que la IA te escribió. Publica lo que te hizo ver. Publica el momento exacto donde te cachaste queriendo esconderte detrás de un texto perfecto. Publica esa vergüenza, esa duda, esa rebelión pequeñita de volver a escribir con tus manos.
Porque a lo mejor la revolución no es que las máquinas escriban.
A lo mejor la revolución es que, por fin, nosotros volvamos a escucharnos.
