La mesa cojea desde antes de que yo naciera. Una pata, la del lado derecho, tiene debajo un pedazo de cartón doblado que mi padre cambiaba cada cierto tiempo, como si estuviera curando una herida pequeña y terca. Durante años estuvo pegada a la pared del fondo, bajo un calendario viejo y una repisa donde se juntaban recibos, llaves sin puerta y fotos que nadie se animaba a ordenar. La esquina quieta Ese rincón de la casa tenía una manera rara de conservar el aire. Ahí se comía rápido, se pelaban arvejas, se contaba lo necesario y se callaba lo demás.
La luz llegaba tarde, rebotada desde el patio, cansada de pasar por las calaminas y las macetas con tierra seca. Después de que mi padre faltó, nadie movió nada. La silla siguió mirando hacia la cocina, como esperando el sonido de sus sandalias. El mantel plástico conservó unas manchas de ají que ya no salían. Yo pasaba por ahí con cuidado, no por respeto exactamente, sino por miedo a que cualquier cambio pareciera una falta. Una decisión sin ceremonia Una tarde de garúa, mientras buscaba un destornillador que nunca apareció, empujé la mesa apenas. El cartón de la pata se salió y todo tembló: un vaso, una cuchara, mi pecho. Pensé dejarla igual, volver a colocar el pedazo doblado, obedecer esa costumbre de mantener las cosas donde el dolor las dejó.
Pero la levanté un poco más. La arrastré hasta la ventana que da a la calle angosta, esa por donde pasan vendedores con voz de madrugada y escolares con las medias caídas. No fue un acto valiente. Fue más bien torpe, con el sonido áspero de la madera contra el piso y una culpa antigua mordiéndome los dedos. La casa cambió de tamaño. No porque hubiera más espacio, sino porque algo dejó de estar detenido. Puse encima una libreta, una taza, una plantita de albahaca que casi se muere en la cocina. La mesa ya no parecía altar ni archivo.
Seguía siendo la misma, con su pata mala y sus marcas, pero empezó a servir para otra cosa. Lo que queda también aprende Ahora desayuno ahí algunas mañanas. La ventana no muestra ningún paisaje especial: cables, una pared sin tarrajear, ropa tendida en el tercer piso de enfrente. Sin embargo, la luz entra de frente y cae sobre la madera como una disculpa lenta. He entendido, sin mucho discurso, que conservar no siempre es inmovilizar. Hay recuerdos que se pudren si los encerramos en la forma exacta en que los recibimos. Otros, en cambio, respiran cuando les cambiamos la función: una mesa de despedidas puede volverse mesa de escritura; una silla vacía puede aceptar otro peso; una casa triste puede aprender una ruta nueva para la luz.
Todavía extraño el ruido de las sandalias. Todavía miro el cartón bajo la pata y pienso en esas reparaciones humildes que sostienen una vida. Pero ya no quiero que la ausencia decida todos los muebles. A veces basta mover algo unos metros para descubrir que el pasado no se borra: se acomoda distinto, deja pasar, hace sitio.
