Cada vez que se vuelve a encender la conversación sobre la conquista, me pasa algo muy raro: siento que mucha gente no está hablando del pasado, sino usándolo como garrote para pegar en el presente. Y la neta, a mí eso ya me cansó.
No lo digo porque crea que la historia no importa. Al contrario. Me importa tanto que me molesta verla reducida a un pleito cómodo, a una versión infantil del mundo donde de un lado estaban los monstruos puros y del otro los inocentes perfectos. Nunca hemos sido así. Los seres humanos casi nunca hemos sido así. Y menos en siglos donde la fuerza, la guerra, la humillación y el dominio eran parte normal del modo en que los poderosos entendían la vida.
Yo soy hispanoamericano, hablo español, cargo apellidos que vienen de una historia mezclada, y no me sale vivir peleado con eso. No me sale mirar a un español de hoy y sentir que me debe algo por haber nacido donde nació. Se me haría absurdo. Sería como cobrarle una cuenta vieja a alguien que ni abrió la deuda. Yo no escogí venir al mundo con esta mezcla. Él tampoco escogió cargar con un tribunal moral armado siglos después. Entonces, ¿qué estamos haciendo cuando convertimos el pasado en una factura hereditaria?
A mí me parece que estamos confundiendo memoria con culpa.
Y para mí esa diferencia lo cambia todo.
La memoria sirve para entender. La culpa heredada sirve para intoxicar. La memoria pregunta, matiza, acomoda piezas, reconoce dolor, nombra abusos, descubre contradicciones. La culpa heredada, en cambio, simplifica. Necesita villanos claros, víctimas puras, bandos fáciles. La memoria vuelve más inteligente a una sociedad. La culpa heredada la vuelve más rencorosa.
Yo no quiero enterrar la historia. Quiero enterrar otra cosa: la costumbre de usar la historia como un alquiler moral. Eso de andar rentando tragedias viejas para sentirse justo en el presente. Eso de agarrar un dolor real y convertirlo en identidad permanente, casi en uniforme. Eso de hablar como si el tiempo no hubiera pasado, como si la sangre fuera un contrato, como si la responsabilidad pudiera viajar intacta de abuelo en abuelo, de continente en continente, hasta caer sobre el primero que se nos cruce con cierto acento.
No me convence.
Y no me convence, además, por una razón muy personal: yo tampoco estoy parado afuera de esa historia. Nadie de este lado que sea mínimamente honesto puede decir eso tan fácil. Aquí hubo mezcla, alianzas, traiciones, jerarquías, conveniencias, imposiciones, acomodos, conversiones, resistencias, intereses. Aquí no hubo una sola mano moviendo todo y un solo cuerpo padeciendo todo del mismo modo. Hubo seres humanos, y cuando uno dice “seres humanos”, lo que dice también es ambición, miedo, oportunismo, valentía, violencia, adaptación. Por eso me cuesta tanto aceptar los relatos donde toda la maldad viene de fuera y toda la pureza estaba dentro.
Ese cuento deja muy tranquila a mucha gente, pero a mí me hace ruido.
Porque también nos quita agencia.
Si todo lo malo que nos pasa hoy todavía es culpa directa de una conquista de hace siglos, entonces nosotros quedamos cómodamente instalados en el papel de herederos del daño, pero no en el de responsables del presente. Y yo ahí sí me bajo. Una cosa es reconocer que el pasado deja marcas largas. Claro que las deja. Otra muy distinta es usar ese pasado como explicación total, como excusa emocional eterna, como coartada para no mirarnos de frente.
Hay países enteros en Hispanoamérica que ya no saben distinguir entre la memoria legítima y el resentimiento administrado. Y eso me preocupa más de lo que parece. Porque el resentimiento administrado da identidad, da discurso, da enemigo, da aplausos. Es rentable. Te permite sentirte moralmente elevado sin tener que construir nada. Puedes señalar muy lejos, hacia muy atrás, y mientras tanto no tocar lo que tienes enfrente: la corrupción de hoy, la mediocridad de hoy, el abuso de hoy, el racismo de hoy, el clasismo de hoy, la pereza cívica de hoy.
A veces siento que la conquista se usa como un espejo muy tramposo: refleja algo real, sí, pero también nos ayuda a no vernos.
Y yo ya no quiero usar así el pasado.
Yo quiero otra relación con esa historia. Una relación más adulta. Más incómoda, incluso. Menos teatral. Quiero poder decir: sí, ahí hubo despojo, crueldad, imposición, destrucción y heridas que no merecen maquillaje. Y también quiero poder decir: no voy a convertir eso en una religión de la culpa. No voy a andar heredando pecados por pasaporte. No voy a fingir que todos mis antepasados de este lado fueron santos pacíficos traicionados por un mal absoluto venido del mar. No voy a comprar una versión tan plana de la condición humana.
