Bo, el otro día me senté en una plaza a tomar un mate y me pasó una de esas cosas chiquitas que después te quedan zumbando. Busqué un banco con sombra y, cuando me fui a acomodar, me di cuenta de que tenía unas barras metálicas en el medio, como separadores. No eran para que la gente se siente mejor. Eran para que nadie se acueste. Y ahí me cayó la ficha: hay muebles que no están hechos para descansar, sino para vigilar.
Le dicen “arquitectura hostil” o “diseño defensivo”. A mí me suena más simple: es la ciudad hablando bajito y diciendo “vos acá, no”. No lo dice con un cartel. Lo dice con un banco incómodo, con pinches en un borde, con piedritas pegadas donde antes alguien se sentaba, con luces que no te dejan dormir, con agua cortada en la canilla. Y lo más fuerte es que uno lo naturaliza. Caminás, lo ves, seguís.
Mi tesis, así de frente, es que la arquitectura hostil no expulsa cuerpos solamente: expulsa la idea de que el espacio público es de todos. Nos entrena para creer que la calle es un pasillo de tránsito, no un lugar para estar. Y cuando el “estar” molesta, lo que molesta no es el cuerpo, es la existencia visible de alguien que no encaja en la postal.
Porque, seamos sinceros, bo: esos pinches no están pensados para el que llega cansado del laburo y se tira un rato. Están pensados para el que no tiene a dónde ir. Y ahí es donde el diseño se vuelve política sin discurso. Decís “no es contra nadie, es para cuidar”, pero el cuidado siempre apunta a alguien. ¿A quién cuidás, y de quién?
A mí me da miedo otra cosa: que esto nos haga menos humanos sin que lo notemos. Si el banco me enseña que acostarse es “sospechoso”, yo empiezo a mirar raro al que descansa. Si la plaza me dice que la pobreza tiene que ser invisible, yo termino creyendo que lo correcto es no verla. Y así la ciudad no solo administra espacios: administra la mirada.
Capaz la alternativa no es “poner bancos blanditos” y listo. Capaz es animarnos a diseñar lo contrario: arquitectura hospitalaria. Bancos donde entren dos cuerpos sin pedir permiso. Baños públicos limpios. Fuentes de agua. Sombra. Rampas. Lugares para esperar sin consumir. Espacios donde un gurí pueda jugar y un viejo pueda sentarse sin que lo apuren.
Y te digo más: cuando lo nombrás, cambia algo. Se lo conté a un amigo y empezamos a ver “tachuelas anti-skate” por todos lados, como si hubieran estado siempre ahí. Capaz el primer paso es ese: verlo. Después, escribirle al municipio, apoyar un refugio, o simplemente no mirar para otro lado nunca más.
No sé, bo. Capaz suena ingenuo. Pero si la ciudad puede diseñar para echar, también puede diseñar para recibir. Y a mí me gustaría vivir en un lugar que, cuando te ve cansado, no te castiga: te hace un huequito.
