Hay algo que me incomoda muchísimo de mí, aunque suene chiquito. A veces se me ocurre una idea y, por unos minutos, me siento casi orgullosa. No orgullosa en plan “soy un genio”, tampoco. Más bien esa satisfacción modesta de pensar: mira, esto sí lo pensé yo. Esto sí salió de mí. Y luego pasa algo medio cruel: me doy cuenta de que tal vez no.
No hablo de copiar a propósito. Eso es otra cosa. Hablo de ese momento bien raro en el que una frase, una opinión, una manera de explicar algo o hasta un gusto personal se te presenta como propio, nuevecito, recién nacido… y después descubres que ya lo habías oído antes. Quizá en una conversación vieja. Quizá en una película que viste cansada. Quizá en una maestra de primaria, en un podcast, en una sobremesa, en un comentario perdido de internet. Quién sabe. El caso es que ahí estaba, dormido, y un día regresó con ropa distinta para hacerse pasar por mío.
La neta, eso me mueve el piso.
Porque yo crecí creyendo que una parte importante de ser persona tenía que ver con “tener voz propia”. Como si dentro de una hubiera un centro clarísimo, una especie de cuarto privado donde nacen las ideas auténticas, limpias, sin mezcla. Pero mientras más vivo, menos segura estoy de que ese cuarto exista así de puro. Más bien siento que una es como una casa donde entró muchísima gente a lo largo de los años, y aunque ya no estén, dejaron abierta una ventana, una taza, una frase pegada en la pared, una forma de mirar.
Y luego una confunde herencia con invento.
Esto me pega mucho cuando hablo. Hay veces que estoy dando mi opinión sobre algo cualquiera, no sé, sobre por qué la gente cambia tanto cuando se siente observada, o sobre por qué ciertas canciones nos caen mejor en días nublados, y de pronto me escucho desde afuera. Me pasa seguido eso: me escucho. Y digo, espérate… ese tono no es del todo mío. Esa idea tiene acento de otra persona. Ese remate ya lo había oído, aunque no sé dónde. Es una sensación extrañísima, como descubrir que traes puesta una prenda ajena que ya sentías de tu talla.
Y no siempre me molesta. A veces hasta me enternece.
Porque también pienso: bueno, tal vez así estamos hechos. Tal vez nadie piensa a solas. Tal vez lo que llamamos “yo” es una mezcla más o menos ordenada de voces que nos fueron dejando algo. Un gesto del abuelo. Una forma de enojarse de la mamá. Un modo de consolar que aprendiste de una amiga. Una palabra que se te pegó por años. Una lectura que jurabas haber olvidado. Igual y la originalidad no consiste en crear desde cero, sino en cómo acomodas dentro de ti todo lo que te ha atravesado.
Pero aun así hay algo inquietante.
Me inquieta porque deja al descubierto lo fácil que es engañarme sola. Yo puedo jurar que una idea me representa, cuando en realidad apenas la estoy repitiendo con buena dicción. Puedo defender una postura creyendo que la pensé a fondo, cuando nomás la traigo bien memorizada. Puedo sentir que elegí algo libremente y, en realidad, solo estoy obedeciendo una vieja huella que ni siquiera recuerdo haber recibido.
Eso sí da miedo.
No porque entonces todo sea falso. Más bien porque obliga a una humildad que no siempre cae bien. Esa humildad de aceptar que la mente no es una oficina perfectamente ordenada, sino una bodega medio caótica donde aparecen cajas sin etiqueta. Cosas que jurabas tuyas, cosas que jurabas ajenas, cosas que ya no sabes de dónde salieron. Y sin embargo con eso vas armando tu vida, tus gustos, tus decisiones y hasta tus convicciones.
A mí esto me hizo mirar distinto incluso mis recuerdos felices. Porque empecé a pensar que no solo heredamos ideas: también heredamos maneras de sentirlas. A lo mejor eso que llamo “mi forma de extrañar” viene de la casa en la que crecí. A lo mejor mi manera de entusiasmarme con ciertos temas no nació conmigo, sino que se fue cocinando entre voces, silencios y costumbres de otros. Y entonces ya no sé si eso me quita identidad o me la da.
Creo que me la da.
Porque tampoco quiero caer en la paranoia de pensar que nada me pertenece. Sí hay algo mío, pero tal vez lo mío no está en inventar de la nada, sino en hacerme responsable de lo que tomo, de lo que repito y de lo que transformo. En revisar mis certezas. En preguntar de vez en cuando: “esto que pienso, ¿de veras lo pensé o solo me acomodé dentro de ello?”. A veces la respuesta no me gusta. A veces descubro que traigo frases prestadas. Pero otras veces noto que sí: que algo pasó por muchas manos antes de llegar a mí, y aun así, al vivirlo, al dudarlo, al mezclarlo con mi historia, terminó volviéndose parte de mi voz.
Y eso, curiosamente, me da paz.
Ya no me obsesiona tanto ser original. Me importa más ser honesta. Saber que mi cabeza no es un territorio virgen, sino una conversación larguísima. Y que quizás pensar no consiste en hablar sola, sino en aprender a reconocer quién sigue hablando dentro de mí cuando creo, muy segura, que por fin se me ocurrió algo nuevo.
