En Puerto Rico la palabra “taíno” aparece en todas partes, mano. En camisetas, en tatuajes, en murales, en nombres de negocios, hasta en el souvenir que te venden con cara de “orgullo”. Y por años yo lo recibí así: como un símbolo bonito, como una marca de identidad que te pones encima y ya.
Pero un día me cayó pesado: ¿y si la cultura taína no es una estampa, sino una pregunta incómoda?
Porque cuando uno dice “taíno”, suena a pasado cerrado, a capítulo terminado. Y sin embargo, lo taíno se mete en el presente por la rendija. Se mete cuando digo “hamaca” sin pensar de dónde viene esa palabra. Cuando escucho “huracán” y me acuerdo de que el Caribe siempre supo que el cielo puede ponerse bravo. Se mete cuando veo un cemí dibujado en una pared y siento algo raro: como respeto… pero también sospecha de que estamos usando lo sagrado como decoración.
Yo no soy experto, ni arqueólogo, ni nada. Lo mío es más simple: una sensación de que hemos simplificado demasiado. Nos enseñaron una versión cortita: que llegaron, que vivían de tal forma, que después pasó lo que pasó, fin. Y claro, la historia duele, porque ahí hay violencia, enfermedad, despojo. Pero lo que me inquieta es otra cosa: cómo convertimos ese dolor en un ícono que se vende fácil, como si el pasado fuera un sticker que no pesa.
También está el debate ese que siempre se prende: si “todavía hay taínos” o si todo es “reclamo moderno”. Yo no voy a ponerme juez. Lo que sí sé es que hay gente buscando raíz con honestidad, y hay gente buscando estética con prisa. Y a veces se mezclan, y por eso el tema se vuelve un campo minado: dices algo y ya te encasillan.
A mí me gustaría tratarlo con menos show y más cuidado. Como quien entra a una casa ajena: bajito, sin tocar todo, sin sacar foto a cada esquina. Porque si la cultura taína significa algo, no puede quedarse solo en un “qué brutal se ve”. Tiene que empujarnos a preguntar: ¿qué respetamos de verdad? ¿qué repetimos por costumbre? ¿qué estamos dispuestos a aprender, aunque nos quite comodidad?
Capaz la herencia más real no es un símbolo en una gorra. Capaz es el acto de no tragarnos la historia como propaganda, sino como memoria viva: imperfecta, mezclada, discutida… pero nuestra, pa’ entendernos mejor.
