La broma ya no me está sirviendo

1 de julio de 2026

Explora la relación entre el humor y la autopercepción. Se reflexiona sobre cómo el uso del humor puede ocultar emociones y la importancia de ser auténtico en las interacciones. Un viaje hacia la sinceridad personal.

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En la pausa del café solté una broma sobre mí antes de que alguien pudiera decir nada. Era una reunión normal, de esas que se alargan por costumbre, y yo había confundido un dato en una presentación. Nadie me estaba atacando. Nadie había levantado la ceja siquiera. Aun así me adelanté, me hice pequeño con una frase graciosa y todos rieron un poco, con esa risa educada que no sabe si está ayudando o empeorando algo.

Luego volví a mi sitio con una especie de frío por dentro.

No fue por el error. El error era una tontería.

Fue por reconocer el mecanismo.

Llevo años haciendo eso: convertir cualquier incomodidad en chiste antes de sentirla del todo. Si llego tarde, bromeo. Si me equivoco, bromeo. Si algo me duele, bromeo más fuerte. Como si el humor fuera una salida de emergencia y no una puerta por la que termino escapándome siempre de la misma habitación.

Hay una tristeza rara en caerle bien a la gente por la forma en que uno se quita importancia.

No quiero ponerme solemne. Tampoco quiero volverme una persona incapaz de reírse de sí misma. Me gustan las bromas. Me gusta la gente que no se toma demasiado en serio. Pero una cosa es no tomarse demasiado en serio y otra es tratarse como si molestara ocupar un sitio completo.

Eso es lo que estoy empezando a cambiar, muy despacio.

No con grandes declaraciones.

Con una frase menos.

Con un segundo de silencio.

Con no rematar cada explicación con “bueno, soy un desastre”, como si tuviera que pagar peaje por existir delante de otros.

Me da miedo resultar tenso. Me da miedo que, si dejo de suavizarlo todo, se note que algunas cosas me importan. Que me fastidia equivocarme. Que me cansa ser el primero en rebajar lo que hago. Que a veces no quiero ser simpático, solo quiero ser tratado con normalidad.

La próxima vez que me señalen un fallo, quiero probar a decir: “Vale, lo reviso”. Nada más. Sin teatrillo. Sin castigarme en voz alta para que los demás no tengan que hacerlo.

Y si algo me sienta mal, quizá pueda decirlo sin envolverlo en gracia. No todo, no siempre. Pero alguna vez.

Me parece un cambio pequeño y, a la vez, me da pena haber tardado tanto en verlo.

Supongo que hay costumbres que nacen para protegernos y se quedan demasiado tiempo. La broma me salvó de muchas vergüenzas. También me ha dejado solo en momentos en los que necesitaba que alguien me tomara en serio.

Voy a intentar no usarla como escondite.

Si aparece, que sea porque hay alegría. No porque no sé quedarme.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento íntimo · 38%
Predomina una reflexión íntima sobre el uso del humor como escondite emocional, con deseo de cambiar esa forma de relacionarse.
  • El eje es la vida interior del narrador: vulnerabilidad, mecanismos de defensa, miedo a ocupar espacio y dificultad para expresar daño sin humor.
  • Aparecen tristeza, miedo, vergüenza, cansancio y necesidad de ser tomado en serio como parte central del texto.
  • Propone un cambio concreto: dejar de usar la broma como defensa, responder con sencillez y expresar malestar sin disfrazarlo.
  • Parte de una escena común de trabajo, una pausa de café y una presentación, además de ejemplos diarios como llegar tarde o equivocarse.
  • El texto observa cómo el narrador se adapta a los demás, busca suavizar tensiones y teme la mirada ajena en contextos compartidos.
  • La escritura se apoya en voz narrativa, ritmo confesional e imágenes como el frío por dentro, el peaje por existir o la misma habitación.
  • Hay una reflexión leve sobre existir ante otros, ocupar un sitio y no esconderse, pero no desarrolla grandes preguntas de sentido.
  • Cuestiona una costumbre personal normalizada: convertir la incomodidad en broma y quitarse importancia ante otros.
  • Usa algunas imágenes imaginativas, como el humor como salida de emergencia o escondite, aunque no construye un escenario especulativo.
  • Incluye una reflexión breve sobre la identidad y la forma de estar ante los otros, pero sin abstracción filosófica sostenida.
  • Hay una presencia mínima de responsabilidad hacia uno mismo: no castigarse en voz alta ni rebajarse para evitar incomodar.
  • No predominan teorías, conceptos ni análisis cultural; el texto trabaja más desde la experiencia personal.

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