La libreta verde del colmado está guardada debajo de una caja de mentas, donde también descansan los fósforos y los recibos viejos. No tiene nada de solemne: esquinas dobladas, manchas de café, nombres escritos con apodos y una suma que sube y baja según la quincena, el motor que se dañó, la niña que pidió una cartulina a última hora o el arroz que no podía esperar al viernes. Escribo esto porque esa libreta, tan común que casi nadie la mira, dice más del país que muchos discursos bien planchados. Ahí aparece una forma de organización que no sale en los letreros: la confianza hecha práctica, el “después me lo paga” convertido en puente, pero también en peso.
Una cosa puede sostener y apretar al mismo tiempo. Esa es una verdad que en los barrios se aprende sin manual. He visto a gente entrar al colmado con la voz bajita, como quien no quiere que la necesidad haga ruido. Piden dos huevos, media libra de salami, un sobrecito de café. El dependiente mira la libreta, calcula sin humillar, apunta sin celebrar. Si hay confianza, pasa. Si no, se siente un silencio raro, de esos que ponen la dignidad a caminar descalza. No escribo para romantizar la falta. El fiado no debería ser una medalla ni una postal de “lo lindo que somos ayudándonos”. Muchas veces es el nombre doméstico de una falla más grande. Es el salario que no alcanza, la emergencia que nadie previó, la escuela que pide de sorpresa, la nevera que se queda medio vacía antes de tiempo.
Pero tampoco quiero despreciar lo que la gente inventa para no dejarse caer. En esa mezcla de dificultad y respuesta hay una inteligencia social que merece mirarse con respeto. Tal vez hemos aprendido a sobrevivir con demasiada creatividad y a exigir con muy poca imaginación. Nos organizamos para resolver el apagón de la tarde, la guagua que no pasa, el vecino enfermo, el agua que llega a una hora incómoda. Se arma una cadena rápida: alguien presta una bomba, alguien guarda un paquete, alguien avisa que llegó el camión, alguien recoge al muchacho. No siempre funciona bonito.
Hay abuso, chisme, cansancio, gente que se aprovecha. Pero aun así, debajo del reguero, hay una pregunta poderosa: si podemos coordinarnos para aguantar, ¿qué nos falta para coordinarnos también para mejorar? La respuesta no cabe en una consigna. Quizás empieza por dejar de tratar lo improvisado como destino. Una junta de vecinos no tiene que ser solo para quejarse del hoyo de la calle; también puede ser un lugar donde se decida cómo cuidar un espacio común sin esperar a que todo venga de arriba. Un colmado no tiene que ser solo punto de compra; puede ser tablón de avisos, memoria de quién necesita trabajo, lugar donde se sabe qué envejeciente vive solo. Una escuela no tiene que cerrar su mundo a la verja; puede conversar con el barrio que sus estudiantes pisan todos los días.
No hablo de creer que todo se arregla con buena voluntad. Esa frase sirve demasiado para ponerle más carga a quien ya está cargado. Hablo de reconocer que las soluciones grandes se vuelven reales cuando encuentran una costumbre donde apoyarse. Aquí ya existe la costumbre de mirar alrededor, aunque a veces sea con desconfianza. Existe la habilidad de resolver con poco, aunque no deberíamos conformarnos con poco. Existe la cercanía, aunque a ratos se vuelva invasión. La tarea sería limpiar esas fuerzas, no negarlas. Me gustaría que algún día la libreta del colmado no fuera el termómetro de la precariedad, sino apenas una anécdota de confianza.
Que nadie tenga que pedir comida con vergüenza. Que la ayuda no dependa del humor del que atiende ni del apellido conocido. Que la dignidad no sea un favor concedido en voz baja. Mientras tanto, miro esa libreta y no veo solo deudas. Veo nombres que insisten en seguir. Veo una sociedad que, aun con sus grietas, no ha perdido del todo la capacidad de responder por el otro. Eso no basta, pero sirve como punto de partida. Porque un país también se cambia desde las maneras pequeñas en que deja de acostumbrarse al daño y empieza a ordenar mejor su cuidado.
