No es bronca. No es odio. No es que quiera que a alguien le vaya mal.
Es otra cosa, más pegajosa, más difícil de admitir: una envidia chiquita, muda, prolija. De esas que se te sientan al lado como si fueran parte de vos y te dicen, con voz amable: “mirá… mirá lo que logran los demás”.
A veces me agarra con cosas mínimas. Una foto bien puesta. Un “nuevo proyecto” anunciado con confeti. Un cuerpo en una luz perfecta. Una pareja riéndose como si el mundo no pesara. Y yo, que justo ese día estoy medio torcido por dentro, siento que se me desacomoda algo en el pecho. Como si alguien hubiera apretado el botón de comparación automática.
Lo raro es que, cuando estoy bien, puedo mirar todo eso y hasta alegrarme. Posta. Me sale genuino. Pero cuando estoy cansado, cuando vengo con la cabeza llena, cuando el laburo me dejó sin resto… ahí la comparación social se vuelve una lupa. Y yo quedo debajo, agrandado, exagerado, malinterpretado por mí mismo.
Porque no comparo logros. Comparo vidas completas.
Comparo el resumen de alguien con mi detrás de escena.
Comparo su día editado con mi día real.
Y mi día real tiene platos, tiene ruido, tiene contradicciones, tiene bajones sin subtítulos. Tiene silencios largos donde yo no sé qué decir. Tiene ratos en los que me cuesta arrancar, ratos en los que todo me da vueltas, ratos en los que siento que voy tarde a una carrera que nadie me explicó.
Entonces aparece esa envidia silenciosa, disfrazada de “exigencia”. Me dice: “Dale, ponete las pilas”. “¿Por qué vos no?”. “Si ellos pueden, vos también”. Y suena motivador, pero no es motivación: es un látigo con moño. Y yo lo acepto porque, en el fondo, tengo miedo de quedarme afuera. Miedo de no ser suficiente. Miedo de que mi forma de avanzar sea demasiado lenta para este mundo que aplaude lo rápido.
Hoy quiero hacer algo distinto: no pelearme con esa envidia. Mirarla de frente, sin maquillaje.
Porque, cuando la miro bien, me doy cuenta de que no está pidiendo que el otro pierda. Está pidiendo que yo me sienta visto. Está pidiendo descanso. Está pidiendo autoestima. Está pidiendo ternura.
Y ahí se me ablanda el cuerpo, che. Como si por fin entendiera el mensaje: la envidia no es el final de mi humanidad. Es una señal de que estoy desconectado de mí. De que me estoy tratando como un proyecto y no como una persona.
Así que hoy, en vez de seguir scrolleando hasta que me duela, hago una cosa simple: vuelvo. Vuelvo a lo que sí tengo. A lo que sí soy. A lo que sí hice, aunque sea chiquito. Vuelvo a mi ritmo.
Y si me sale, dejo una frase colgada en el aire, como quien deja una vela prendida:
que mi vida no necesita competir para valer.
Que la comparación es un espejo torcido.
Y que yo, incluso cuando envidio en silencio, sigo mereciendo paz.
