Anoche me quedé pegado viendo una fila.
No la fila “épica” de un concierto. Una fila de esas que huelen a trámite y a paciencia prestada. En San José, frente a una oficina cualquiera (podría ser la muni, podría ser la Caja, podría ser el banco), la gente estaba ahí, callada, sosteniendo papeles como si sostuvieran su derecho a existir por un rato.
Delante de mí había una señora con una carpetita llena de separadores. Todo ordenado, todo previsto. Y lo raro es que a mí eso me calmó. Me dio esa sensación de “ok, el mundo tiene un caminito”, aunque sea por hoy.
Y ahí me agarró una pregunta que no me soltó: ¿qué es lo que hace que yo obedezca?
No hablo solo de obedecer por miedo a una multa. Hablo de esa obediencia cotidiana que uno ni nota: formar fila aunque nadie te vea, bajar la voz frente a una ventanilla, pedir permiso para cosas que, en teoría, son tuyas. ¿Cuándo dije “sí, acepto”? ¿En qué momento mi cuerpo aprendió que lo correcto se siente como quedarse quieto?
A veces la filosofía política suena como algo de libros gordos, pero para mí hoy se siente como esto: mi espalda recta frente al escritorio, mi “buenas” automático, mi impulso de tragarme una duda para no ser “ese mae” que atrasa a todos.
Ahí aparece una palabra que siempre me pareció lejana: legitimidad.
La autoridad se siente legítima cuando uno cree que tiene derecho a pedirte cosas. No solo porque puede, sino porque “debería”. Y lo loco es que ese “debería” vive en nosotros: en la garganta, en la prudencia, en la vergüenza.
Porque sí, para mí, la vergüenza es parte del pegamento.
Hay una vergüenza suave que te susurra: “no hagás escándalo”, “no seas problemático”, “no te pongás intenso”. Y esa vergüenza mantiene el orden más que cualquier sello. Me ha pasado queriendo reclamar algo mínimo —una explicación, una revisión— y de pronto me escucho a mí mismo sonriendo, diciendo “no se preocupe”, como si mi incomodidad fuera mala educación.
Entonces me pregunto: ¿esto es convivencia o es domesticación?
Por un lado, qué alivio que exista un acuerdo: que la gente no se empuje, que haya turnos, que no todo sea ley del más fuerte. Por el otro, qué rápido se vuelve costumbre. Un contrato social que no se firma con libertad, sino con “así es”. Y cuando algo es “así”, uno deja de mirar.
A mí lo que más me inquieta es el silencio que se arma alrededor del “¿por qué?”. Ese gesto colectivo de tensión, como si preguntar fuera romper el clima. Como si el orden fuera de vidrio. He visto demasiadas veces la respuesta seca: “así funciona”. Y listo. Sin contexto. Sin una mínima humanidad.
En esa fila, con el aire acondicionado pegándome en la nuca, me dieron ganas de hacer una desobediencia mínima, casi ridícula: preguntar. Decir “no entiendo”. Pedir que me expliquen sin hacerme sentir tonto. Y me dio vergüenza antes de abrir la boca: vergüenza de las miradas, del resoplido ajeno, del “ay, mae…”.
Pero lo hice.
Con voz tranquila, sin desafío, dije: “Disculpe, ¿me podría explicar esto?” Y la persona me respondió normal. Sin drama. Como si yo no hubiera cometido ningún delito moral. Como si preguntar fuera parte del sistema y no un atentado.
Y ahí se me aflojó algo adentro.
Salí a la calle y me dio risa: “Mae, era solo una pregunta.”
Mientras caminaba hacia la parada del bus pensé que el mundo cambia rápido —precios, trabajos, tecnología, hasta la forma de hablar— y, sin embargo, nuestras reglas muchas veces siguen con la misma voz de siempre: corta, impersonal, como si el tiempo no pasara. Ahí es donde lo “justo” se vuelve resbaloso. No porque la gente sea mala, sino porque un sistema que no se actualiza termina pidiéndole a la persona que se achique para caber.
Pero también me dio una ternura rara, porque entendí que mi miedo no era al trámite. Era a ser visible. A ocupar espacio. A incomodar un poquito.
Capaz de eso se trata, para mí, la filosofía política cuando baja del libro y cae en la vida: de recuperar el derecho a preguntar sin vergüenza. De obedecer cuando tiene sentido, y de sospechar cuando la obediencia se vuelve una forma elegante de borrarse.
Yo no quiero vivir peleando con el mundo. Pero tampoco quiero vivir agachando la cabeza por reflejo. Quiero un contrato social que no se sienta como regaño. Quiero que la autoridad se gane su lugar explicando, escuchando, corrigiendo. Y quiero, sobre todo, que mi cuerpo aprenda otra cosa: que ser respetuoso no significa ser invisible.
Dejo esto acá porque todavía me tiembla un poco la idea de preguntar, y porque, aunque suene raro, me da esperanza pensar que lo justo no es una regla perfecta, sino una relación que se puede cuidar.
