Lo que me entusiasma
La neta, cuando escuché eso de “ciudad de 15 minutos” pensé: por fin alguien está diciendo lo obvio. Que puedas hacer lo básico —comprar comida, ir al doctor, llevar a los niños a la escuela, sentarte en un parque, trabajar— sin aventarte media vida en tráfico. En la CDMX eso sería casi un superpoder.
Y sí, me emociona por cosas simples: caminar sin sentir que estás estorbando, tener comercio de barrio que no sea puro “se renta”, y no vivir con esa ansiedad de “si no salgo ya, llego tarde” aunque falten dos horas.
Lo que me preocupa
Pero también me da desconfianza, porque aquí cualquier idea bonita puede terminar siendo una excusa para otra cosa. “Hacer barrio” suena bien, pero luego llega la versión premium: suben rentas, cambian los puestos por cafeterías carísimas, y el barrio “revive”… solo que ya no es para los que vivían ahí.
Además, está el tema real: la infraestructura. Puedes prometer 15 minutos, pero si la banqueta está rota, si no hay sombra, si cruzar una avenida se siente como jugarte la vida, esos 15 minutos se vuelven una prueba de resistencia. Y ni hablemos de la inseguridad: caminar de noche puede ser “saludable” en un folleto, pero en la práctica uno hace cuentas.
Lo que sí haría yo (y lo que no sé)
Si me preguntas, yo empezaría por lo menos glamoroso: banquetas decentes, cruces peatonales que se respeten, iluminación, y transporte público que no te trate como si fueras ganado. Luego, cuidar que el barrio no se vuelva un producto. ¿Cómo? Pues… ahí es donde me atoro. Porque suena fácil decir “evitemos la gentrificación”, pero ¿quién pone las reglas y quién las cumple?
Tampoco quiero sonar fatalista. Me gusta la idea. Solo que me gustaría que no se vendiera como utopía, sino como mantenimiento serio y decisiones incómodas. Porque, honestamente, una ciudad de 15 minutos no es un eslogan: es una promesa. Y aquí, cuando las promesas se quedan en póster, la gente termina pagando el costo caminando… pero en círculos.
