“Eso no se dice así”, me dijo una vez mi mamá, y yo me quedé callado porque para mí sí se decía así, perfectamente, solo que ella no entendía. De chico, mi primo y yo hablábamos raro. No raro de pronunciar mal algunas palabras, que eso le pasa a cualquiera cuando es niño, sino raro de verdad: armábamos sonidos, atajos, nombres inventados, frases que afuera no significaban nada y que entre nosotros eran clarísimas. Lo curioso es que en ese tiempo yo no sentía que estuviéramos jugando a hablar distinto. Yo sentía que estábamos hablando, nomás. Como si hubiéramos abierto una puertita aparte dentro del idioma de todos y ahí hubiéramos puesto nuestras cosas. Con los años supe que algo así tiene nombre, criptofasia, y me impresionó enterarme no tanto por la palabra, sino porque me hizo pensar que la intimidad también puede sonar. Siempre se habla de la intimidad como si fuera silencio, miradas, secretos, pero yo creo que también puede ser un idioma chiquito, hecho a la medida de dos personas. A mí esa idea me mueve bastante, porque desde entonces me quedó la sospecha de que uno no solo ama con gestos o con memoria, también ama con códigos. Con formas de nombrar que no sirven para el mundo entero, pero sí para un vínculo. Y a veces pienso que crecer también es ir perdiendo esas lenguas privadas. Uno se vuelve más correcto, más claro, más traducible. Aprende a hablar para que lo entiendan en el trabajo, en la calle, en la vida adulta. Está bien, claro, así toca. Pero en ese proceso también se va apagando algo medio salvaje y medio tierno: esa libertad de decir una palabra absurda y que la otra persona te entienda igual, no por diccionario, sino por historia compartida. Yo ya no recuerdo casi ninguna de las nuestras. Me quedan dos o tres sonidos sueltos, como piedritas en el bolsillo. Y, sin embargo, cuando los pienso, siento una nostalgia rarísima, porque no extraño solo la infancia; extraño esa sensación de haber tenido un idioma donde el mundo todavía no estaba ordenado del todo. Un idioma inútil para todo, menos para lo importante. Y a veces me pregunto si no seguimos buscando eso toda la vida: a alguien con quien poder hablar un poco por fuera del mundo.”
La lengua secreta de mi infancia

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