A mí, para ser sincera, la idea de vivir para siempre no me parece una bendición: me parece una trampa envuelta en papel brillante. Lo digo así, sin buscar sonar profunda ni escandalosa, porque de verdad me pasa eso: cuando escucho a alguien hablar de la inmortalidad como si fuera el premio máximo de la inteligencia humana, como si el gran fracaso de nuestra especie fuera morirse, yo siento una incomodidad rara, casi física, porque lo que veo detrás de ese sueño no es libertad sino acumulación; acumulación de tiempo, de poder, de memoria, de cansancio, de cuentas pendientes, de privilegios que nunca se sueltan. Hay algo en ese deseo de durar sin fin que se presenta como valiente, pero a mí muchas veces me suena más a pánico que a grandeza. Como si no quisiéramos amar mejor la vida, sino impedir que se nos escape. Como si el problema fuera la muerte, cuando a veces el problema real es que no sabemos qué hacer con los días que sí tenemos. Yo no siento que la finitud sea una humillación. Más bien siento que es una estructura. Una pared. Un borde. Y uno no siempre agradece los bordes, pero los bordes también le dan forma a las cosas. Un vaso sirve porque termina. Una canción conmueve porque acaba. Incluso una infancia tiene esa luz extraña porque no se repite. Entonces no sé por qué se habla tanto de eliminar el final como si el final fuera puro enemigo. A veces yo pienso, muy en contra de esta época que idolatra cualquier promesa tecnológica, que la muerte también cumple una función moral: le pone un límite al delirio de posesión.
Porque ahí es donde a mí se me mete la ética, no en el discurso bonito de “qué pasaría si viviéramos eternamente”, sino en la pregunta incómoda de quiénes vivirían eternamente y cómo se repartiría eso. Yo no creo, ni por un segundo, que una posible inmortalidad humana llegaría como llegan las lluvias, parejita para todo el mundo. No. Llegaría como llegan casi todas las ventajas serias: primero para quienes pueden pagar, después para quienes sirven, y casi nunca para quienes sobran. Y eso sería una monstruosidad nueva, una desigualdad todavía más obscena, porque ya no estaríamos hablando solo de vivir mejor, sino de vivir indefinidamente mientras otros siguen entrando y saliendo del mundo como siempre. Imagínate una élite no solo rica sino prácticamente inamovible, acumulando décadas, luego siglos de experiencia, de contactos, de recursos, de influencia, de memoria estratégica, mientras el resto sigue jugando un juego con reloj. ¿Cómo se discute de justicia en un mundo así? ¿Cómo se renueva una sociedad si los poderosos nunca terminan de irse? A veces se habla de la muerte como si fuera la gran desgracia, pero yo sospecho que también ha sido una forma bruta, imperfecta, dolorosa, sí, pero real, de evitar que una sola generación secuestre el planeta para siempre. No estoy romantizando el sufrimiento ni diciendo que haya que aceptar cualquier miseria porque “así es la vida”. Lo que digo es otra cosa: que no toda derrota biológica merece ser vista como un error moral que la técnica debe corregir. Hay límites que no solo nos lastiman; también nos domestican.
Y a nivel más personal, más íntimo, más de cuarto cerrado y cabeza despierta de madrugada, yo tampoco idealizo una conciencia eterna. La gente habla de tiempo infinito como si el alma fuera una maleta siempre lista para seguir viajando, pero yo a veces apenas puedo con mis recuerdos de unos pocos años. Apenas puedo con las versiones de mí que he sido, con las culpas que no desaparecen del todo, con las conversaciones que vuelven cuando menos las invito. Entonces, ¿qué sería cargar no décadas sino siglos de uno mismo? ¿Qué clase de peso mental sería ese? Hay un punto en que seguir viviendo podría dejar de parecerse a crecer y empezar a parecerse a archivar. Archivar dolores, amores, errores, despedidas, ciudades, idiomas, rostros. Yo no estoy segura de que la conciencia humana haya sido hecha para una extensión tan brutal. Tal vez nuestra sensibilidad necesita la escasez para no pudrirse. Tal vez el cariño mismo depende de saber que no hay tiempo infinito para posponerlo todo. Porque esa es otra: si de verdad creyéramos que siempre hay mañana, ¿qué valor tendría hoy? Yo sospecho que una parte enorme de la ternura, del coraje y hasta del perdón nace de la sensación de que no podemos aplazarlo eternamente. La finitud, aunque duela, le mete urgencia a la verdad. Por eso mi postura es esta, y la digo sin ganas de quedar bien: yo no sueño con ser inmortal. Sueño con no vivir dormida. Sueño con llegar al final habiendo estado de verdad en mi propia vida, no con alargarla hasta volverla irreconocible. Y quizá por eso pienso que la ética de la inmortalidad no empieza preguntando “¿podremos lograrlo?”, sino “¿qué parte de lo humano se rompe si lo logramos?”. A mí la respuesta no me parece optimista. Me parece más bien una advertencia.
