La bugambilia del patio vecino cruza la barda como si hubiera encontrado una grieta en la idea de propiedad. Sus ramas caen hacia mi lado con una confianza que no le he visto a casi nadie: hojas verdes, flores moradas, espinas diminutas que sólo se anuncian después del roce. Cada mañana deja unas cuantas brácteas sobre el piso, y yo las barro con una culpa rara, como si estuviera quitando mensajes que no alcancé a leer. Nunca he sabido recibir lo que llega sin que lo pida. Me incomoda el favor, la visita inesperada, el saludo demasiado cálido de alguien que no calcula su distancia.
Me eduqué, sin darme cuenta, en una cortesía de puertas entornadas: estar, pero no demasiado; querer, pero sin que se note el hambre; necesitar, pero con el cuerpo quieto. La planta no entiende esos modales. Avanza. Al principio pensé en podarla de mi lado. No por daño, sino por ese impulso de corregir lo que desborda. Hay algo tranquilizador en las líneas rectas: la barda termina aquí, mi patio empieza acá, lo ajeno se queda allá. Pero la tarde en que levanté las tijeras vi una abeja metida en una flor, trabajando con una concentración sagrada, y me dio vergüenza mi necesidad de orden. La bugambilia no estaba invadiendo; estaba insistiendo en existir hacia donde había sol. He pensado mucho en esa diferencia. Invadir e insistir pueden parecerse desde lejos.
También yo he confundido mi deseo de acercarme con una falta de respeto. He preferido retirarme antes de incomodar, callar antes de ser malinterpretado, hacerme pequeño para no parecer exigente. Hay una forma de prudencia que se disfraza de virtud, pero en el fondo es miedo con buena ortografía. Por eso miro esas ramas como quien estudia una lección que no sabe aplicar. La espina no cancela la flor. La belleza no pide disculpas por ocupar espacio. La fragilidad tampoco significa permiso para desaparecer. Todo eso lo sé en frases limpias, casi bonitas, pero mi cuerpo tarda más en creerlo.
Mi cuerpo todavía se tensa si alguien me mira con ternura, como si la ternura fuera una lámpara demasiado fuerte. Esta mañana no barrí las flores. Las dejé sobre el piso, dispersas, exageradas, un poco teatrales. El patio se veía menos mío y, por eso mismo, más vivo. Tal vez pertenecer no sea tener cercas impecables, sino aprender qué cosas pueden cruzarlas sin destruirnos. Tal vez uno también pueda asomarse por encima de su propia barda, con cuidado, con espinas, con algo de color que no sabe quedarse guardado.
