No me cabe en un ensayo. Lo intenté, de veras. Le puse título, esquema, “introducción”, “desarrollo”, “conclusión”. Y la idea, como si tuviera patas, se me fue por una rendija. Así que hoy la dejo hablar en microcuentos, porque hay cosas que sólo entran si vienen en pedacitos.
1) El vaso
Un día me di cuenta de que estaba buscando explicaciones como quien busca agua. Y cuando por fin tenía el vaso lleno, ya no tenía sed: tenía miedo de derramarlo. La idea me miró, se rió bajito y me dijo: “no era agua, era río”.
2) El botón de “actualizar”
Cada vez que actualizo una pantalla, siento que estoy “al día”. Pero mi vida no tiene botón. Mi vida tiene lunes con cara de jueves, abrazos a destiempo, y ganas que llegan tarde. Y aun así, funciona. Esa es la parte que me incomoda: que no todo necesita estar actualizado para ser real.
3) La conversación que no envié
Escribí un mensaje larguísimo. Lo leí diez veces. Lo corregí. Lo hice “perfecto”. Y no lo mandé. Porque entendí que, si necesitaba que saliera perfecto, no era valentía: era maquillaje. Hay verdades que se dicen con tartamudeo, pues. Si no, no son mías.
4) El semáforo
Una vez crucé con luz roja. No por valiente, sino por distraído. Nadie tocó la bocina. Nadie me miró. El mundo siguió como si nada. Ahí me pegó: vivo pensando que el universo está pendiente de mis errores, y al universo… le doy igual. Extrañamente, eso me alivió.
5) La silla vacía
En mi casa hay una silla donde a veces dejo ropa. Un día la vi vacía y sentí nostalgia por alguien que no se había ido. Me asusté. Luego entendí: no era nostalgia por alguien, era nostalgia por mí. Por la versión que no viví por estar “cumpliendo”.
6) El experto interior
Tengo un experto adentro que opina de todo. Se cree jurado. Me dicta sentencias: “deberías”, “ya es tarde”, “qué vergüenza”. Cuando me canso, lo siento a mi costado y le digo: “ya, gracias, pero hoy no”. Se pica, pero se calla. Y en ese silencio, yo vuelvo a respirar.
7) La foto
Me vi en una foto donde no estaba posando. Tenía la cara rara, como de estar pensando cualquier cosa. Mi primer impulso fue odiarla. Después me gustó. Era la única foto donde yo no estaba tratando de convencer a nadie.
8) El pan
He comido pan triste y pan feliz. Es el mismo pan. La diferencia no está en la harina, está en el día. Ahí entendí la trampa: creo que necesito cambiarlo todo para sentir distinto, cuando a veces sólo necesito un minuto sin prisa. Un minuto. No una vida nueva.
9) La idea del “éxito”
A veces el éxito me parece una sala llena de gente aplaudiendo. Y otras veces, una puerta cerrada para que nadie me vea llorar. Me prometieron una cosa brillante y me dieron otra silenciosa: responsabilidad. Por eso me da risa cuando me preguntan “¿y ya lo lograste?”… ¿lograr qué, si cada logro trae otra hambre?
10) El perro del vecino
El perro del vecino ladra como si fuera dueño del barrio. Un día lo vi temblando por un cohete. Ladra fuerte, pero es frágil. Me identifiqué. Hay gente que confunde mi seguridad con mi dureza. No saben que muchas veces lo que parece firmeza es puro susto bien peinado.
11) La oración sin religión
No rezo como en las películas. Pero a veces, cuando todo me supera, digo: “que no me vuelva cruel”. No pido riqueza, ni fama, ni respuestas. Pido no endurecerme. Y eso, para mí, es una forma de fe sin altar.
12) El cierre
Si esto fuera un ensayo, ahora vendría la conclusión. Pero mi idea no quiere cerrar. Quiere quedarse abierta, como ventana de madrugada. Así que la dejo así: creo que la vida se entiende menos cuando uno intenta dominarla… y se entiende más cuando uno se atreve a mirarla sin apurarla.
Listo. No cabe en un ensayo. Pero en estos pedacitos, al menos, me entra en el pecho.
