La primera vez que noté que “justicia” y “sentido común” no siempre van de la mano fue en una fila. Nada épico: un supermercado, una tarde cualquiera, yo con dos cosas en la mano y la cabeza en modo “solo quiero salir de aquí sin ruido”. Había una señora delante de mí con el mercado completo. Detrás, un señor con una sola bolsa, apurado, mirando el reloj como si el reloj lo mirara a él.
En algún punto, el señor se metió por un costado y le dijo a la cajera, como si estuviera pidiendo agua: “Es que yo solo tengo esto. Me deja pasar de una”. La señora se volteó, le sostuvo la mirada dos segundos y dijo algo que todavía siento en el estómago cuando lo recuerdo: “No, mijo. Aquí hay fila”.
Y listo. Se armó el clima.
A mí se me encendió ese mecanismo interno que me pasa mucho: mi cabeza empieza a hacer cuentas morales, a medir quién “merece” qué, como si yo fuera un juez con calculadora. Y al mismo tiempo, otra parte de mí, la parte que quiere que el mundo sea más simple, decía: “Obvio, el man con una bolsa debería pasar. Eso es puro sentido común”.
Pero la palabra “obvio” es tramposa. Es como una cobija: te calienta rápido y te hace sentir que ya resolviste el asunto. Y ese día me di cuenta de algo incómodo: el “sentido común” es una forma de ganar una discusión sin discutirla.
Porque, si lo miro con calma, la señora también tenía sentido común. Su sentido común era otro: “Si empezamos a hacer excepciones, esto se vuelve un desorden”. Y, la verdad, también tiene razón. O al menos tiene una razón que se entiende.
Ahí fue cuando empecé a sospechar que el choque no es entre justicia y sentido común, sino entre dos clases de justicia que se disfrazan de sentido común. Y que, cuando se rompen, no es porque alguien sea malo… sino porque cada quien está defendiendo una idea diferente de lo que significa “que sea justo”.
Dos justicias que se miran feo
Con el tiempo, lo fui nombrando así, porque necesitaba etiquetas para no enredarme: la justicia de reglas y la justicia de la escena.
La justicia de reglas es la que dice: “Esto funciona si todos seguimos lo mismo”. Es la justicia que cree en el turno, en el procedimiento, en el “así se hace”. No es fría por maldad; es fría por diseño. Su promesa es estabilidad: que nadie tenga que rogar, negociar o improvisar cada cinco minutos.
La justicia de la escena, en cambio, mira el caso concreto y dice: “Pero míralo bien. Aquí hay una diferencia que importa”. Es la justicia que ve la prisa del señor, la bolsa pequeña, la cara de estrés. Su promesa es humanidad: que el sistema no aplaste a quien ya viene aplastado.
Y aquí viene el problema: las dos promesas son legítimas, pero no se pueden cumplir al 100% al mismo tiempo.
Si me voy full reglas, puedo terminar defendiendo cosas absurdas solo porque “así toca”. Y si me voy full escena, puedo terminar en el reino del favoritismo, donde gana el que mejor cuenta su historia o el que más insiste.
Lo que se rompe, entonces, no es “la justicia”. Lo que se rompe es la ilusión de que existe una única justicia obvia, automática y universal.
El sentido común como atajo emocional
Hay días en los que el sentido común me suena como una frase de adulto cansado: “No me vengan con cuentos”. Y yo entiendo la intención. Vivimos saturados: noticias, opiniones, videos, indignación por tandas. El sentido común aparece como un botón de “simplificar”. Como decir: “No tengo energía para analizar esto. Voy a decidir con lo que siempre ha funcionado”.
Y eso, en sí, no es pecado. Es supervivencia.
Pero el problema es que el sentido común no es una brújula moral. Es un atajo emocional que se siente como verdad porque reduce el esfuerzo mental. A veces acierta. A veces no. Y a veces acierta para mí y revienta a otro.
Hay una frase que me persigue: “Lo obvio es obvio… para quien ya está adentro”. Adentro de cierta costumbre, de cierta cultura, de cierto cuerpo, de cierto tipo de vida.
Por eso el sentido común es tan peligroso cuando se usa como martillo. Porque la gente lo escucha y piensa: “Si no estás de acuerdo, eres tonto o eres mala persona”. Y ahí se acabó la conversación.
Dónde se rompe, de verdad
Se rompe en tres lugares. Los he visto tantas veces que ya los reconozco como grietas en el piso.
Primero: se rompe cuando confundimos comodidad con justicia.
Lo que me conviene a mí suele parecerme razonable. Y lo razonable suele parecerme justo. Ese salto es invisible. Casi nadie se da cuenta cuando lo hace, porque viene con una sensación de limpieza: “Estoy siendo lógico”. Pero a veces solo estoy defendiendo mi confort.
Segundo: se rompe cuando tratamos a las reglas como si fueran la realidad.
Las reglas son mapas. La realidad es el territorio. Cuando yo convierto el mapa en territorio, empiezo a castigar a la gente por no caber en el papel. Y eso es una forma elegante de crueldad: “No es personal, es el protocolo”.
Tercero: se rompe cuando usamos casos extremos para gobernar el mundo cotidiano.
Esto es típico: alguien trae el ejemplo límite (“¿y si todos hicieran lo mismo?”) y con eso bloquea cualquier excepción. O al revés: alguien trae el caso conmovedor (“pero mira a esta persona”) y con eso quiere tumbar cualquier regla. Los extremos son útiles para pensar, pero tóxicos para decidir cuando se vuelven chantaje.
