Chamo, te escribo esto porque me da pena decirlo en voz alta, pero creo que a mucha gente le pasa y lo disimula: a veces siento que mi vida es como una fiesta a la que entré con una invitación prestada. Estoy ahí, hablo, me río, hago lo que tengo que hacer… y por dentro una voz ladilla me repite: “En cualquier momento se dan cuenta”.
Yo sé que a eso le dicen “síndrome del impostor”, pero ponerle nombre no lo vuelve menos real. Lo raro es que no aparece cuando uno está empezando y es normal equivocarse. A mí me pega más cuando las cosas me salen bien. Me felicitan y en vez de disfrutar, me pongo a buscar la trampa: “fue suerte”, “me ayudaron”, “cualquiera lo hacía”, “no era para tanto”. Como si mi cabeza estuviera empeñada en rebajarme el mérito antes de que alguien más lo rebaje.
Mi idea central es esta: el síndrome del impostor no es solo inseguridad; es un sistema de cobro. Te cobra por pertenecer. Cada logro, en vez de darte paz, te genera una deuda: la deuda de demostrar que no eres un fraude. Y esa deuda se paga con horas extra, con perfeccionismo, con silencio, con no pedir ayuda, con no celebrar. Es como si el éxito viniera con una factura escondida.
En Venezuela uno aprende rápido a “resolver”. Y resolver es bonito, pero también puede volverse una máscara. Porque cuando te acostumbras a resolver, nadie ve el miedo, solo ve el resultado. Y tú mismo te vuelves adicto al resultado, porque es lo único que calla la voz. Si te equivocas, confirmas el peor pensamiento. Si aciertas, sientes que fue un golpe de suerte que no se va a repetir. Así quedas atrapado: trabajas para callar la voz, y la voz se alimenta del mismo trabajo.
Hace poco me di cuenta de otra cosa: el impostor interno se disfraza de humildad. Uno dice “no soy nadie”, “no es para tanto”, “me da pena”. Y suena bonito, como educado. Pero a veces no es humildad, es miedo. Miedo a ocupar espacio, a que te miren, a que te pidan repetir lo bueno. Entonces te haces chiquito antes de que el mundo te mida.
Y aquí viene la parte que me parece más peligrosa: el síndrome del impostor no solo te hace sufrir; también te vuelve predecible. Porque si tú te sientes impostor, vas a elegir caminos donde te sientas “seguro”: lo conocido, lo que no te expone, lo que no te obliga a mostrar tu voz propia. Y eso mata creatividad. Mata riesgo. Mata esa locura sana de intentar algo que no está en el manual.
Yo estoy probando un truco sencillo, casi bobo, pero me ha servido. Lo llamo “registro de evidencia”. Cada vez que logro algo, en vez de decir “fue suerte”, escribo tres cosas concretas que hice yo: una decisión, una acción, un aprendizaje. No cosas enormes, cosas reales. Y cuando la voz vuelve con su “no fue por ti”, yo le muestro el registro como quien le muestra un recibo a un cobrador: “mira, aquí está”. No para agrandarme, sino para anclarme.
Otra cosa: estoy aprendiendo a decir “gracias” sin explicar. Antes, si me halagaban, yo respondía con una excusa: “no, vale, cualquiera”. Ahora intento decir “gracias” y quedarme ahí, respirando. Es incómodo, porque te deja desnudo. Pero también es transformador: te obliga a aceptar que el mérito existe, aunque no te sientas listo.
Lo más disruptivo que he pensado es esto: capaz el impostor interno no es un enemigo, sino una alarma mal calibrada. Una parte de ti que quiere hacer las cosas bien, que no quiere engañar a nadie, que siente respeto por lo que importa. El problema es que la alarma suena todo el día, incluso cuando no hay incendio. Entonces, en vez de apagarla a golpes, hay que ajustarla: escuchar lo que señala (¿me falta aprender algo?), pero no obedecerla cuando solo grita por costumbre.
Si algo me gustaría romper, es el arquetipo de que la confianza es un requisito para actuar. No, pana. A veces la confianza viene después, como el músculo después de entrenar. Uno puede moverse con miedo, igual. Y si uno aprende a convivir con esa incomodidad sin esconderse, el miedo deja de mandar.
Te dejo esto como carta, no como consejo. Si tú también sientes esa vaina de “me van a descubrir”, prueba una cosa: en vez de preguntarte “¿soy suficiente?”, pregúntate “¿qué estoy construyendo?”. Porque lo que construyes es más real que la voz que te acusa. Y cuando miras la obra —aunque sea pequeña—, algo adentro se acomoda. Un poquito, pero se acomoda.
Y si un día te toca pedir ayuda, pídela sin drama. El impostor odia colaborar: cuando colaboras, recuerdas que nadie hace nada solo.
