No sé si esto cuenta como “duelo” o nada más como estar sensible, pero lo escribo porque me cansé de hacerme el fuerte con cara de “ya pasó”. La neta, no “ya pasó”. Solo aprendí a no mencionarlo tanto.
Se me murió mi perro hace unas semanas. Lo pongo así, directo, porque cuando lo digo con rodeos (“se fue”, “ya no está”) siento que me estoy mintiendo bonito. Y no quiero bonito: quiero real. Se llamaba Taco (sí, ya sé, nombre obvio, pero le quedaba). Era de esos perros que no saben ser discretos: si estabas triste, te lo hacía notar; si estabas contento, te lo amplificaba. Era como un espejo peludo con patas.
El día que pasó, yo hice todo lo que se “supone” que uno hace. Llamé, lo llevé, esperé, firmé papeles, pagué, agradecí con voz rara. Y luego regresé a la casa con las manos vacías y una sensación bien estúpida: como si me hubiera olvidado algo en el súper. Nada más que lo que “olvidé” era él.
La primera cosa que me pegó fue el silencio. Porque uno se acostumbra a ruidos chiquitos: las uñas en el piso, el choque del plato, el resoplido cuando se acomoda. Y cuando no están, tu cabeza los inventa. Hubo noches que juré que lo escuché caminar y hasta me levanté. Y claro, no. Y en ese “no” me daba un golpe seco, como si alguien apagara una luz adentro.
La segunda cosa fue la culpa. No culpa dramática de película, sino culpa diaria: “¿y si lo hubiera llevado antes?”, “¿y si esa vez sí era urgente?”, “¿y si le di de comer algo que no debía?”. Yo sé que la mente busca control cuando pierde algo. Si puedes encontrar “la razón”, sientes que no fue azar. Pero también es una trampa: te quedas repitiendo escenarios como si con repetirlos lo pudieras deshacer.
Y luego vino lo peor, que es lo más tonto: la gente queriendo ayudar. Te dicen “era solo un perro” (esa frase sí me da coraje), o te dicen “ya cómprate otro” como si fueran calcetines. No lo hacen por mala onda, lo sé, pero igual duele. Porque Taco no era “un perro”. Era una rutina. Era una presencia. Era alguien que me obligaba a salir aunque yo anduviera de malas. Y eso, para mí, era más valioso de lo que me atrevo a admitir en voz alta.
Me sorprendió también la vergüenza. Como que hay duelos “permitidos” y duelos “exagerados”. Y el de una mascota, para mucha gente, entra en el segundo. Entonces yo me caché minimizando: “sí, estoy bien”, “nomás me acuerdo”. Y por dentro me estaba desarmando.
Un día agarré su correa para guardarla y no pude. Está colgada en el mismo gancho. No por drama, sino porque mi cuerpo todavía espera el paseo, así de simple. Y al final hice un trato conmigo: no me voy a obligar a “cerrar” cuando todavía no entiendo cómo se cierra.
Lo único que me ha servido (y no siempre) es hacer cosas pequeñas y reales: guardar sus cosas en una caja, pero dejar una foto afuera; contar una anécdota sin pedir perdón por ponerme triste; salir a caminar por la ruta de siempre, aunque me sienta ridículo solo. También me sirvió decir su nombre en voz alta. Parece una tontería, pero decir “Taco” me recuerda que existió de verdad y que no lo estoy borrando por incomodidad.
No tengo cierre bonito. Hay días en que estoy normal y de repente veo una pelotita abajo del sillón y se me hace un nudo. Pero también hay algo que me calma: quererlo no fue un error. Me va a doler porque valió la pena. Y si eso me hace “intenso”, pues ni modo. Prefiero ser intenso a vivir como si nada me tocara.
