Confieso una cosa, sin ponerme dramático: a mí alguna vez me gustó presumir de no presumir.
No así, de frente. Nadie dice eso en voz alta porque suena horrible. Uno no se levanta un martes y anuncia: “Buenos días, hoy voy a exhibir mi superioridad moral usando ropa sencilla y frases de bajo perfil”. No. Uno lo hace más fino. Más elegante. Más de ladito.
Uno dice:
—Yo no soy de aparentar.
Y espera.
Espera a que alguien mire.
Espera a que alguien piense: “Qué persona tan auténtica”.
Ahí está el truco.
El postureo humilde no entra con trompetas. Entra en medias. Entra diciendo “yo soy muy simple”, pero con ganas de que esa simpleza quede iluminada como vitrina de centro comercial. Entra contando que uno no necesita marcas, no necesita lujos, no necesita reconocimiento, pero lo cuenta con una precisión sospechosa, como quien acomoda la cámara antes de fingir que no sabía que lo estaban grabando.
Yo he estado ahí. Qué pena admitirlo, pero sí.
Me acuerdo de una vez, en una reunión, alguien habló de un viaje caro que había hecho. Yo, muy correcto, muy ciudadano espiritual de mí mismo, solté algo como: “Uy, yo la verdad soy feliz con cualquier cosa, hasta sentándome en un andén con un tinto”. Y era cierto. A mí me gusta el tinto en la calle. Me gusta la vida sencilla. Pero la frase no salió limpia. Salió con una puntica de competencia. Como diciendo: “Tú tienes hotel cinco estrellas, pero yo tengo profundidad existencial”.
Qué oso.
No lo vi en ese momento. En ese momento me sentí casi sabio. Después, en la casa, mientras me quitaba los zapatos, entendí que yo no había sido humilde. Había jugado a ganar otra carrera. Una carrera donde el trofeo era parecer menos interesado en los trofeos.
Eso es lo raro de este asunto: hay gente que presume reloj, carro, cuerpo, contactos. Y hay otros, más silenciosos, que presumimos desapego. Presumimos no estar contaminados. Presumimos no ser como “los demás”. Como si vivir sin tanto brillo nos volviera automáticamente mejores.
Pero no siempre.
A veces solo cambiamos de escenario.
Antes la vanidad estaba en decir “mire lo que tengo”. Ahora también puede estar en decir “mire lo poco que necesito”. Antes uno posaba al lado de una piscina. Ahora posa al lado de una frase sencilla, una taza vieja, una camisa sin marca, una vida supuestamente más real.
Y ojo, no estoy diciendo que toda sencillez sea teatro. Sería injusto. Hay personas sencillas de verdad, de esas que no necesitan explicar su sencillez. Hay gente que vive tranquila, ayuda sin publicarlo, compra barato porque le sirve, repite ropa porque le da igual, no porque quiera mandar un mensaje al mundo. Esa gente existe y se nota porque no anda usando su humildad como carné.
Yo hablo de otra cosa.
Hablo de esa necesidad de parecer limpio de ego, que ya es una forma bien rara de ego.
Hablo de cuando uno dice “yo no necesito aplausos”, pero se pone raro si nadie aplaude esa frase.
Hablo de cuando criticamos al que muestra demasiado, pero nosotros mostramos nuestra austeridad con la misma ansiedad.
Hablo de cuando la humildad deja de ser descanso y se vuelve marca personal.
A mí me ha servido hacerme una pregunta incómoda: si nadie se enterara, ¿igual lo haría?
Si nadie supiera que doné, que ayudé, que viví simple, que rechacé algo caro, que preferí lo básico, que no me creo más que nadie… ¿igual me sabría bien?
No siempre me gusta la respuesta.
Porque a veces uno descubre que quería hacer el bien, sí, pero también quería que el bien le quedara bonito en la foto. Quería ser sencillo, sí, pero también quería que esa sencillez tuviera público. Quería no presumir, sí, pero necesitaba que se notara bastante.
Y bueno, tampoco me voy a dar látigo. Somos humanos. Nos gusta ser vistos. Nos gusta que nos quieran. Nos gusta sentir que tenemos algo especial, aunque ese “algo” sea precisamente no creernos especiales.
La cosa, creo yo, no es volverse invisible ni negar lo que uno hace. La cosa es no convertir cada gesto en una medalla al revés.
Ser humilde quizá sea más aburrido de lo que pensamos. Menos fotogénico. Menos útil para construir personaje. Tal vez sea apenas esto: hacer algo sin cobrarlo en admiración. Tener algo sin usarlo para aplastar. No tener algo sin usarlo para sentirse puro.
Yo todavía estoy aprendiendo.
A veces me descubro puliendo mi sencillez para que brille.
Y ahí paro.
Respiro.
Me río un poquito de mí.
Y trato de guardar la vitrina.