Porque además hay algo que me parece profundamente triste: cuando hacemos eso, rompemos una posibilidad hermosa que ya existe y que podríamos cuidar más.
La hermandad.
Sí, lo digo sin pena: a mí me gustaría que fuéramos más hermanos que nunca. Más hermanos con España, no menos. Más capaces de mirarnos sin complejo, sin superioridad, sin victimismo, sin soberbia retrospectiva. Más capaces de entender que compartimos una lengua, un montón de cruces, una historia enredada, un archivo afectivo gigantesco, y también la oportunidad de tratarnos con madurez.
Hermandad no significa borrar el dolor. Significa no vivir arrodillados ante él.
Hermandad no significa negar las heridas. Significa no convertirlas en negocio emocional.
Hermandad no significa absolver todo. Significa dejar de repartir culpas por sangre y empezar a asumir responsabilidades por conducta.
Esa, para mí, es la distinción importante: la culpa no se hereda; la responsabilidad sí se elige.
Yo no soy responsable de lo que hizo un hombre hace quinientos años solo porque se parecía a mí, hablaba mi idioma o nació del otro lado del océano. Pero sí soy responsable de qué hago yo hoy con la historia que recibí. Soy responsable de si la uso para pensar o para odiar. Soy responsable de si la convierto en puente o en trinchera. Soy responsable de si le enseño a los míos a leer el pasado con complejidad o con rabia prefabricada.
Y también espero lo mismo del otro lado.
No necesito que un español de hoy me pida perdón por existir. Prefiero algo mejor: que me vea como hermano adulto, no como exótico, no como inferior, no como adorno folclórico, no como una sucursal sentimental del idioma. Y yo, a cambio, quiero verlo sin cargarlo con una mochila que no armó. Quiero discutir lo discutible, estudiar lo estudiable, reconocer lo doloroso, pero sin esa necesidad enferma de fabricar descendientes culpables y descendientes agraviados para siempre.
Porque cuando un pueblo se acostumbra a vivir de agravios heredados, termina empobreciéndose por dentro.
Se vuelve predecible.
Se vuelve fácil de manipular.
Se vuelve incapaz de producir una dignidad propia que no dependa de tener a alguien señalado.
Yo no quiero esa dignidad prestada. La siento barata.
Prefiero una dignidad más difícil: la que nace cuando uno acepta que viene de una historia mezclada, a veces brutal, a veces luminosa, casi siempre contradictoria, y aun así decide no vivir atrapado en una identidad de deuda. Prefiero la dignidad de decir: sí, vengo de un pasado complicado, pero no soy rehén de ese pasado. Lo estudio, lo nombro, lo discuto y luego sigo caminando. No para olvidarlo, sino para no volverlo amo.
A mí me gustaría que en Hispanoamérica dejáramos de usar la conquista como si fuera un botón emocional que se aprieta cada vez que hace falta unir a la gente contra un enemigo fácil. Me gustaría que creciéramos un poco en eso. Que entendiéramos que recordar no siempre es repetir, y que honrar a los muertos no consiste en seguir fabricando pleitos entre vivos.
Tal vez suene ingenuo. Puede ser. Pero prefiero esa ingenuidad a la comodidad amarga del rencor.
Prefiero una sobremesa entre mexicanos y españoles, entre peruanos y españoles, entre colombianos y españoles, donde podamos hablar de todo sin que la conversación venga programada desde el resentimiento. Prefiero una relación donde haya memoria, sí, pero también humor, admiración mutua, crítica limpia, colaboración y cariño. Prefiero pensar que el océano ya no está para separar culpables y víctimas, sino para recordarnos cuántas veces la historia mezcla lo que la ideología quiere mantener separado.
Yo, por mi parte, ya tomé postura.
No quiero que entierren los libros. No quiero que suavicen lo que dolió. No quiero estampitas morales donde todos terminemos sonriendo para no incomodar a nadie.
Lo que sí quiero enterrar es esta manera torpe de heredar la culpa.
Quiero enterrar la pose.
Quiero enterrar el teatro del agravio interminable.
Quiero enterrar la idea de que la sangre conserva intacta una deuda moral por siglos.
Y después de enterrar todo eso, ahora sí, me gustaría que nos quedáramos con lo mejor: la memoria limpia, la conversación valiente y la posibilidad de ser, por fin, más hermanos que nunca.
