La bolsa de pan pita pasó tres veces por el lector y la pantalla siguió muda, como si yo estuviera intentando engañarla con un producto demasiado liviano para merecer precio. Detrás mío había una señora con una bebida y un paquete de servilletas, mirando hacia otro lado con esa cortesía tensa de quien no quiere presionar, pero presiona igual. Yo levanté la bolsa, la estiré, busqué el código de barras como si fuera una herida escondida. La máquina, impecable, me pidió asistencia. Me dio vergüenza necesitar ayuda para comprar pan. Esa es una frase ridícula, pero cierta.
Se supone que uno ya sabe hacer estas cosas: pesar la fruta, ubicar la palta en una pantalla con dibujos, pasar la tarjeta, aceptar o rechazar puntos, poner la bolsa en el área indicada, no moverla antes de tiempo, esperar la boleta. Todo parece diseñado para ser simple y, sin embargo, basta un detalle para quedar convertido en estorbo. Nadie te reta, pero la luz roja sobre la caja se enciende como una alarma moral. Uso esas cajas porque son rápidas, o porque quiero creer que lo son. También porque me da lata hacer fila si llevo pocas cosas. Ahí está mi primera contradicción: reclamo de un sistema que yo mismo alimento cada vez que elijo no esperar a una persona. No digo esto con épica ni culpa grandiosa.
No me creo responsable del rumbo del comercio por comprar tallarines un martes en la tarde. Pero sí noto la comodidad con que acepto hacer parte de una pega que antes hacía alguien más, siempre que me prometan salir dos minutos antes. Lo curioso es que ni siquiera salgo siempre antes. Muchas veces termino demorándome más, peleando con el lector, buscando en la pantalla una marraqueta que figura como pan francés, esperando que venga la encargada con su credencial a desbloquear un error absurdo. Ella llega con una rapidez cansada, aprieta dos botones, ni alcanza a mirarme bien, y parte a otra máquina que también parpadea.
No es exactamente atención, es rescate en cadena. Su trabajo no desapareció; se repartió entre varias pantallas y varios clientes confundidos. A ella le toca correr entre nuestras torpezas. Me incomoda la manera en que estas máquinas nos educan sin decirlo. Nos enseñan a no preguntar, a no demorarnos, a sentir que la falla es nuestra. Si el peso no coincide, si la tarjeta no pasa, si el código no lee, uno mira alrededor pidiendo disculpas con la cara. La tecnología aparece como neutral, casi como una mesa o una puerta, pero tiene carácter. Te apura. Te vigila. Te habla con una amabilidad fría. Favor retire sus productos. Favor espere asistencia. Favor deposite el artículo en la zona de embolsado. Tantas veces favor, y tan poca consideración real.
Tampoco quiero idealizar la caja atendida por una persona. He visto malos modos, cansancio, filas eternas, clientes insoportables, conversaciones cortadas por el ruido del local. No todo tiempo pasado fue más humano. Sería cómodo reducirlo a que antes todo era cercano y ahora todo es plástico con pantalla. La verdad es más ordinaria: antes uno se irritaba de una forma y ahora se irrita de otra. Lo que cambió, al menos para mí, es que la irritación se volvió privada. Ya no hay con quién compartir el pequeño fracaso de la compra, salvo con una máquina que no entiende el tono.
Me sorprende lo rápido que normalicé dar instrucciones a mi propia impaciencia. Si la fila con cajero está larga, me voy a la automática. Si la automática falla, me enojo porque no hay suficientes personas ayudando. Quiero menos espera, pero también quiero atención disponible al instante. Quiero precios bajos, rapidez, boleta, espacio, orden, cordialidad y que nadie tenga que sufrir demasiado para que todo eso ocurra. Es una lista bonita y tramposa. En algún punto, alguien paga con tiempo, con sueldo bajo, con pies adoloridos o con una cara amable repetida hasta vaciarse. La escena del pan pita terminó sin drama. Vino la encargada, pasó el producto con un movimiento experto y me dijo listo. Yo pagué, guardé mis cosas y salí con esa sensación tonta de haber superado una prueba que nadie me tomó.
Afuera, mientras acomodaba la bolsa en la mochila, pensé que tal vez lo inquietante no es la máquina en sí, sino lo fácil que aceptamos que todo encuentro se convierta en procedimiento. Comprar pan, pedir ayuda, equivocarse, esperar: cosas mínimas, sí. Pero en esas cosas mínimas se va afinando una forma de estar. Más eficiente, quizás. Más sola también.
