En la pausa del café solté una broma sobre mí antes de que alguien pudiera decir nada. Era una reunión normal, de esas que se alargan por costumbre, y yo había confundido un dato en una presentación. Nadie me estaba atacando. Nadie había levantado la ceja siquiera. Aun así me adelanté, me hice pequeño con una frase graciosa y todos rieron un poco, con esa risa educada que no sabe si está ayudando o empeorando algo.
Luego volví a mi sitio con una especie de frío por dentro.
No fue por el error. El error era una tontería.
Fue por reconocer el mecanismo.
Llevo años haciendo eso: convertir cualquier incomodidad en chiste antes de sentirla del todo. Si llego tarde, bromeo. Si me equivoco, bromeo. Si algo me duele, bromeo más fuerte. Como si el humor fuera una salida de emergencia y no una puerta por la que termino escapándome siempre de la misma habitación.
Hay una tristeza rara en caerle bien a la gente por la forma en que uno se quita importancia.
No quiero ponerme solemne. Tampoco quiero volverme una persona incapaz de reírse de sí misma. Me gustan las bromas. Me gusta la gente que no se toma demasiado en serio. Pero una cosa es no tomarse demasiado en serio y otra es tratarse como si molestara ocupar un sitio completo.
Eso es lo que estoy empezando a cambiar, muy despacio.
No con grandes declaraciones.
Con una frase menos.
Con un segundo de silencio.
Con no rematar cada explicación con “bueno, soy un desastre”, como si tuviera que pagar peaje por existir delante de otros.
Me da miedo resultar tenso. Me da miedo que, si dejo de suavizarlo todo, se note que algunas cosas me importan. Que me fastidia equivocarme. Que me cansa ser el primero en rebajar lo que hago. Que a veces no quiero ser simpático, solo quiero ser tratado con normalidad.
La próxima vez que me señalen un fallo, quiero probar a decir: “Vale, lo reviso”. Nada más. Sin teatrillo. Sin castigarme en voz alta para que los demás no tengan que hacerlo.
Y si algo me sienta mal, quizá pueda decirlo sin envolverlo en gracia. No todo, no siempre. Pero alguna vez.
Me parece un cambio pequeño y, a la vez, me da pena haber tardado tanto en verlo.
Supongo que hay costumbres que nacen para protegernos y se quedan demasiado tiempo. La broma me salvó de muchas vergüenzas. También me ha dejado solo en momentos en los que necesitaba que alguien me tomara en serio.
Voy a intentar no usarla como escondite.
Si aparece, que sea porque hay alegría. No porque no sé quedarme.
