El mensaje era cortito y bien frío: “No hay cupos disponibles”. Nada más. Ni un “intente más tarde”, ni una pista, ni un “gracias por su paciencia”. Solo eso, como si el sistema me estuviera diciendo: diay mae, no se pudo.
Yo estaba sentado en la mesa de la cocina con el café empezando a enfriarse, dándole actualizar a la pantalla como si fuera una máquina de premios. Lo peor es que no era ni para mí. Era para mi mamá, que lleva semanas diciendo “es una molestia nada más” mientras se toca el hombro con esa cara de no querer preocupar a nadie. Y uno ya sabe ese cuento: a veces sí es “nada”, pero a veces uno se arrepiente de no haber insistido antes.
Ahí es donde me pega la contradicción. Por un lado, me siento agradecido de vivir en un lugar donde existe un sistema que, con todo y sus enredos, intenta cubrir a la gente. Por otro lado, cuando te toca gestionar una cita, se vuelve una especie de competencia silenciosa: quién madruga más, quién entiende mejor la plataforma, quién sabe a qué número llamar, quién conoce a alguien que “le explique”. Y en esa carrera, hay gente que no tiene ni tiempo ni paciencia ni internet decente. A veces ni lentes para leer el mensaje.
Yo lo noto cuando acompaño a alguien. La sala de espera no es solo un lugar, es un retrato. Está la señora que llega con una bolsita de exámenes doblados como si fueran cartas importantes. Está el señor que pregunta tres veces lo mismo porque le da pena decir que no oyó. Está el muchacho que finge que está viendo redes, pero en realidad está nervioso. Y están también los que atienden, corriendo sin correr, con ese cansancio profesional que no sale en los afiches.
Una vez me tocó ver a una funcionaria explicándole a un adulto mayor, despacito, cómo tenía que firmar unos papeles. No lo hizo con tono de regaño, lo hizo con una paciencia rara, como quien sabe que ese señor está haciendo lo mejor que puede. Ese tipo de gestos me arregla un poquito el ánimo, porque me recuerda que el sistema no es solo “la página caída” o “la fila”, sino personas lidiando con demasiada gente y con demasiadas urgencias.
Pero igual, no voy a romantizarlo. Hay días en que da cólera. Da cólera que te traten como número. Da cólera que la información cambie según quién te atienda. Da cólera que te digan “vuelva mañana” como si mañana fuera gratis. Y uno termina haciendo lo que hace casi todo el mundo: aguantar, quejarse un poquito, y seguir.
Lo que me preocupa, más que la espera, es lo que la espera provoca. Porque cuando sacar una cita se siente tan cuesta arriba, uno empieza a negociar con la salud. “Si no duele tanto, lo dejo.” “Si se me pasa, era estrés.” “Si me aguanto un mes, ya luego.” Y esa negociación la hacemos hasta los que nos creemos responsables. Yo mismo he pospuesto cosas “por falta de tiempo”, cuando la verdad es que me da miedo entrar en el circuito de filas, trámites y resultados. No es solo pereza: es ansiedad con buena excusa.
También pasa otra cosa: la gente se divide por opciones. El que puede, se va por lo privado cuando se desespera. El que no puede, se queda esperando y rezando para que no sea grave. Y eso te deja un sabor extraño, porque la salud no debería depender tanto de la billetera ni del contacto, pero en la práctica… a veces sí depende. No siempre, pero lo suficiente como para incomodar.
Con mi mamá hicimos lo que hacemos siempre: alternar estrategias. Un día intentamos en la plataforma, otro día llamamos, otro día preguntamos en persona. Y en medio, yo le repetía “tranquila, ya lo resolvemos”, como si decirlo fuera una garantía. Ella, para no molestar, me decía “si no se puede, lo dejamos”. Y ahí me dio un golpe de realidad: a veces el sistema no solo te dificulta el acceso, también te enseña a bajar la expectativa. Te acostumbra a pedir menos, a no insistir, a no “hacer bulla”.
Al final conseguimos la cita. No fue magia: fue insistencia y suerte. Y ese mismo día pensé que la prevención, la famosa prevención, no se sostiene solo con campañas bonitas. Se sostiene con recordatorios claros, con canales que funcionen, con horarios que no castiguen a quien trabaja, con explicaciones que no humillen. Se sostiene con un “aquí estamos” que se sienta de verdad.
No sé cómo arreglar un sistema así de grande, no me voy a hacer el experto. Pero sí sé esto: cuando la salud se vuelve una búsqueda del tesoro, la gente se cansa y se esconde. Se esconde detrás del “no era nada”, del “después veo”, del “qué pereza”. Y ahí es donde perdemos todos, porque el cuerpo no entiende de trámites: el cuerpo solo avisa… hasta que un día ya no avisa con paciencia.
Ojalá la próxima vez, cuando el sistema diga “no hay cupos”, también diga algo más humano. No por bonito, sino porque ayuda a seguir. Porque a veces lo que uno necesita no es un trato VIP, es sentir que no está pidiendo un favor por querer cuidarse.
