Ayer estornudé encima de una factura.
No es una imagen bonita, ya lo sé, pero es bastante precisa. La factura estaba en la mesa de la cocina, al lado de un vaso de agua, un paracetamol y un paquete de pañuelos de esos que se acaban siempre en el peor momento. Yo estaba en pijama, con la nariz como un semáforo y esa dignidad ridícula que tenemos los autónomos cuando nos ponemos enfermos: hechos polvo, pero contestando correos como si nada.
“Te lo mando en un rato”, escribí.
Ese “en un rato” era mentira.
Mi cuerpo decía cama. Mi cabeza decía cliente. Mi garganta decía no hables. Mi cuenta bancaria decía ni se te ocurra desaparecer.
Y así una va tirando.
No quiero dramatizar. No soy una heroína de barrio ni una víctima profesional del sistema. Soy una persona normal que trabaja por su cuenta, que algunos meses va bien, otros meses regular, y otros meses mira la aplicación del banco con el mismo miedo con el que se mira una puerta entreabierta de noche.
Lo curioso es que cuando eres autónoma, enfermar no empieza con el termómetro. Empieza con una negociación interna.
A ver.
¿Tengo fiebre de verdad o solo estoy floja?
¿Puedo aplazar esto sin quedar fatal?
¿Será para tanto?
¿Y si descanso hoy y mañana se me juntan tres incendios?
¿Y si el cliente piensa que soy poco seria?
¿Y si no vuelve?
Hay enfermedades que en un trabajador normal son un motivo para parar. En mí, muchas veces, se convierten en un Excel mental. Mido síntomas contra entregas. Dolor de cabeza contra presupuesto pendiente. Tos contra reunión. Agotamiento contra cuota. Como si el cuerpo fuera un proveedor más al que se le puede pedir un pequeño esfuerzo.
“Venga, aguanta hasta el viernes”.
El viernes llega y entonces le digo:
“Venga, aguanta hasta el lunes”.
Mi cuerpo debe de pensar que soy una jefa horrible.
La primera vez que me di cuenta de lo absurdo fue con una gripe. Una gripe sencilla, nada épico. De esas que te dejan inútil, pero no lo bastante inútil como para que el mundo se pare. Tenía que entregar un trabajo por la mañana. Lo hice con una manta encima, bebiendo caldo de brick y escribiendo frases que luego no recordaba haber escrito. Cuando acabé, en vez de sentir alivio, me puse a llorar.
No por la gripe.
Por la sensación de no tener permiso.
Eso es lo que más cansa: no la fiebre, sino la obligación de justificarla incluso ante una misma. Como si descansar fuera un capricho. Como si cuidarse fuera una falta de profesionalidad. Como si decir “hoy no puedo” hubiera que compensarlo con una explicación de tres párrafos y un tono de perdón anticipado.
Me he descubierto escribiendo mensajes patéticos:
“Perdona, estoy un poco enferma, pero intento tenerlo igualmente”.
“Disculpa, voy algo más lenta, pero no te preocupes”.
“No te preocupes”.
Esa frase debería estar prohibida cuando una tiene 38 de fiebre. Porque sí, que se preocupen un poco. Tampoco hace falta montar una ceremonia, pero qué menos que aceptar que no somos máquinas con tarifa horaria.
A veces envidio esa fantasía de apagar el ordenador y que alguien cubra tu puesto. En mi caso, si yo paro, se para todo. No hay compañera que continúe el archivo. No hay departamento que absorba el retraso. No hay sustituto invisible saliendo de un armario. Está mi mesa. Mi silla. Mis clientes. Mi calendario. Y yo, con un jersey viejo, intentando parecer operativa mientras me lloran los ojos.
Pero últimamente estoy cambiando algo, aunque sea poco.
He empezado a avisar antes. A no esperar a estar destruida para decir que no llego. He empezado a dejar huecos menos imposibles. A no llenar cada semana como si mi salud fuera un detalle administrativo. He empezado a entender que ser responsable también incluye no tratarme como material desechable.
No siempre me sale.
A veces recaigo en esa épica cutre del autónomo invencible: trabajar con migraña, contestar un sábado, decir que sí cuando debería decir “la semana que viene”. Luego me enfado conmigo. Luego me perdono un poco. Luego intento hacerlo mejor.
Porque no quiero presumir de sacrificio. Me parece una trampa. Hay gente que habla de trabajar enferma como si fuera una medalla, y yo cada vez lo veo más como una alarma. Una medalla no debería darte escalofríos ni dejarte sin voz.
El autónomo que no puede enfermar no es más fuerte.
Solo está más solo frente a su propia agenda.
Y quizá por eso escribo esto: para recordarme, cuando vuelva a estar con mocos y culpa, que parar no es desaparecer. Que descansar también es sostener el negocio. Que ninguna factura debería valer más que un cuerpo entero.
Mañana, seguramente, volveré a trabajar.
Pero hoy voy a cerrar el portátil.
Y esta vez no voy a pedir perdón por tener fiebre.
