Nunca pensé que una pantalla me iba a cambiar tanto la forma de mirarme.
No hablo de una transformación grande, épica, de esas que uno nota de inmediato. Hablo de algo más chico, más silencioso, más ordinario. Empecé viéndome en la cámara del celular por costumbre: una selfie rápida, una videollamada, un audio con imagen, una historia improvisada. Nada raro. Nada grave. Pero, de a poco, me pasó algo bien incómodo: empecé a conocerme demasiado desde ángulos que no perdonan.
Y cuando digo “conocerme”, en realidad quiero decir lo contrario.
Porque no sentía que me estaba viendo mejor. Sentía que me estaba volviendo más extraña para mí misma.
Me empecé a fijar en cosas que antes no me importaban tanto. La forma de mi sonrisa. Un lado de la cara que supuestamente “sale peor”. La postura. La papada cuando bajo un poco la mirada. La expresión que se me pone cuando escucho y no hablo. De pronto había defectos por todas partes. Defectos que, para ser honesta, tal vez ni existían hasta que los empecé a buscar con esa obsesión media ridícula que te agarra cuando te ves demasiado.
Lo peor es que nadie te avisa cuándo cruzaste la línea.
Un día te estás acomodando el pelo antes de una reunión y al otro estás evitando prender la cámara porque sentís que tu cara te traiciona. Que no te representa. Que algo de ti se ve cansado, torcido, raro, menos lindo de lo que “debería”. Y así, sin darte cuenta, una herramienta cotidiana empieza a meterse donde no la llamaron: en tu autoestima.
A mí me pasó eso.
No fue que dejé de salir, ni que me encerré a llorar frente al espejo, pero sí me descubrí pensando demasiado en mi cara. Demasiado para lo poco importante que debería ser. Me sacaba una foto y en vez de preguntarme si estaba pasando un buen momento, me preguntaba si mi expresión se veía decente. Entraba a una videollamada y antes de escuchar a la otra persona, me estaba corrigiendo la postura. Como si mi presencia tuviera que ser editada en tiempo real para ser aceptable.
Qué agotador eso.
Y qué triste también.
Porque hay una parte de mí que extraña cómo me veía antes de verme tanto. Cuando mi cara era simplemente mi cara. Cuando no sentía que tenía que evaluarla, compararla o corregirla todo el tiempo. Cuando no pensaba en “mi perfil bueno”, ni en la luz, ni en cómo se me veían los ojos después de dormir mal. Antes yo habitaba mi cara. Ahora a veces la reviso como si fuera un proyecto fallido.
Suena exagerado, pero no me parece menor.
Hay algo bien torcido en acostumbrarse a observarse con la misma dureza con la que uno juzga una foto mal tomada. Porque la cámara no solo muestra: también deforma la atención. Te enseña a quedarte pegada en detalles que, en la vida real, casi nadie nota. Y uno termina viviendo con la sensación de que está siendo observado incluso cuando está sola.
A veces pienso que no me puse más insegura: me volví más vigilante.
Y vivir vigilándote es una lata.
Te roba naturalidad. Te quita presencia. Hace que una conversación simple se convierta en una pequeña actuación. Ya no estás solo hablando, riéndote o existiendo. También estás administrando tu imagen. Supervisando tu cara. Corrigiendo tu cuerpo como si fueras tu propia jefa de casting.
No quiero seguir así.
No quiero que una cámara me enseñe a tratarme peor. No quiero llegar al punto en que mi rostro me parezca un problema técnico. Y no quiero olvidar algo que, aunque suene básico, me costó volver a entender: yo no soy la versión congelada que aparece cuando la pantalla decide capturarme en el peor segundo posible.
Soy más que ese gesto raro.
Más que ese ángulo feo.
Más que esa imagen sin contexto.
Capaz el problema no era mi cara.
Capaz el problema era haber empezado a mirarme como si fuera contenido.
