La correa sigue en el gancho, como si tú fueras a volver

25 de enero de 2026

La pérdida de una mascota puede ser un proceso doloroso y complejo. Este texto explora las emociones que surgen tras la muerte de un perro, desde la culpa hasta la necesidad de recordar y honrar su existencia. Reflexiones sobre el duelo y la conexión con nuestras mascotas.

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No sé si esto cuenta como “duelo” o nada más como estar sensible, pero lo escribo porque me cansé de hacerme el fuerte con cara de “ya pasó”. La neta, no “ya pasó”. Solo aprendí a no mencionarlo tanto.

Se me murió mi perro hace unas semanas. Lo pongo así, directo, porque cuando lo digo con rodeos (“se fue”, “ya no está”) siento que me estoy mintiendo bonito. Y no quiero bonito: quiero real. Se llamaba Taco (sí, ya sé, nombre obvio, pero le quedaba). Era de esos perros que no saben ser discretos: si estabas triste, te lo hacía notar; si estabas contento, te lo amplificaba. Era como un espejo peludo con patas.

El día que pasó, yo hice todo lo que se “supone” que uno hace. Llamé, lo llevé, esperé, firmé papeles, pagué, agradecí con voz rara. Y luego regresé a la casa con las manos vacías y una sensación bien estúpida: como si me hubiera olvidado algo en el súper. Nada más que lo que “olvidé” era él.

La primera cosa que me pegó fue el silencio. Porque uno se acostumbra a ruidos chiquitos: las uñas en el piso, el choque del plato, el resoplido cuando se acomoda. Y cuando no están, tu cabeza los inventa. Hubo noches que juré que lo escuché caminar y hasta me levanté. Y claro, no. Y en ese “no” me daba un golpe seco, como si alguien apagara una luz adentro.

La segunda cosa fue la culpa. No culpa dramática de película, sino culpa diaria: “¿y si lo hubiera llevado antes?”, “¿y si esa vez sí era urgente?”, “¿y si le di de comer algo que no debía?”. Yo sé que la mente busca control cuando pierde algo. Si puedes encontrar “la razón”, sientes que no fue azar. Pero también es una trampa: te quedas repitiendo escenarios como si con repetirlos lo pudieras deshacer.

Y luego vino lo peor, que es lo más tonto: la gente queriendo ayudar. Te dicen “era solo un perro” (esa frase sí me da coraje), o te dicen “ya cómprate otro” como si fueran calcetines. No lo hacen por mala onda, lo sé, pero igual duele. Porque Taco no era “un perro”. Era una rutina. Era una presencia. Era alguien que me obligaba a salir aunque yo anduviera de malas. Y eso, para mí, era más valioso de lo que me atrevo a admitir en voz alta.

Me sorprendió también la vergüenza. Como que hay duelos “permitidos” y duelos “exagerados”. Y el de una mascota, para mucha gente, entra en el segundo. Entonces yo me caché minimizando: “sí, estoy bien”, “nomás me acuerdo”. Y por dentro me estaba desarmando.

Un día agarré su correa para guardarla y no pude. Está colgada en el mismo gancho. No por drama, sino porque mi cuerpo todavía espera el paseo, así de simple. Y al final hice un trato conmigo: no me voy a obligar a “cerrar” cuando todavía no entiendo cómo se cierra.

Lo único que me ha servido (y no siempre) es hacer cosas pequeñas y reales: guardar sus cosas en una caja, pero dejar una foto afuera; contar una anécdota sin pedir perdón por ponerme triste; salir a caminar por la ruta de siempre, aunque me sienta ridículo solo. También me sirvió decir su nombre en voz alta. Parece una tontería, pero decir “Taco” me recuerda que existió de verdad y que no lo estoy borrando por incomodidad.

No tengo cierre bonito. Hay días en que estoy normal y de repente veo una pelotita abajo del sillón y se me hace un nudo. Pero también hay algo que me calma: quererlo no fue un error. Me va a doler porque valió la pena. Y si eso me hace “intenso”, pues ni modo. Prefiero ser intenso a vivir como si nada me tocara.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento emocional · 34%
Texto dominado por el duelo afectivo por la muerte de una mascota, contado desde una voz íntima y apoyado en escenas cotidianas concretas.
  • El centro del texto es el duelo: tristeza, culpa, coraje, vergüenza, ternura, nostalgia y amor hacia Taco atraviesan toda la narración.
  • Predomina una confesión vulnerable: el autor admite no estar bien, sentirse desarmado, culpable, ridículo e incapaz de cerrar el proceso.
  • El duelo se construye desde rutinas y objetos comunes: la correa, el plato, las uñas en el piso, las caminatas, la pelotita bajo el sillón.
  • La voz narrativa usa escenas, ritmo oral, imágenes como “un espejo peludo con patas” o “apagara una luz adentro”, y una estructura sensible.
  • La muerte, la ausencia, el cierre y el sentido de haber querido a alguien aparecen como fondo reflexivo, aunque ligados a una experiencia concreta.
  • Hay observación sobre cómo los demás reaccionan al duelo por una mascota y sobre las normas sociales que minimizan ese dolor.
  • Aparece al cuestionar frases como “era solo un perro” y la jerarquía social de duelos permitidos o exagerados, pero no es el eje principal.
  • La culpa y la responsabilidad por posibles decisiones sobre el cuidado de Taco aparecen con fuerza puntual, aunque subordinadas al duelo emocional.
  • Solo aparece de forma menor en el trato consigo mismo y en pequeñas prácticas para vivir el duelo sin borrarlo.
  • Hay un pequeño análisis sobre cómo la mente busca control ante la pérdida, pero ocupa poco espacio.
  • No hay construcción especulativa ni mundos alternativos; la imaginación se limita a imágenes expresivas del recuerdo y la ausencia.
  • No desarrolla grandes preguntas abstractas de forma sostenida; la reflexión permanece emocional y autobiográfica.

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