La primera vez que pagué “con la cara” me dio risa… y después me dio un poquito de susto, cachai. Fue en una cafetería de esas que quieren verse futuristas: pantalla brillante, un letrerito diciendo que era “más rápido”, y la típica promesa de que “tus datos están seguros”. Yo iba apurado, con la mente en la pega, y la persona en la caja me dice: “si quiere, puede pagar con biometría”. Y yo, que soy curioso pero también flojo cuando algo me ahorra un paso, dije ya, probemos.
Me miré en la cámara, hice el gesto de “persona normal” (que uno nunca sabe cómo se ve) y listo: pago aprobado. Al tiro pensé: qué cómodo. Después pensé: ¿y qué acabo de entregar?
Porque una cosa es dar el número de la tarjeta. Uno lo cambia, lo bloquea, lo renueva. Otra cosa es dar la huella, la cara, la voz. Eso no lo cambiái. Eso es como entregar una llave que no se puede copiar en teoría… pero que, si se copia, te deja sin puerta para siempre. Y ahí me vino la incomodidad: la comodidad es inmediata; el riesgo es abstracto. Y los humanos somos buenísimos para elegir lo inmediato, aunque después nos quejemos.
En Chile ya estamos acostumbrados a que el pago se vuelva invisible. Pasamos de “efectivo” a “tarjeta”, de “tarjeta” a “celular”, y ahora vamos en “cuerpo”. Es como si el sistema dijera: mientras menos te detengas a pensar, mejor. Menos fricción, menos tiempo, menos preguntas. Y no es que yo sea anti-tecnología. Para nada. Me encanta que algo funcione bien. El tema es quién gana con que yo deje de notar el acto de pagar.
Hay una versión amable de esto: la biometría como ayuda. Para alguien mayor que se confunde con claves, para una persona con discapacidad, para situaciones donde una clave es una barrera. Ahí, bacán. Pero hay otra versión, más silenciosa: la biometría como costumbre, como default. “Regístrate, es más fácil”. “Activa la huella, es más rápido”. “Danos tu cara, es más seguro”. Y cuando todo es “más”, de repente te encontrái con que ya no sabís qué aceptaste ni cuándo.
Lo que me complica no es la tecnología en sí, sino la asimetría. Yo pongo el cuerpo. La empresa pone un sistema que no entiendo. El Estado pone reglas que cambian según el gobierno de turno. Y la combinación de esos tres puede ser razonable… o puede volverse un enredo peligroso sin que nadie se haga cargo. Porque cuando algo sale mal, la respuesta típica es: “fue un incidente”, “estamos investigando”, “lamentamos las molestias”. Pero la molestia, en este caso, no es que se cayó una app. La molestia sería que tu identidad quedara expuesta de una forma que no podís revertir.
Y sí, ya sé: “pero si no tenís nada que ocultar…”. Esa frase siempre aparece. Y siempre me parece tramposa. La privacidad no es esconder delitos, es tener espacio mental. Es poder equivocarte sin que el error te persiga años. Es no vivir bajo la sospecha de que cada gesto tuyo se transforma en dato, y cada dato en perfil. Además, aunque uno sea “buena persona”, igual se le puede torcer la vida: una confusión, una suplantación, una filtración. La idea de que “no me va a pasar” es una forma elegante de no mirar el problema.
Yo creo que el debate real no es “biometría sí o no”. Es: ¿bajo qué condiciones? ¿Con qué límites? ¿Con qué opción real de decir que no, sin quedar fuera? Porque a mí me gusta elegir. Si mañana el metro, el banco, el súper y hasta el edificio te empujan a la biometría, ya no es elección: es presión social disfrazada de progreso.
Me gustaría un mundo donde estas cosas vinieran con tres garantías simples, bien chilenas, bien prácticas:
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Que haya alternativa digna. Nada de “si no das la cara, haz este trámite eterno”.
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Que sea minimalista. Si la huella sirve para autenticar, que no se use para otra cosa “por si acaso”.
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Que el costo de un error lo pague quien lo diseña, no quien lo sufre. Si una empresa quiere jugar a lo futurista, que también se haga responsable como adulta.
Al final, lo biométrico tiene algo que seduce: parece definitivo, como si el cuerpo fuera una contraseña perfecta. Pero el cuerpo no es una contraseña: es una historia. Y yo no quiero que mi historia se convierta en un método de pago por defecto solo porque es más rápido. Prefiero demorarme cinco segundos más y seguir sintiendo que, en algo tan básico como pagar, todavía estoy decidiendo yo… y no una cámara con buena iluminación.
