La planilla
La silla plástica se me pegó a la parte de atrás de las piernas mientras sostenía la planilla contra una carpeta azul, de esas que ya no cierran bien por las esquinas. En la pared había un ventilador girando con desgano y un aviso plastificado que decía que no se aceptaban documentos con tachaduras. La palabra “tachaduras” parecía escrita para mí, como si alguien hubiera adivinado que yo iba a quedarme varado justo en la mitad del papel.
Nombre completo. Fácil.
Cédula. Fácil también.
Dirección. Más o menos. Escribí el edificio, el piso, el apartamento, pero me dio pena notar que mi mano dudó antes de poner “residencia”. La casa donde duermo no siempre se siente como un lugar al que pertenezco, sino como una coordenada prestada para que el mundo sepa dónde buscarme si hace falta.
Ocupación
La casilla de ocupación era pequeña, casi ofensiva. Un rectángulo de dos centímetros para meter ahí lo que uno supuestamente es. Miré alrededor buscando cómo lo resolvía la gente. Un señor escribió algo rápido, sin levantar la cabeza. Una muchacha puso “estudiante” con letra redonda. Una señora dejó la planilla boca abajo, como si estuviera ocultando una herida.
Yo tenía un bolígrafo negro en la mano y ninguna palabra obediente.
Había trabajado en varias cosas, pero ninguna me quedaba puesta. Había vendido, cargado, cuidado, esperado, resuelto. Había aprendido a sonreírle a desconocidos y a no preguntar demasiado. Había tenido días útiles y días completamente mudos. Sin embargo, la casilla pedía una etiqueta limpia, algo que no hiciera ruido en la taquilla.
Pensé en escribir “independiente”, esa palabra que en algunos papeles suena a libertad y en la vida real a no saber si la semana que viene alcanza. La punta del bolígrafo tocó el papel y dejó un punto negro, mínimo, definitivo.
La taquilla
—Le falta eso —dijo la trabajadora sin mirarme mucho, señalando la casilla con la uña.
Su voz no fue grosera. Eso lo hizo peor. Si me hubiera tratado mal, yo habría tenido dónde poner la incomodidad. Pero solo estaba haciendo su trabajo, pasando de una planilla a otra, de una cara a otra, con una eficiencia cansada.
—Sí, ya va —respondí.
Detrás de mí alguien soltó aire por la nariz. No fue un insulto, apenas una impaciencia breve, pero me subió calor al cuello. Sentí que todos esperaban que yo supiera definirme rápido, como quien sabe su talla de camisa.
Escribí “oficios varios”.
Al verlo ahí, tan chiquito y tan pobre, me dio una vergüenza absurda. No por los oficios. Por lo de “varios”. Como si mi vida fuera una bolsa donde se meten tornillos sueltos, recibos viejos, llaves que ya no abren nada.
El sello
La trabajadora estampó el sello con un golpe seco. Ese sonido cerró la conversación antes de que empezara. Mi nombre quedó validado, mi dirección aceptada, mi ocupación reducida a dos palabras que cabían sin salirse del margen.
Salí con el documento en la mano y me quedé un momento bajo el sol, junto a un vendedor de café que removía azúcar en vasos pequeños. La calle siguió funcionando sin hacerme preguntas. Carros, motos, gente cruzando mal, una bolsa rodando pegada al brocal.
Pensé que tal vez uno pasa años tratando de ser alguien y, al final, en ciertos lugares, basta con no equivocarse de casilla. Pero el papel no pesaba como una mentira. Pesaba como una versión incompleta de mí, una que podía entregarse por taquilla mientras la otra seguía parada afuera, sudando, sin saber muy bien qué hacer con el resto.
