La caja de huevos amaneció sobre mi portón, metida en una bolsa blanca con dos tomates, una libra de queso y un papelito doblado. Todavía no había salido bien el sol y ya se escuchaba la escoba de la vecina raspando la acera, los perros negociando su territorio y el pregón lejano de un señor que vendía pan.
Pensé que mi mamá había mandado algo, porque ella a veces aparece así, por medio de encargos que nadie pidió pero que igual terminan resolviendo el desayuno. El papelito no traía mi nombre. Decía “Casa verde, portón negro, frente al almendro”. En esta cuadra hay tres casas verdes, dos portones negros y un almendro que ya parece más referencia municipal que árbol. La dirección podía ser mía, podía ser de la casa de la esquina o de la muchacha que alquila el cuarto del fondo donde antes vivía una señora que hacía tamales. El repartidor, seguramente apurado, dejó la bolsa donde mejor le pareció y siguió su camino. Yo tenía prisa. Esa es la excusa más cómoda que existe. Tenía que bañarme, preparar café, buscar unas llaves que siempre se esconden en el mismo lugar y salir a tomar el rapidito antes de que el calor empezara a pegar como castigo.
También tenía hambre. Miré los huevos, miré el queso, miré los tomates. Todo era sencillo si yo quería que fuera sencillo: meter la bolsa, cerrar el portón y decirme que en esta ciudad las cosas se pierden, se confunden, se van. Nadie iba a venir con un juez por una libra de queso. Pero las cosas pequeñas tienen una manera fea de quedarse haciendo ruido.
No por el precio, sino por la historia que uno se cuenta para quedar bien parado. “Tal vez era para mí”. “Tal vez la persona ni se da cuenta”. “Tal vez se arruina si la dejo afuera”. Una parte de mí ya estaba redactando la defensa antes de cometer la falta. Eso me dio pena, no una pena grande de novela, sino una vergüenza chiquita, doméstica, de esas que aparecen mientras uno se amarra los zapatos. Saqué el teléfono y escribí al chat de la cuadra, ese grupo donde casi nadie habla salvo para avisar que se fue el agua, que hay un perro perdido o que alguien dejó las luces encendidas del carro. Mandé foto de la bolsa y del papelito. Pasaron cinco minutos sin respuesta. En esos cinco minutos, la mente se vuelve creativa: pensé en dejarla en la pulpería, pensé en tocar tres portones, pensé en llegar tarde al trabajo por una compra que ni siquiera era mía.
Y ahí apareció la pregunta incómoda: ¿qué tanto vale mi rectitud si depende de que no me quite tiempo? Al final toqué donde la señora del almendro, la de la casa que no es verde pero se ve verde cuando le pega la sombra.
Salió con una bata floreada y cara de no haber dormido. Detrás de ella asomó un niño con uniforme, despeinado y serio como gerente. Sí era de ella. Había encargado eso para el desayuno porque no podía salir temprano. Me dio las gracias varias veces, demasiadas para una bolsa que yo apenas había cargado media cuadra. Yo le dije que no era nada, y lo dije por costumbre, pero mientras regresaba a mi casa entendí que sí era algo, aunque fuera mínimo. No me volví mejor persona por devolver huevos y queso.
Sería ridículo adornarse por tan poco. Lo que sí pasó fue más simple: vi con claridad el punto donde una acción deja de ser accidente y se vuelve decisión. Hay pérdidas que no provocamos, pero también hay ventajas que aceptamos sabiendo que nacieron del error de alguien más.
Una colonia se sostiene en esos detalles que no salen en ningún recibo: devolver una llave, avisar que dejaron una moto con la luz encendida, no quedarse con lo que llegó por equivocación. Esa mañana salí tarde.
El rapidito iba lleno y me tocó ir de pie, agarrado de un tubo caliente, con el café todavía dándome vueltas en el estómago. Nadie me aplaudió, nadie se enteró, no hubo recompensa escondida. Solo quedó una sensación tranquila, casi seca, como cuando uno barre y sabe que el polvo va a volver, pero igual barre. Tal vez vivir decentemente no se trata de ganar batallas enormes, sino de no enseñarle a la conciencia a hacerse la dormida cada vez que algo ajeno cae de nuestro lado del portón.
