Hoy me dio por agarrar una llave vieja que tengo guardada en un cajón. No abre nada. Literal. La probé hace años, por pura curiosidad, y no calza en ninguna cerradura de mi casa. Y aun así no la boto. No sé ni por qué la tengo. O sí sé, pero es de esas cosas que una sabe con el pecho, no con la cabeza.
La llave es feíta, medio oxidada, con los bordes gastados. Si la ves, no dirías “esto vale”. Nadie la vendería. Nadie la colgaría de una cadena como joya. Y, sin embargo, a mí me pesa como si fuera un recuerdo con dientes. Me acompaña. Me sigue. Me dice cosas sin hablar.
Hay días en que me siento rarísimo, como si mi mente fuera una radio agarrando tres emisoras al mismo tiempo: una parte quiere avanzar, otra quiere esconderse, otra quiere tener todo bajo control. Y cuando estoy así, cualquier detalle se vuelve amenaza: el ruido de la calle, una frase que alguien dijo sin mala intención, un mensaje que llegó con punto final. Yo sé que suena exagerado, pero mi cuerpo lo vive como real, ñaño. Se me aprieta el pecho, se me endurece la espalda, y empiezo a pensar en “soluciones” que son puro escape.
Y ahí, sin querer, vuelvo al cajón.
A veces no busco nada. Solo abro y miro. Y la llave está ahí, quieta, como si me estuviera esperando. Yo la agarro y la siento fría, pesada en la mano, y pasa algo… como si me devolviera al presente. No me cura. No me arregla. Solo me aterriza.
Me acuerdo de una casa donde viví de guagua, en la costa. No tengo imágenes perfectas, tengo sensaciones: la sombra de una pared caliente, el olor a arroz recién hecho, el sonido de una puerta de madera al cerrarse. No sé si esa llave es de esa casa. Capaz ni siquiera. Capaz es de otra puerta cualquiera. Pero mi cuerpo decidió que es de “esa”. Y ya está. Así funciona lo simbólico: no pide pruebas.
Lo simbólico es raro porque no se defiende con argumentos. No es “tiene sentido” o “no tiene sentido”. Es “me sostiene” o “no me sostiene”. Y a mí esta llave me sostiene cuando siento que me estoy desarmando en pedacitos. Me recuerda una idea básica: que yo también tengo derecho a cerrarme un rato. A poner límite. A decir “hasta aquí”. A no estar disponible para todo el mundo todo el tiempo.
A veces me da vergüenza admitir que un objeto tan simple me haga tanto. Pienso: “chuta, ¿cómo vas a estar así por una llave?”. Pero después me cae la ficha: no es por la llave. Es por lo que representa. Es mi señal privada de “hay un lugar donde estás a salvo”, aunque ese lugar sea apenas un recuerdo inventado, una esquina de la memoria que mi cabeza construyó para no asustarse tanto.
Hoy la dejé sobre la mesa mientras escribo esto. Y me gusta verla ahí, como una promesa sin palabras. Como un amuleto sin religión. Una cosa mínima que dice: “vos podés volver”. Volver a vos. Volver a respirar. Volver a bajar el volumen.
No sé quién lea esto, pero si andás cargado, tal vez tenés tu propia “llave” escondida por ahí: una foto, una piedra, un ticket viejo, una canción, una taza. Algo que por fuera no vale nada, pero por dentro te organiza.
Y si la encontrás, no la juzgués. Agarrala. Sentila. Dejá que te haga puente. A veces el valor más real es ese: el que no se vende, pero te salva el día.
