. ¿Por qué me acuerdo de aquel dibujo?. En tercero de primaria nos pidieron dibujar el camino de casa al colegio, pero sin usar calles reales. Yo hice un río, dos puentes y una especie de montaña donde estaba la panadería. La profesora no nos corrigió el mapa. Solo preguntó qué cosas habíamos cambiado para llegar al mismo sitio. Ese recuerdo me viene ahora porque era una tontería, sí, pero también una forma bastante clara de decir que no todo se arregla insistiendo en la misma línea.
¿Qué se está defendiendo?
Lo explico así porque llevo unos meses notando que, ante cualquier atasco, mi primera reacción es empujar. Si no entiendo algo, leo más de lo mismo. Si una conversación se encalla, repito la frase con otras palabras. Si un plan no sale, busco cómo meterlo a presión en el hueco que queda. Y hay algo agotador en esa obediencia a la forma inicial, como si el primer intento tuviera autoridad solo por haber llegado primero.. ¿Y si el problema no está donde lo estoy mirando?. He empezado a hacer una prueba bastante sencilla, casi ridícula: describir lo que pasa como si fuese otra cosa.
No para evadirme ni para ponerme intenso, sino para aflojar la cerradura. Una discusión pendiente puede ser una habitación con demasiados muebles. Un trámite que se alarga puede ser una cola en la que nadie sabe cuál es la ventanilla. Una decisión pequeña puede ser una mesa puesta para demasiados invitados. Al cambiar la imagen, no se soluciona nada por arte de magia, pero aparecen preguntas que antes no estaban. Por ejemplo, si una habitación tiene demasiados muebles, no tiene sentido gritarle al sofá.
¿Dónde empieza la duda?
Hay que sacar algo, moverlo, aceptar que no todo cabe. Si una cola no tiene ventanilla clara, quizá el problema no es mi paciencia, sino la falta de orden. Me sorprende lo práctico que resulta imaginar mal a propósito. Lo mal dicho, lo torcido, lo provisional. Ahí se cuelan salidas que una explicación correcta no dejaba entrar.. ¿Qué cambia cuando dejo de buscar una respuesta perfecta?. Cambia, sobre todo, la postura. Ya no me siento examinándome delante de mi propia vida, con la obligación de acertar a la primera. Me siento más como alguien moviendo piezas encima de una mesa: esto aquí no funciona, esto podría girarse, esto sobra aunque me dé pena.
No es una gran filosofía. Es más bien una manera de no confundir seriedad con rigidez. Me gustaría acordarme más de aquel mapa inventado. No porque fuera bonito, que seguramente no lo era, sino porque aceptaba una cosa que de adulto se me olvida: se puede llegar a un sitio sin respetar todo el trazado que te dieron. Algunas veces la salida no consiste en correr, ni en aguantar, ni en demostrar nada.
Consiste en cambiar el dibujo lo suficiente para que el camino vuelva a verse.