Mi pequeña tesis (para no ahogarme)
Con los años, me quedé con una regla que intento aplicar, sobre todo cuando siento que me sube la rabia:
Cuando la justicia y el sentido común chocan, casi siempre lo que falta no es “más sentido común”, sino un criterio para decidir cuándo vale una excepción.
Eso es lo que no tenemos en la mayoría de discusiones: un criterio. Tenemos impulsos, tenemos historias, tenemos reglas sueltas, pero no un “cómo decidimos” que sea explicable.
Y aquí es donde yo, personalmente, me he dado golpes. Porque mi mente tiende a querer el criterio perfecto, el que cubre todos los casos. Y eso no existe. Entonces me tocó bajar la ambición: en vez de buscar el criterio perfecto, busco el criterio defendible.
Un criterio defendible tiene tres cosas:
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Se puede decir en voz alta sin dar pena.
Si mi criterio solo funciona cuando lo escondo, es mala señal. -
Si alguien más lo usa, no me da miedo.
Si mi criterio en manos ajenas se vuelve abuso, también es mala señal. -
Admite revisión.
No como excusa (“bueno, puede ser…”), sino como puerta real: “Si pasa X, cambio de opinión”.
Volviendo a la fila
Si aplico esto a la fila, me sale algo así:
Excepción sí, pero con consentimiento de quien paga el costo.
O sea: no es “me meto porque tengo una bolsa”, sino “¿te molesta si paso?”.
Eso cambia todo, porque mete un elemento que el sentido común suele olvidarse: el costo humano. La señora, en ese escenario, no era un obstáculo. Era la persona a la que le estaban pidiendo que regalara su turno.
Y ahí aparece otra verdad que incomoda: a veces el “sentido común” que pide flexibilidad se apoya en que alguien más sea flexible… a la fuerza.
Si el señor hubiera dicho: “Señora, ¿le molesta si paso? Estoy tarde para recoger a mi hija”, tal vez la escena habría sido otra. Tal vez no. Pero el punto es que el criterio deja de ser “yo merezco” y pasa a ser “yo pido”.
Cuando uno pide, reconoce que el otro existe. Y eso ya es justicia de la escena sin romper del todo la justicia de reglas.
El lugar más delicado: cuando hay poder
Hay discusiones donde el choque se vuelve más duro: trabajo, escuela, instituciones, trámites, sanciones. Ahí el “sentido común” puede ser un arma. Porque el poderoso define qué es “lo normal” y lo normal se vuelve ley.
Yo lo he visto en cosas pequeñas: “Es sentido común que respondas mensajes fuera de horario”, “es sentido común que aguantes el comentario”, “es sentido común que te adaptes”. Ese “sentido común” suele significar: “No me obligues a cambiar”.
En esos casos, me parece importante recordar algo: cuando hay poder desigual, la justicia de reglas puede ser protección.
Las reglas, bien hechas, le quitan al poderoso la posibilidad de improvisar a su favor. El problema es cuando la regla está escrita para el poderoso y entonces se vuelve una muralla.
Por eso me cuesta confiar en frases tipo “seamos razonables”. La razonabilidad sin marco casi siempre favorece a quien ya tiene margen.
Lo que hago ahora, cuando me dan ganas de gritar “¡pero es obvio!”
Cuando siento esa urgencia de “es obvio”, intento hacer un ejercicio rápido, como si yo mismo fuera dos personas:
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Yo-regla pregunta: “¿Qué pasa si esto se vuelve costumbre?”
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Yo-escena pregunta: “¿Qué pasa si aplico la regla como piedra?”
Si la respuesta de Yo-regla es “esto se vuelve un caos”, y la respuesta de Yo-escena es “esto se vuelve cruel”, entonces estoy en el punto exacto donde justicia y sentido común se rompen. Y ahí, en vez de elegir por impulso, intento buscar el criterio defendible.
A veces el criterio es: “Excepción, pero una sola vez”.
A veces es: “Excepción, pero documentada”.
A veces es: “Regla, pero con un canal para apelar”.
A veces es: “Regla, pero con lenguaje humano”.
No suena romántico, pero a mí me salva. Porque me saca del teatro moral y me mete en algo más útil: diseño.
Una conclusión que me deja tranquilo
Yo ya no creo mucho en el sentido común como juez. Lo veo más como un primer borrador. Algo que dice: “Por aquí podría ser”. Pero no como sentencia final.
Y sobre la justicia… aprendí a verla como una tensión que se administra, no como una verdad que se posee. La justicia no es un lugar donde uno llega. Es una forma de caminar sin pisar demasiado fuerte.
Si tuviera que destilarlo en una frase, sería esta:
El sentido común se rompe cuando lo usamos para cerrar; la justicia empieza cuando lo usamos para abrir un criterio.
Abrir: ¿quién paga el costo? ¿quién decide? ¿qué pasa si esto se repite? ¿qué excepción es defendible? ¿qué reparación existe si nos equivocamos?
No es perfecto. No es cómodo. Pero, para mí, tiene algo que el “obvio” no tiene: respeto.
Y a estas alturas, cuando todo se calienta y la gente se lanza “sentidos comunes” como piedras, yo prefiero eso: un respeto que piensa, antes que una obviedad que aplasta.
