El cierre de mi campera se trancó justo antes de salir, con esa terquedad mínima que alcanza para revelar una filosofía entera. —Tiré para arriba, tiré para abajo, hice fuerza de más y casi rompo el deslizador. —La campera, en realidad, no estaba pidiendo auxilio: estaba poniendo una pausa.
Y yo, como si fuera una persona razonable solo cuando no tengo apuro, me quedé mirándola. —Comprate otra —dijo una voz adentro, rápida, práctica, educada por vidrieras y cuotas. —¿Otra por un cierre? ——contestó otra, más lenta, quizá menos brillante, pero con algo de dignidad. —Ahí empezó la discusión. No por la campera, claro. Nunca es solo por la campera. Es por la facilidad con la que confundo desgaste con fracaso, demora con pérdida, arreglo con atraso. —Es por esa idea que se me instaló sin pedir permiso: si algo falla, se reemplaza; si algo incomoda, se descarta; si algo no luce nuevo, ya pertenece al reino de lo vencido.
—¿Y si no fuera así? Me lo pregunté con la campera sobre la mesa, como si estuviera examinando una prueba. La tela seguía firme. Los bolsillos estaban sanos. —El forro tenía una sola costura abierta. —El cierre, sí, estaba cansado. Nada de eso justificaba el entierro.
Sin embargo, mi primera reacción había sido mandar el objeto entero al olvido por una pieza pequeña que no acompañaba. —No seas dramático, es una campera. —Sí, es una campera. —Pero también es un ensayo doméstico sobre la forma en que pienso. Porque uno practica con objetos lo que después aplica a vínculos, trabajos, barrios, ideas, cuerpos, proyectos. No siempre de manera consciente. A veces se entrena en silencio: abandonar rápido, cambiar de modelo, buscar una versión más prolija, menos exigente, más presentable. —Me incomoda admitirlo, pero hay una comodidad enorme en tirar.
—Tirar no exige comprensión. No pide paciencia ni conversación. No obliga a mirar el daño con detalle. Comprar otro parece resolver porque borra el síntoma de la vista. —En cambio, arreglar obliga a aceptar que algo puede seguir teniendo valor aun cuando dejó de funcionar perfecto.
——Pero tampoco vas a andar salvando todo. No. Esa voz tiene razón en parte. Hay cosas que terminan. —Hay objetos que ya no sirven, relaciones que se vuelven injustas, rutinas que achican, ideas que se pudren por dentro aunque conserven buena apariencia. —No se trata de venerar lo viejo por viejo, ni de romantizar la carencia, ni de convertir cada rotura en una misión moral.
El punto es otro: recuperar la capacidad de distinguir. Distinguir entre lo agotado y lo reparable. Entre lo que pide despedida y lo que pide atención. —Entre el deseo genuino de cambiar y la obediencia automática a la novedad. —Esa diferencia parece chica, pero ordena una vida. Si todo lo que se tranca merece reemplazo, la existencia se vuelve una sucesión de descartes prolijos. Si todo lo que se rompe debe conservarse, la vida se vuelve depósito. En el medio hay una inteligencia más trabajosa: mirar, evaluar, tocar la falla, preguntarse qué costo humano tiene cada gesto.
—Pensé en la ferretería del barrio, donde todavía alguien pregunta “¿para qué lo precisás?” antes de venderte cualquier cosa. —Esa pregunta tiene una potencia que no siempre valoramos. Para qué. No cuánto sale primero, no cuál es el más nuevo, no qué queda mejor. Para qué. —La pregunta devuelve proporción. —Devuelve vínculo entre necesidad y decisión. —Podés llevarla a arreglar. —Me va a llevar tiempo. —También te lleva tiempo trabajar para comprar otra. —Esa respuesta me dejó sin defensa. —Porque muchas veces llamo “rápido” a lo que solo desplaza el esfuerzo hacia otro lado. Compro rápido, pero antes tuve que ganar esa plata. Tiro rápido, pero después alguien traslada, clasifica, entierra o quema lo que yo no quise mirar. Renuevo rápido, pero alimento una rueda que me promete identidad a cambio de cansancio. —No estoy haciendo una proclama contra comprar. —Sería absurdo y bastante cómodo decirlo desde una casa llena de cosas compradas. Estoy intentando ser honesto con una fisura personal: el hábito de pensar que mejorar equivale a sustituir. Esa equivalencia empobrece. Nos deja sin imaginación para intervenir en lo que existe. —Nos vuelve espectadores de nuestras propias condiciones, clientes de soluciones empaquetadas. —¿Y si mejorar fuera, a veces, ajustar? ¿Si avanzar fuera coser una parte abierta? ¿Si cambiar no siempre implicara irse, sino aprender a modificar la forma de estar? La campera seguía ahí. —Negra, común, sin épica. —Me acordé de todas las veces en que quise una versión nueva de mí mismo, como si la anterior no tuviera arreglo. Una versión sin inseguridades, sin contradicciones, sin demoras. Qué fantasía tan ordenada y tan violenta. Como si uno pudiera descartarse por partes sin perder memoria. —Como si lo vivido fuera un defecto de fábrica. ——No exageres, ahora pasaste de un cierre a la identidad. Puede ser. Pero la mente funciona así: toma una cosa pequeña y la usa de puerta. Lo importante es no quedarse adorando la puerta. —La enseñanza, si hay alguna, es sobria: no todo problema exige ruptura. —Algunas cosas necesitan técnica. Otras, paciencia. Otras, una conversación menos apurada. Otras, sí, final. —Al día siguiente llevé la campera a arreglar. —No hubo iluminación ni música de fondo. Solo un mostrador, un presupuesto razonable y una fecha para pasar a buscarla. Salí sin sentirme mejor persona. Apenas un poco menos obediente. —Eso ya es bastante. —Porque hay obediencias que no se notan: obedecer al apuro, al brillo, al reemplazo, a la idea de que lo nuevo siempre entiende mejor nuestro deseo. Desobedecerlas no requiere heroicidad. A veces empieza con un cierre trancado y una pregunta simple, casi terca: —¿Esto terminó, o todavía puede aprender otra forma de seguir?
