He elegido un tema que no aparece de forma explícita en la página de Temas de Mentes Propias: la extraña sensación corporal que deja una escalera mecánica apagada. La variante, además, es distinta de las usadas antes en esta serie.
A mí una escalera mecánica apagada me parece de las cosas más extrañas que existen en una ciudad. No por cómo se ve, sino por cómo me hace caminar. Sé perfectamente que no se mueve, la estoy mirando quieta, y aun así mi cuerpo entra raro, desconfiado, casi torpe.
Lo curioso es que esta sensación no es solo mía ni una manía inventada. Incluso se ha estudiado como un efecto real: al subir a una escalera mecánica detenida, mucha gente siente un desequilibrio breve aunque sepa que está parada.
Cada vez que me pasa, me quedo pensando en algo que me incomoda bastante: yo no mando tanto sobre mis movimientos como me gusta creer. Mi cabeza dice una cosa con total claridad, pero mis piernas, mi postura y mi impulso van por otro carril.
Y eso me parece enorme. Porque una aprende desde chico a confiar en que saber algo alcanza. Si yo sé que la escalera está quieta, debería subir normal. Pero no. El cuerpo ya aprendió otra regla y, por unos segundos, la obedece sin pedirme permiso.
Capaz por eso esta tontería aparente me toca tanto. Porque no habla solo de escaleras. Habla de todos esos hábitos invisibles que se nos meten adentro y siguen funcionando aun cuando la situación cambió. Rutinas, reflejos, maneras de esperar el mundo. Todo eso también camina por nosotros.
A mí me pasa algo parecido con otras cosas. Busco el celular donde ya no lo dejo. Voy a prender un interruptor en una pared donde antes estaba. Espero una reacción de alguien que ya cambió. El cuerpo, o la costumbre, tarda más que la conciencia.
Lo más raro es que una escalera mecánica apagada debería ser más simple que una normal. En teoría hay menos variables. Sin embargo, se siente más incómoda. Y ahí noto algo medio triste: a veces desordena más lo conocido cuando deja de comportarse como siempre.
Creo que por eso me impresionan tanto esas pequeñas traiciones del entorno. No me asustan, pero sí me bajan un poco del pedestal. Me recuerdan que vivir no es solo entender. También es haber entrenado un cuerpo que anticipa, corrige y se adelanta.
Antes yo pensaba que la inteligencia estaba sobre todo en las ideas. Ahora sospecho que una parte enorme está escondida en movimientos que ni registramos. En cómo doblamos el pie, en cuánto inclinamos el torso, en el tipo de confianza con que pisamos.
Cada vez que subo una escalera mecánica apagada y siento ese desajuste mínimo, ya no lo tomo como una simple rareza. Lo siento como un recordatorio. Yo no soy solo lo que pienso. También soy lo que mi cuerpo aprendió sin avisarme, y a veces eso sabe más que yo.
