En La Habana uno aprende temprano que nada es “para siempre”. Ni el yeso de las paredes, ni las promesas del verano, ni los ventiladores chinos que un día giran como helicópteros y al otro día suenan como si tuvieran un gato adentro. Yo pensaba que el arte digital se salvaba de esa ley, porque vive en “la nube”, como dicen. Hasta que una noche, mi socia Yanelis me dejó en la mano un USB con una sonrisa rara, como de cumpleaños con pena.
—Asere, guárdame esto —me dijo—. Si se pierde, se perdió una época.
En el USB venía el trabajo de su hermano: animaciones viejas, collages hechos con fotos de familia, un par de poemas que se movían en la pantalla como si estuvieran respirando. Cosas hechas en ese tiempo en que todo el mundo tenía una cuenta de correo con nombres imposibles y creíamos que Flash era inmortal. El archivo principal se llamaba “malecón_final_FINAL_ahora_sí.swf”, que ya eso es un chiste de por sí: el nombre gritando que alguien lo salvó a última hora.
Yo lo abrí en mi laptop, esa guerrera que tiene más remiendos que una mochila de secundaria. Y ahí fue cuando me dio el golpe: no se veía nada. Una pantalla en blanco. Silencio. El arte digital, de pronto, convertido en un fantasma que no asusta, pero duele. Me quedé mirando como si el blanco me estuviera juzgando.
Esa noche entendí que lo digital también se pudre. Solo que no huele. Se pudre sin aviso, como un pan guardado dentro de una gaveta. Cambia el sistema operativo, muere un plugin, se rompe una biblioteca, y lo que era una obra se vuelve un archivo con cara de “¿y ahora qué?”. Aquí le decimos “resolver”, pero con el arte digital “resolver” no es un truco: es una forma de cariño.
Al otro día empecé mi ceremonia doméstica de conservación, con la solemnidad de un cura pobre. Primero, hacer copias. En dos memorias distintas. Después, en un disco duro que suena a tractor. Después, en el teléfono, aunque el teléfono se caliente y uno sienta que está friendo croquetas en la mano. Y al final, un listado en una libreta, porque la electricidad se va, pero el papel aguanta. Me sentí ridículo, sí. Un tipo salvando bytes a lápiz. Pero también me sentí útil.
Busqué cómo abrir el dichoso SWF. Encontré un reproductor que “emula” lo que ya no existe, como si montaras un teatro para que los actores muertos vuelvan a decir el parlamento. Y cuando por fin apareció en la pantalla una ola hecha de píxeles azules, me dio una alegría boba. No porque fuera perfecto, sino porque estaba vivo. Era el malecón de un muchacho de hace años, flotando otra vez en mi cuarto, con el salitre real entrando por la ventana y el salitre falso vibrando en la pantalla.
Lo más lindo —y lo más triste— es que esa obra no estaba hecha para durar. Nadie hace arte pensando en “migración de formatos” ni en “compatibilidad futura” cuando tiene veinte y pico y la vida lo está apurando. La obra estaba hecha para decir: “mírame ahora, que existo”. Y sin embargo, años después, se convirtió en un problema de supervivencia técnica. Como un cassette viejo que todavía guarda una voz, pero ya no tienes dónde ponerlo.
Me quedé pensando en una cosa medio simple: quizá el arte digital se parece a la memoria de la familia. No es una estatua. Es una planta. Si no la riegas, se seca. Si no la cambias de maceta, se ahoga. Y en un país donde la palabra “mantenimiento” a veces suena a fantasía, cuidar una obra digital es casi un acto de fe.
No digo que esto sea una gran teoría ni que yo tenga una solución “universal”. Yo solo sé lo que vi: un pedazo de vida que casi se borra por una actualización. Y sé otra cosa más: que conservar no es congelar. Conservas cuando aceptas que hay que tocar, mover, convertir, copiar, renombrar… sin perder el alma de lo que estaba ahí. Como cuando guardas una foto vieja y la plastificas para que el agua no se la coma, pero todavía te deja ver la cara de tu abuela.
Yanelis vino a los días a buscar el USB. Le enseñé la ola azul en la pantalla. Se quedó callada un rato, y después soltó una risa pequeña, de esas que salen cuando te quitan una piedra del pecho.
—Gracias, asere —me dijo—. Yo sabía que tú ibas a inventar algo.
No era “inventar”. Era cuidarlo. En este mundo, el arte digital no necesita solo artistas: necesita gente que lo acompañe, como se acompaña a un viejo para cruzar la calle. Porque la humedad también borra pixeles, y el tiempo, que no perdona, a veces se disfraza de “actualización automática”.